El Premio Planeta, que consiste en un adelanto de 1 millón de euros por concepto de derechos de autor, fue entregado este año a la escritora Isabel Allende. La novela ganadora es la continuación de La casa de los espíritus, el primero de sus libros y el más vendido. El premio le fue entregado por el rey de España. Sí: hay lugares donde todavía hay reyes. Allende dijo que nunca se había presentado a un premio literario por miedo a sufrir la humillación de no ganar. Esta inocente confesión parece confirmar una de las características del Premio Planeta: no es un concurso.
A lo largo de su historia ha quedado claro que el Premio Planeta es, en realidad, un recurso publicitario que no tiene nada que ver con la literatura. Los escándalos fraudulentos y las jugarretas comerciales lo han caracterizado desde hace décadas.
En 1994, el premio fue concedido a Camilo José Cela, que había recibido el Nobel en 1989. Carmen Formoso, una escritora que se había presentado al concurso, compró el libro ganador, en cierta forma consolada (¡había perdido ante un premio nobel!), y se encontró con que los personajes, la trama y hasta unas cuantas frases letra por letra eran iguales a las de su libro. Denunció a Cela por plagio y a la editorial por fraude. El escritor, fiel a su costumbre, la embadurnó con la suculencia de su mierda verbal. El juicio terminó desvaneciéndose por la muerte de todos sus protagonistas antes de que la Justicia lograra emitir un dictamen, quizá un poco adormilada por las acciones de los abogados del Grupo Planeta.
En 1997, la versión argentina del premio produjo un modesto escándalo: Ricardo Piglia recibió el premio por su novela Plata quemada, que, se supo después, estaba en la mesa del editor para ser publicada por la editorial. Esta vez la Justicia, luego de ocho años, falló contra la editorial.
Es de uso que el premio vaya a escritores de la casa, a socios comerciales de algunas de las empresas del grupo o a animadores de televisión. En los últimos tiempos Planeta ha trabajado para arrebatarle autores a Penguin Random House, el otro gigante global de la edición. Javier Cercas, Carmen Mola e Isabel Allende son los casos más recientes.
El caso de Carmen Mola transparenta el recurso preferido de las grandes editoriales: la noticia llamativa. Carmen Mola era el seudónimo de una autora de Penguin que daba entrevistas explicando que, como en el caso de su colega italiana Elena Ferrante, prefería el anonimato para poder estar tranquila y desarrollar su tarea docente (decía que era profesora universitaria) sin las molestias que acarrea la fama. Con cierto éxito de ventas en el nicho de la novela policial, Carmen Mola fue capturada por Planeta, se le dio el premio y en la ceremonia explotó la noticia que llenó primeras planas: ¡Carmen Mola no es una mujer, sino tres varones!
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La pauta noticiosa está cuidadosamente programada por la oficina de prensa del grupo: el 11 de octubre se enunciaron los diez finalistas; al otro día se anunció que uno de ellos quedaba descartado por violación de las bases; a los tres días se dio noticia de qué celebridades del ambiente estarían presentes en la «gala» de premiación de esa noche. Los medios serios mentaron nombres conspicuos; los tabloides, de qué casas de moda vestirían a cada quién. Por la noche se trasmitió en vivo la premiación. Al otro día, entrevistas a la ganadora y el finalista, artículos, panegíricos, evaluaciones del color de lápiz de labios de la reina, etcétera. Cinco días más tarde se presentó el diseño de portada. Cinco días después saldrán las primeras reseñas, antes de la distribución comercial.
El día de la salida, 4 de noviembre, firma de la autora en Casa del Libro (una librería del grupo). Luego, la gira por todo el mundo de habla española. Durante un mes y medio al año, miles de medios de prensa tienen material para artículos que no necesitan redactor.
La gente de Penguin, que ha perdido a su autora, seguramente está radiante: una superventas en declive, que de pronto es el centro de una noticia, va a provocar una subida de las ventas del resto de sus títulos,
que siguen en poder de aquella editorial. Es un negocio redondo para todos. Sería muy verosímil (y aburrido, por lo repetido) un argumento de comedia en el que los directores de las dos editoriales competidoras acuerdan la jugada en una cena en el restaurante Disfrutar de Barcelona, con la autora y su agente.
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En promedio, cada semana una librería uruguaya recibe entre 40 y 50 títulos nuevos. ¿Cómo hace un libro para hacerse visible? Vemos en las redes sociales la ansiedad de los autores por estar a la vista. Hace 50 años Harold Bloom postulaba la ansiedad de la influencia que caracterizaba a los poetas que luchan por no convertirse en meros epígonos de los maestros; hoy, en un mundo sin maestros, cunde una ansiedad de inexistencia que sufre toda la sociedad, pero que es en particular visible en los artistas, que necesitan objetivamente ser percibidos por el público.
Los autores sufren las consecuencias de una sobreproducción editorial que responde a una lógica económica sencilla.
La producción de libros –los de Planeta y los de la mayoría de las editoriales– tiene la misma estrategia que la reproducción de los peces: muchísimas crías sin valor. Una corvina suelta 500 mil huevos, pero la mayoría de los alevines muere en las fauces de otros peces. Solo el azar dicta quiénes serán los escasos sobrevivientes.
Los editores reducen riesgos si producen mucho, y para producir mucho hay que evitar prestar atención a la calidad. Si la mayoría de los libros muere, da igual. Leer manuscritos buscando calidades es caro: requiere profesionales de alta formación. Los editores leen, sí, pero solo los nombres de los autores o sus lugares en la sociedad, y publican a partir de esa información. Nadie (o casi) lee manuscritos. Y si leyéramos manuscritos, dicen los editores, de todas maneras no podríamos asegurar qué libros se van a vender y cuáles no: es mejor producir mucho y dejar que trabaje el azar.
La estrategia del Premio Planeta es la saturación de la esfera pública con noticias sobre sí mismo. El grupo es dueño de cadenas de televisión, de diarios, de una universidad y de librerías, de modo que satura el ambiente con sus noticias en la medida que lo requiere. El Premio Planeta necesita ser efímero y olvidable. En dos semanas habrá un nuevo premio, uno de los 20 premios anuales asociados a algunos de los 70 sellos del grupo.
A lo largo del año, la editorial inundará las librerías con centenares de títulos, afiches gigantes y exhibidores especiales que ocuparán agresivamente el espacio físico de las librerías.
Los premios promovidos por los grandes grupos editoriales son operativos propagandísticos disfrazados de concurso literario. Convendría no llegar a la caja de la librería creyendo que uno está comprando literatura. En realidad, uno hace la cola para convertirse, en el acto de pagar, en algo parecido a la víctima de un fraude.


