En 1950, cuando se publicó Crónicas marcianas, Ray Bradbury imaginó que en octubre de 2026 los primeros cohetes aterrizaban en el planeta rojo llevando a los únicos –privilegiados– sobrevivientes de la gran catástrofe. En un arrebato reflexivo, uno de los recién llegados, le dice a su familia:
—La vida en la Tierra nunca fue nada bueno. La ciencia se nos adelantó demasiado, con demasiada rapidez, y la gente se extravió en una maraña mecánica, dedicándose como niños a cosas bonitas: artefactos, helicópteros, cohetes; dando importancia a lo que no tenía importancia, preocupándose por las máquinas más que por el modo de dominar las máquinas. Las guerras crecieron y crecieron y por último acabaron con la Tierra. Por eso han callado las radios. Por eso hemos huido…
Todavía no ocurrió, pero los augurios de destrucción y las ilusiones escapistas están a la orden del día. La irrupción de la inteligencia artificial (IA) sobrevino como una verdadera revolución técnica que tiene en vilo a la humanidad. El vertiginoso desarrollo de esta nueva tecnología amenaza con reconfigurar de forma drástica aspectos centrales de la actividad humana, con consecuencias importantes a gran escala y efectos directos en la vida cotidiana de millones de personas.
Para algunos, la IA promete dar impulso a muchos sueños que la humanidad persigue desde hace siglos. Pero su apresurada evolución también es motivo de preocupación, e infunde miedo y recelo. Lejos de convocar a la destrucción de las máquinas o a la desconexión –intentos que, sin embargo, no faltan–, la IA está ahora mismo en el centro de las disputas entre potencias, de la lucha entre capital y trabajo, del debate sobre el cambio climático, de la carrera armamentista y de la encrucijada sobre el modelo de desarrollo y los alcances de la democracia.
Brecha cumple este mes 41 años y el número aniversario no podía eludir el asunto.
Porque Uruguay, por supuesto, no es ajeno a este vertiginoso fenómeno mundial. Sus políticas públicas combinan impulsos soberanistas, disponibilidad de recursos naturales y proyectos «híbridos» entre el Estado y grandes corporaciones. La sociedad civil pugna por una concepción de la IA como bien público, mientras el gobierno titubea ante los dilemas de la regulación y abre la puerta a propuestas privativas estrafalarias como la de Praxis, con sus ideas colonialistas, sus tintes supremacistas y su culto a la masculinidad.
Siete décadas después de aquella publicación de Bradbury, la literatura especulativa no necesita escenarios extraterrestres para condensar la brutal contradicción entre la vanguardia tecnológica y los sufrimientos que provoca cuando se pone al servicio del despojo y la desigualdad. La casa inteligente que el escritor Diego Recoba imagina en medio de una ciudad desértica y derruida funciona como metáfora para las promesas de nuevos señores de la guerra. «Elon Musk y Marte no son más que una enorme distracción. La verdadera “carrera espacial” tiene lugar aquí, en nuestro planeta», dice el historiador Raymond B. Craib, que ha estudiado los pormenores de las colonias libertarianas que se acercan a nuestras costas.
Sin embargo, son varios los pensadores que encuentran en la IA un potencial transformador favorable a la humanidad y al planeta. «Hay partes de ella que son claramente muy útiles para cualquier proyecto progresista porque dan lugar a una mayor autonomía, más creatividad y más experimentación, y no veo cómo un proyecto socialista podría negar ese valor», atiza Evgeny Morozov, uno de los analistas más agudos del fenómeno. La disputa, entonces, está servida.
Reunimos en este número una serie de ensayos, informes, análisis y entrevistas con el objetivo de desenredar lo enmarañado. No faltan, por cierto, la ficción y algunas visitas a la historia para mirarnos en el espejo del pasado. Periodistas, columnistas, correctoras, diseñadoras y editores pusieron sus esfuerzos y destrezas al servicio de un producto integral –y artesanal– elaborado durante más de un mes.
El número fue ilustrado de forma íntegra por Nato Olivera (más conocida en las redes sociales por @noxipol), que interpretó inteligentemente El jardín de las delicias del Bosco y distribuyó sus fragmentos a lo largo de las páginas. El resultado –fruto de un minucioso trabajo que insumió mucho tiempo, dedicación y pensamiento– corresponde exclusivamente a su talento, y no al frío mundo de las máquinas.


