«La ilusión del crecimiento ya es una narrativa muerta» - Semanario Brecha
Con el biólogo y escritor Mauricio Lima

«La ilusión del crecimiento ya es una narrativa muerta»

La obsesión por el crecimiento económico se estrella como nunca antes contra los límites finitos del planeta y ya no son viables los flujos de energía consumidos por una especie humana que en dos siglos se multiplicó por ocho. Estos ejes vertebran Austeridad o barbarie, el libro que Lima publicó en 2025. Con él conversamos sobre el contrasentido de buscar en Uruguay hidrocarburos –en medio de su declive–, los efectos de los extractivismos sobre nuestro vital ecosistema de pastizales y el imperativo de pensar otros mundos desde la contracción y no desde la expansión.

Mauricio Lima. Gentileza del entrevistado.

Uno de los ejes de tu libro es cómo la Gran Aceleración, que se dispara desde la segunda mitad del siglo XX mediante el uso masivo de combustibles fósiles, llevó al planeta a sus límites finitos y no será posible mantener los mismos niveles de consumo de energía y de recursos naturales.

—Sí, desde mi punto de vista, y el de varios otros académicos de la ecología y la biofísica, alcanzamos un proceso de expansión que está llegando a su límite. Ya existe una incapacidad biofísica de seguir expandiéndose en términos de flujos de energía y materiales. Porque, aparte, por un simple principio termodinámico, toda producción, transformación de energía y materiales produce entropía –energía de bajo valor o materiales de desecho que se exportan al sistema de donde se extraen–. Y ese proceso, que arrancó en nuestra especie en forma profunda y expansiva con la agricultura, se profundizó con la revolución industrial primero y con la Gran Aceleración después. Eso implicó cambios de matrices energéticas, biomasa, tierra, expropiación de luz solar de los cultivos y de la superficie terrestre a través de la domesticación de plantas y animales. Luego vino la extracción de carbón, después el petróleo, que es básicamente una energía solar acumulada por los ecosistemas durante millones de años y que estamos transformando de manera acelerada, a una tasa casi 10 millones de veces más rápida de la que llevó su acumulación. Por lo tanto, esa forma de vida es insostenible por definición y está llegando a su fin, claramente.

—Me resultó muy interesante esa imagen que manejás sobre los humanos como seres carroñeros que devoraron toda esa energía acumulada proveniente de otros seres vivos.

—Nosotros estamos utilizando un legado de luz solar transformada por las plantas, por los ecosistemas antiguos, en energía química, hidrocarburos básicamente. Uno podría hacer la metáfora de la carroña, porque nuestros primeros ancestros en el linaje de los homínidos, en esa interfase de frugívoros y herbívoros a omnívoros y cazadores, tuvieron probablemente una fase de aprovechamiento de los cadáveres de animales antes de especializarse en la caza. Y por eso usé esa metáfora, pero, en el fondo, nuestra civilización, nuestra infraestructura impresionante del siglo XXI, nuestras ciudades, nuestros viajes, nuestra ciencia, nuestro arte están sostenidos por esas otras vidas. El petróleo representa todo el funcionamiento guardado debajo de la corteza terrestre de ecosistemas pasados, a lo largo de millones de años y millones de hectáreas. Por lo tanto, eso en sí mismo representa una singularidad en nuestra historia energética: es algo que nunca más vamos a volver a tener. Entonces, esas esperanzas tecnológicas de energías prometedoras y limpias, que nos van a llevar a un camino de desarrollo sin provocar daño ambiental, están por fuera de la realidad biofísica del planeta.

—Hay un fuerte cuestionamiento en tus ensayos a la centralidad omnipotente que ha tomado la noción de crecimiento económico, al que describís como «un objeto de culto en sí mismo». La economía aparece como un «bucle autorreferencial» que se ha separado de su sustento material.

—Hoy en día estamos atrapados en ese discurso de que sin crecimiento nada es posible. Sin crecimiento no hay libertades, dicen los líderes políticos desde lo que llamamos derecha, y los que llamamos de izquierda dicen que sin crecimiento no es posible combatir la inequidad. Y esa es una falacia, porque ya ha llegado este momento en que el planeta está ecológicamente en ruinas y con un sistema energético que no va a seguir expandiéndose, sino que se va a ir achicando. Por tanto, ese futuro expansivo es un futuro perdido, no existe. Es una ilusión pensar que vamos a seguir creciendo porque nuestros empresarios o políticos van a generar más productividad o más trabajo: no está ocurriendo y no va a ocurrir, porque hay un límite biofísico y energético. Yo a veces le saco un poco el peso a los líderes políticos, porque simplemente son el reflejo del humor y la narrativa dominante en una sociedad. Nos dan una narrativa que nosotros estamos construyendo todos los días, pero que está muerta. Lo que viene es un mundo no de cada vez más, sino de cada vez menos: cada vez menos libertades de consumo, cada vez menos personas, cada vez menos energía, cada vez menos producción y cada vez también menos entropía –porque, al producir menos, también se exporta menos basura al ambiente–. Y ese futuro hay que trabajarlo, porque también va a ser transitorio. Al menos para mí, no existe una sociedad ideal, todo depende del tipo de energía que se tenga, cómo se transforme y hacia dónde se va; de cómo seamos capaces de construir formas civilizadas, equitativas, de habitar ese futuro más austero y con menos capacidad de generar bienes materiales. Es un desafío tremendo que no está arriba de la mesa.

—Hoy se abunda en ese latiguillo del desarrollo sostenible. Parece un anestésico, porque hay actividades absolutamente incompatibles con la vida y la salud de los ecosistemas y, por tanto, con la nuestra.

—Desarrollarse, crecer, expandirse, crear sociedades con más bienes materiales, más estructuradas, con más servicios, con mejor salud, con mejor educación tiene un costo. Esa energía que hay que transformar implica un costo para los ecosistemas, que es de donde extraemos esos materiales y esa energía. Por lo tanto, esas dos palabras son como un oxímoron: no puede haber crecimiento y que sea sostenible. Todo crecimiento, todo desarrollo, per se es insostenible. La pregunta es cómo logramos condiciones dignas de vida en una sociedad con la menor cantidad posible de daño o de exportación de entropía al sistema natural que nos permite seguir viviendo, tener un clima estable, agua, suelos, comida, bienes materiales y habitabilidad.

—Otra cosa que atraviesa tu relato es cómo los extractivismos han afectado las ruralidades, causando también permanentes migraciones internas con manchas urbanas que se expanden.

—Esta tendencia a la urbanización es una tendencia mundial. Ya cerca del 60 por ciento de la población global es urbana, cuando 70 años atrás el porcentaje era la mitad. La única forma de vivir en ciudades es con un flujo de energía que permita subsidiar la producción de alimentos a través de maquinaria y tecnología para que la gente deje de producir alimentos, los consuma y haga otras cosas. Una ciudad es como una especie de pozo energético, un succionador de energía y materiales

—En Uruguay hay estudios que ya muestran esa pérdida de tejidos rurales por efecto de los monocultivos forestales y sojeros. Además, esos modelos intensivos están amenazando el principal ecosistema de nuestra región: el bioma de los pastizales naturales.

—Yo soy de la idea de que en Uruguay la única salida posible para tener una vida digna es a través del pastizal. Y hablo del pastizal del Río de la Plata, un ecosistema madre que tenemos en común con el sur de Brasil y con parte de la mesopotamia y de la pampa húmeda de Argentina. El pastizal es el centro organizador de nuestra convivencia, y cuando digo nuestra involucro a humanos y no humanos en esas reglas de convivencia. Es un ecosistema dominador y clave: sin pastizal no hay habitabilidad posible. Esas casi 1,2 millones de hectáreas forestadas en los últimos 40 años son casi un atentado de lesa humanidad contra el ecosistema más importante del Uruguay. Y toda esta idea del cambio del uso del suelo para una actividad que generaría crecimiento, divisas y trabajo en ningún momento pone en la ecuación cuánto de eso va a ocurrir realmente, cuando tenés una inversión de capitales extranjeros que va a sacar producción y va a dejar la basura en la casa –hablo de entropía, deterioro de los suelos, la pérdida del ecosistema clave, porque, en el fondo, estás matando 1,2 millones de hectáreas de pastizal por plantaciones forestales, y ni que hablar de las diferencias de evapotranspiración y cómo eso repercute en la pérdida de agua potable–. Y, como plantea Daniel Pena en su tesis, también está esa pérdida de estructura de las comunidades rurales que nadie pone en la balanza. Eso se puede replicar a otras actividades, como los monocultivos de soja y otras actividades agrícolas industriales.

—Estuviste también entre los científicos que redactó un documento presentado por colectivos que buscaron frenar la nueva ronda de prospecciones de petróleo y gas en el mar uruguayo. En particular, planteás que hay una falta de timing en Uruguay al incurrir de nuevo en esta práctica.

—Sí, tenemos esa narrativa en Uruguay desde que yo era niño. Se piensa que si encontramos petróleo todo va a ser diferente, y no es así, porque hay un timing termodinámico en el momento en el cual se encuentra petróleo. Hay un tema lógico en la explotación del petróleo: primero se sacan las frutas de las ramas más bajas, los pozos de alto rendimiento. Esto alude a la relación entre los barriles de petróleo que se invierten para la extracción contra los que se obtienen libres para trabajo, para hacer cosas. En 1920 o 1930 en Texas, la relación era de 1 a 100: un petrolero texano invertía un barril y sacaba 100 libres. Eso ha venido declinando, sobre todo después de 1960, hasta llegar a los estándares de hoy, que son de 1 a 13. Las petroleras están trabajando ahí en el margen ya. Pero, además, el mundo en 1960 tenía 3.000 millones de personas y la Gran Aceleración estaba en plena trayectoria expansiva, en personas, bienes, servicios, maquinaria, autos, fabricación de automóviles, aviones, carreteras, edificios, ciudades. Encontrar petróleo ahí era encontrar el tesoro de la familia y eso fue lo que le pasó a Noruega, que aparte lo gestionó de una forma bien diferente a otras sociedades, con una planificación en el largo plazo. Si encontráramos yacimientos serían más difíciles de extraer. Pero, aparte, estaríamos encontrando petróleo en un mundo con más de 8.000 millones de personas, con ese sistema que está desacelerando. Las perspectivas de que eso nos pueda servir para algo son muy menores. Lo encontramos tarde, si lo encontramos, y, lo que es peor, para esa esperanza de encontrarlo se está haciendo una exploración sin tener la más mínima idea, por más que el gobierno diga otra cosa, de los efectos que vamos a provocar en el sistema marino.

—Por otro lado, está el boom de las energías «verdes» y el megaproyecto de hidrógeno en Paysandú.

—Son como manotazos. Es una ilusión pensar que esas formas de energía van a sustituir a los combustibles fósiles y nos van a permitir seguir haciendo las cosas de la misma manera. O pensar que no tienen impacto, porque supuestamente tienen la marca en el orillo de renovables. Hay que distinguir muy bien en lo conceptual: la fuente de energía puede ser renovable –solar, eólica o hidráulica–, pero no necesariamente lo es el sistema de transformación para convertirla en energía útil para actividades humanas. Y no es sostenible por definición, porque implica un uso de materiales, superficie terrestre y energía de otro tipo para construir, instalar y hacer funcionar esos sistemas de transformación de energía. Todos usan superficie –los paneles solares y los parques eólicos– que deja de ser usada para otras cosas y, por lo tanto, usan materiales que tienen que ser después desechados o reciclados. Hay también una producción de esos materiales que per se tampoco es sostenible, porque implica minería y, en la mayoría de esos procesos, el uso de combustibles fósiles para toda esa infraestructura. La fuente de energía puede ser renovable, pero eso no quiere decir que tenga una ecuación útil en términos de lograr captar más energía de la que se invierte, que es el proceso básico para que haya vida. Además, para poder acumular esa energía solar en hidrógeno hay que usar agua y romper moléculas, lo que implica invertir energía para poder transformar ese vector en algo que se pueda usar. Y, hasta ahora, esa inversión, por lo que yo he visto, es mayor a la energía que se obtiene; por lo tanto, es un proceso termodinámico con un saldo negativo.

Pero todo el mundo piensa que podremos hacer lo mismo con esas transformaciones de energía a partir de fuentes renovables, cuando es como pasar de una dieta hiperproteica que te permite ser un atleta de alto rendimiento a una con ayuno intermitente y basada en fibra. Hay cosas que vamos a tener que dejar de hacer sí o sí y eso no está en el discurso de las energías. No aparece cómo vamos a tener que vivir. Probablemente vamos a tener que volver a muchas de esas formas de energía, pero eso implica una transformación en la forma de producir y consumir.

—En tus trabajos subyace siempre la dimensión política y la cuestión de las democracias modernas. Sobre todo, cómo ese abuso de los límites planetarios expulsa comunidades –humanas y no humanas–, con fenómenos migratorios y sociales que tensan los sistemas de representación.

—Sí, trato de enfatizar la relación entre democracia y energía. La forma de sostener un sistema político basado en la equidad de opiniones y en la equidad de distribución de esa energía tiene una relación con lo que llamamos democracias modernas liberales. En el fondo, uno pone representantes para tomar decisiones, pero uno tiene cero forma de tener algún tipo de poder sobre la distribución y las transformaciones de energía. Cero. Entonces, desde mi punto de vista, ahí ya no hay democracia. Hay una especie de juego de roles, pero en las decisiones sobre las cosas importantes –la forma en la cual transformamos y distribuimos energía–, no tenemos ninguna incidencia. Las sociedades realmente equitativas son aquellas en las cuales la población tiene mecanismos para controlar, distribuir y decidir cómo se transforma y se distribuye la energía. El historiador Timothy Mitchell dice que las democracias modernas nacieron con el carbón y murieron con el petróleo, porque el carbón permitía a los trabajadores de las minas, los ferrocarriles y los puertos controlar el flujo de energía que llegaba a los centros de consumo, que básicamente eran las industrias metalúrgicas y textiles del Imperio británico del siglo XIX. La materialidad del carbón necesitaba de mucho trabajo humano y permitió forjar las incipientes democracias liberales del siglo XX. Pero el petróleo destruyó todo eso, porque, por su propia materialidad, es un fluido que sale por presión y no necesita tanta incorporación de personas en el flujo de producción. Esa energía dominante de la Gran Aceleración escapó del control de los trabajadores y las personas.

Es muy importante entender, ante nuevas formas de transformación de energía inevitables –solar, eólica, hidroeléctrica–, que sin control democrático de esos procesos no hay democracias posibles. Sin mecanismos explícitos de control, algunas materialidades son más difíciles de controlar y nos llevan a lo que tenemos hoy: un mundo tremendamente desigual, donde un 0,1 por ciento de la población mundial controla casi el 80 por ciento del flujo de energía.

Perfil

Mauricio Lima es doctor en Ciencias Biológicas y es docente en la Pontificia Universidad Católica de Chile, donde está radicado. Su actividad académica se centra en la ecología de las poblaciones. Austeridad o barbarie. Desafíos de vivir en un mundo exhausto (Estuario Editora, Montevideo, 2025) obtuvo el Bartolomé Hidalgo en la categoría de divulgación académica y ya va por su cuarta edición. Es el libro que siguió a De expansiones y retiradas. El viaje poblacional del Homo sapiens, publicado en 2022.

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