Espejo de una generación - Semanario Brecha

Espejo de una generación

Los jóvenes del 68.

Foto: Afp, Philippe desmazes

Ansiosos y desenfrenados, los jóvenes del 68 querían transformar el mundo. Aunque la vida y la muerte de Ernesto Guevara fueron labradas por él mismo, el Che ícono de multitudes fue una creación de abajo. Una excusa, de una generación que se sentía tan aventurera como su barbado héroe, para romper tabúes, relaciones de poder y opresión que durante tanto tiempo se mantenían intactos.

“Ser como el Che”, un mantra que se repetía una y otra vez, como machete que despejaba el camino de la revolución; aunque el inconsciente individual y colectivo decía algo diferente: el Che como excusa de algo mucho más profundo. Querían los jóvenes del 68 modificar su lugar en el mundo, romper tabúes, agrietar relaciones autoritarias y jerárquicas que, como el patriarcado, se mantenían incólumes desde el fondo de los tiempos.er como el Che.” Una frase-programa-de-vida que marcó a fuego a toda una generación que cambió la vida política de América Latina, que tomó en sus manos la bandera del Che, simplemente porque necesitaba íconos para justificar una rebeldía insumisa que no encontraba referentes.

Recordemos brevemente el entorno. Invasión de Checoslovaquia por la Unión Soviética, la “Ofensiva del Tet” que selló la derrota de Estados Unidos en Vietnam, masacre de estudiantes en la plaza de Tlatelolco en la ciudad de México, donde el ejército asesinó a no menos de 400 para allanar la celebración de los Juegos Olímpicos. Apenas tres hechos que tapizaron el mítico 1968, mucho más trascendentes que la mediática revuelta juvenil parisina.

En la región habría que sumar los levantamientos populares del “Cordobazo” y el “Rosariazo” en 1969 contra la dictadura del general Juan Carlos Onganía, el impresionante ascenso de las luchas urbanas en Chile, que modificaron la estructura de las ciudades y llevaron a la presidencia a Salvador Allende en 1970, las luchas campesinas en la sierra peruana alentadas por Hugo Blanco, que forzaron al gobierno militar de Juan Velasco Alvarado, desde 1968, a realizar la mayor reforma agraria después de la cubana; el ascenso obrero y minero en Bolivia que construyó una Asamblea Popular obrero-campesina-estudiantil, en 1970, con el que disputaron el poder a las clases dominantes.

Años fugaces que condensaron décadas. Años que representan un parteaguas en todos los terrenos de la vida social.

En 1967 se publica Cien años de soledad y al año siguiente Pedagogía del oprimido, de Paulo Freire; en 1971 aparece Las venas abiertas de América Latina, todas referencias ineludibles de una época. La Conferencia Episcopal de Medellín, también en 1968, potenció el despegue de la teología de la liberación y del compromiso de los cristianos con los pobres que, junto a la educación popular freireana, imprimieron la insurgencia popular de la época.

Apenas seis meses separaron la muerte del Che del asesinato de Martin Luther King, en Estados Unidos. La película de Gillo Pontecorvo, La batalla de Argel, estrenada en 1966, estuvo prohibida en la mismísima Francia hasta 1971, enseñando la faceta represiva e intolerante del país de las luces a la vez que mostraba la peor cara del colonialismo. Era el clima de una época signada por un profundo viraje, tan profundo que Immanuel Wallerstein bautizó el período como “la revolución mundial de 1968”.

El sociólogo estadounidense esbozó, a propósito de ese concepto, uno de los más profundos y desconcertantes asertos: “Tan sólo ha habido dos revoluciones mundiales. La primera se produjo en 1848. La segunda en 1968. Ambas constituyeron un fracaso histórico. Ambas transformaron el mundo. El hecho de que ninguna de las dos estuviese planeada y fueran espontáneas en el sentido profundo del término, explica ambas circunstancias: el hecho de que fracasaran y el hecho de que transformaran el mundo”.

Fueron los años en que todo se podía poner boca abajo. Mao Zedong lanzaba la revolución cultural con un dazibao que hizo historia: “Bombardead el cuartel general”, en referencia a las altas esferas del partido-Estado que él mismo encabezaba. Los mismos años, exactamente, en que The Beatles lanzan sus álbumes Revolver y el mítico Sgt Pepper’s Lonely Hearts Club Band.

En ese clima regional y global irrumpe una generación de jóvenes ansiosos y desenfrenados, deseosos de ser parte de las múltiples revoluciones que transformaban el mundo, desde las políticas hasta las culturales. No hay más que repasar los cambios en la vestimenta cotidiana para hacerse una idea de lo que estaba sucediendo. Jóvenes que convirtieron al guerrillero caído en La Higuera en símbolo de insurgencias que, con el paso del tiempo, podemos aquilatar como más influyentes incluso que la que protagonizó el Che.

Aunque la vida y la muerte de Ernesto Guevara fueron labradas por él mismo, con una voluntad que había pulido “con delectación de artista”, como escribió en la carta de despedida a sus padres, el Che ícono de multitudes fue una creación de abajo. Una generación que se sentía tan aventurera como su barbado héroe, destinada a cumplimentar grandes empresas, lo colocó como mascarón de proa, insignia o estandarte, esgrimiendo su imagen con la intransigente convicción de quienes se saben (o creen) portadores de certezas y, sobre todo, del fuego redentor de la humanidad.

Como todo ícono, como todo emblema, en la figura del Che que portaban los militantes de aquellos años había no sólo mística sino religión. Atea, pero religión al fin. Contradictorio, cierto. Pero qué se le puede reprochar a gentes dispuestas a entregar la vida, no por fanatismo sino por ardiente deseo de transformar su lugar en el mundo.

El ícono fue apareciendo en los lugares más insólitos. Desde pequeños bustos en sedes sindicales y partidarias hasta los guardabarros de camiones y vidrios de autobuses. La imagen del Che, escribió el historiador peruano Alberto Flores Galindo, ha sido usada con similar devoción a como se utiliza una estampita religiosa. En su opinión, se trata de “la reelaboración de un personaje histórico desde la cultura popular”. No ha sido un fenómeno propiciado desde el Estado, como en Cuba, o “un culto inducido por la sociedad de consumo”, como en Estados Unidos.

Pasado medio siglo podemos decir de la gesta del Che algo similar a la valoración del historiador Eric Hobsbawm sobre la revolución y la república española: su causa se conserva intacta, “tan pura y convincente” como lo fue aquel lejano-cercano octubre de 1967. Aunque su estrategia fracasó y el socialismo que defendió con fervor de creyente se cayó a pedazos, su heroica estampa sigue invicta porque el gesto de poner el cuerpo, y la vida, sigue mereciendo el mayor de los respetos.

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