De la mano de la presidenta Claudia Sheinbaum, México emergió una vez más, en solitario, enarbolando la defensa formal de los principios de no intervención y la libre autodeterminación de los pueblos, y desplegando su enorme solidaridad sin par. Pero se trata, es cierto, de la defensa de unos principios y una solidaridad institucionales con sus bemoles y fracturas. Tras la orden ejecutiva de Donald Trump del 29 de enero que prevé la imposición de aranceles punitivos adicionales a «cualquier país que directa o indirectamente venda o de alguna otra manera proporcione petróleo a Cuba», el gobierno de Sheinbaum interrumpió de inmediato el envío de crudo a la isla.
Cedió así al chantaje y la extorsión de Washington, contribuyendo de facto al devastador cerco energético estadounidense contra Cuba, erosionando de manera significativa lo que históricamente había sido un rasgo singular de la diplomacia mexicana con respecto a la mayor de las Antillas: la defensa de la soberanía como principio operativo, una tradición que había sobrevivido a cambios de régimen, giros ideológicos y presiones de Washington de todo tipo.
En los dos últimos años, mientras los envíos de crudo de Venezuela y Rusia disminuían, México había incrementado su peso como principal proveedor de Cuba. De acuerdo con Petro Intelligence, en 2023 y 2024 México envió 10 millones de barriles diarios a la isla. Datos citados por Financial Times, con base en información de Kpler, indican que en 2025 México envió en promedio 12.284 barriles diarios, 44 por ciento de las importaciones totales de petróleo de Cuba, frente a 9.528 barriles diarios provenientes de Venezuela. A su vez, según información reportada por la compañía estatal Pemex a la Comisión de Bolsa y Valores de Estados Unidos, México envió a Cuba 17.200 barriles diarios de crudo y 2 mil barriles de productos petrolíferos.
MÁS ALLÁ DE LAS IDEOLOGÍAS
El vínculo entre Cuba y México es de muy larga data. En 1902, México fue el primero en reconocer la independencia de Cuba. Unos años antes había sido tierra de exilio de José Martí, y después lo fue de figuras legendarias, como el líder comunista cubano Julio Antonio Mella, asesinado en 1929 en México. Lo sería también de Juan Marinello y Raúl Roa. A su vez, tres meses después de que el 18 de marzo de 1938 el general Lázaro Cárdenas decretara la nacionalización petrolera, se realizó un gran mitin en La Habana al que acudieron miles de personas que pagaron 10 centavos para apoyar el acto expropiatorio. México fue también tierra de asilo de Fidel Castro, de su hermano Raúl y de Ernesto Che Guevara.
El 2 de diciembre de 1961, cinco años después de que el yate Granma zarpara de Veracruz hacia las costas cubanas con su cargamento de guerrilleros, cuando Fidel Castro declaró el carácter marxista-leninista de la revolución y estrechó sus vínculos con la Unión Soviética, la cercanía inicial de los gobiernos del Partido Revolucionario Institucional dio paso a una prudente distancia. Eran los días de la Guerra Fría, y tras sendas reuniones ministeriales en Punta del Este en 1962 y 1964, cuando la Organización de Estados Americanos determinó, primero, que todos los países miembros debían participar en una «cuarentena» contra la isla y, después, que debían romper relaciones diplomáticas, consulares y económicas con el gobierno de Fidel Castro, México se negó basándose en el principio de no intervención.
Ese gesto consecuente convirtió a México en el único país latinoamericano en mantener un lazo oficial con la Cuba revolucionaria, pese a que tuvo que acceder a una activa colaboración con los servicios de inteligencia estadounidenses para supervisar a quienes viajaban a la isla. Cuba constituía una prueba del margen de autonomía relativa de México con Estados Unidos y en su relación con el mundo. Ahí estaba la esencia de una tradición diplomática que abrevaba en los principios de no intervención y de autodeterminación de los pueblos, invocados antes frente a la injerencia extranjera durante la guerra civil española, la anexión de Austria por la Alemania nazi y el golpe de Estado contra Jacobo Árbenz en Guatemala.
La victoria del conservador Partido Acción Nacional (PAN) en el año 2000 trajo un cambio en la política hacia Cuba. De la mano de su canciller Jorge Castañeda Gutman, el presidente Vicente Fox introdujo lo que llamó una «cesión inteligente de soberanía» con respecto a Estados Unidos (y Canadá), y México pasó a presentarse como un defensor sin reservas de dos de las principales matrices intervencionistas de Washington: los «derechos humanos» y la «democracia» en el exterior. Se afirmaba que la política exterior basada en «principios abstractos» había quedado atrás, y ahora tocaba defender los intereses nacionales y el orden liberal, lo que derivó en el icónico «comes y te vas» de Fox a Fidel Castro en marzo de 2002, durante la Conferencia Internacional sobre la Financiación para el Desarrollo de la ONU en Monterrey. El viraje discursivo del PAN generó tensiones con el gobierno de Fidel Castro, pero las relaciones diplomáticas nunca se rompieron.
MÉXICO Y LA DOCTRINA DONROE
En el marco del endurecimiento del bloqueo de Estados Unidos, México sucumbió ante la política extraterritorial de Washington, lo que sienta un precedente que podría extenderse a otros sectores económicos del exiguo intercambio comercial con Cuba.
Con sus matices y contradicciones, al igual que la presidenta encargada de Venezuela, Delcy Rodríguez, Sheinbaum gobierna con una pistola en la sien. Y bajo la presión sin respiro ni sutilezas del propio Trump y de su secretario de Estado, Marco Rubio, optó por suspender el suministro de petróleo y presentar la decisión como una reconfiguración pragmática del apoyo a la isla: cambiar el crudo por ayuda humanitaria. En rigor, se trata de un giro para nada neutro, que lleva al gobierno actual a abandonar una posición histórica que le confería un lugar propio, reconocible y respetado en el mapa político-diplomático latinoamericano.
Al frente de un país con más de 3 mil quilómetros de frontera con un imperio que ha reiniciado una nueva fase expansionista a nivel hemisférico, Sheinbaum debe enfrentar una nueva realidad que remite a 1942, año en el que el teórico geopolítico Nicholas Spykman enunció el «espacio vital» de Estados Unidos cuando aún no terminaba la Segunda Guerra Mundial: el «Mediterráneo Americano», según su definición abarca el litoral del golfo de México y del mar Caribe. Lo integran México, América Central, Colombia, Venezuela y el cinturón de islas que se suceden de Trinidad a la punta de la Florida (Cuba incluida). Spykman afirmó entonces que esa subregión debía permanecer bajo la exclusiva e indisputada tutoría de Washington, lo que «implica para México, Colombia y Venezuela una situación de absoluta dependencia, de libertad meramente nominal».
LA SOLIDARIDAD POSIBLE
A la defensiva, Sheinbaum ha seguido arguyendo que es «decisión» soberana de Pemex «cuándo y cómo» enviar hidrocarburos a Cuba; que el canciller Juan Ramón de la Fuente está en «conversaciones» con su contraparte estadounidense, Marco Rubio, para reanudar los suministros, ya que sin combustible existe el riesgo de una «crisis humanitaria» de gran alcance en la isla, situación que debe evitarse «mediante el respeto al derecho internacional y el diálogo entre las partes». Incluso ha ofrecido mediar entre Washington y La Habana.
Su fraseología, sin embargo, exhibe que ha comprendido que la «paz a través de la fuerza» y el llamado corolario Trump de su vecino del norte no son eslóganes vacíos, sino parte de una ecuación de disuasión que no le deja lugar para el idealismo. La Estrategia de Seguridad Nacional 2025 y la Estrategia de Defensa Nacional 2026 del Pentágono no separan la seguridad nacional de la vitalidad económica; son la misma cosa. La economía es, en palabras de ambos documentos, «el anclaje definitivo» del poder militar. El «hacer gritar la economía» de la era Nixon-Kissinger contra el gobierno socialista de Salvador Allende en Chile, redivivo. La misma política de castigo colectivo que Trump y Bessent, de facto susecretario de guerra económica, aplican ahora contra Cuba.
En tales circunstancias, Sheinbaum ha optado en la coyuntura por la ayuda humanitaria a Cuba. El 8 de febrero, dos buques de apoyo logístico de la Armada zarparon de Veracruz a La Habana con 814 toneladas de víveres (productos cárnicos, atún en agua, sardina, frijol, arroz, aceite vegetal, leche líquida y en polvo) y artículos de higiene personal. Ya anunció, además, nuevos envíos.
Se trata de un giro táctico que contrasta, sin duda, con el silencio ensordecedor de los otros progresismos del área –Brasil, Colombia, Uruguay–, cuyos mandatarios han hecho mutis por el foro, pero que podría convertirse en un error estratégico si la política exterior mexicana privilegia la contención y se transforma en mera administración de riesgos. Como ha dicho José Romero, México dejó de ser la excepción. Evita el conflicto con Washington, pero al costo de renunciar a una voz propia más allá de las asimetrías de poder, que siempre han existido.




