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Abran cancha

Un perfil de Matías Rodríguez

Viene de la democracia cristiana, pero defiende “sin dramas” la despenalización del aborto. Matías Rodríguez, el director que quiere al Instituto Nacional de la Juventud “jugando en la cancha grande”, advierte la tensión entre la nueva agenda de derechos y el discurso de la inseguridad. Y expresa un deseo: “Quisiera que el Frente saliera con mucha más fuerza a dar el partido contra la baja de la edad de imputabilidad”.

 Vio la luz cuando promediaba la dictadura. Fue niño en la primavera democrática. La madurez lo encontró a las puertas de la década neoliberal. La crisis golpeó a sus padres y amigos más cercanos. Podría ser la historia de quién sabe cuántos integrantes de una generación que empezó a hacer política antes de que el Frente Amplio (fa) alcanzara el poder, si no fuera que hoy ocupa un cargo de gobierno. Podría ser uno más del selecto grupo de jóvenes llamados a asumir responsabilidades de gobierno, si no fuera que se desempeña al frente del instituto abocado a definir, precisamente, las grandes líneas en materia de políticas públicas de juventud. Sus posturas sobre el aborto y el matrimonio igualitario podrían ser anec-dóticas frente a la irrupción de la agenda de nuevos derechos, si no fuera que viene de la democracia cristiana. Matías Rodríguez es una rara avis en el ágora político.

—¿Qué significa la democracia cristiana para alguien de tu edad?
—Yo empecé a militar en el pdc cuando tenía 14 años, en la previa de las elecciones de 1994. Mi primer acercamiento fue pedirle a mi viejo para acompañarlo a repartir volantes y naranjas en la esquina de bulevar Artigas y Agraciada. La democracia cristiana me conecta con una historia del país, y de mis viejos, que se conocieron militando. Me conecta con un compromiso político de transformación social, con un partido que jugó un papel fundamental en el movimiento social y cooperativo. Con una mística frenteamplista. Hay una mirada que yo considero muy acertada desde el punto de vista ideológico y que está plasmada en una frase del pdc, en el 71, que decía “Ni estatismo ni patrón, socialismo-autogestión”. La democracia cristiana tiene ese posicionamiento, que se distancia claramente del liberalismo, poniendo el énfasis en los valores comunitarios. Tiene una utopía, que es un socialismo comunitario, que coloca en el centro de la práctica política a los hombres y a las mujeres en comunidad.
—Es un talante distinto al de la democracia cristiana en el resto del mundo.
—Absolutamente. En general, las democracias cristianas están más perfiladas a posturas de centro, en algunos casos incluso de derecha. En Uruguay tuvo una conexión fuerte con las comunidades anarquistas, allá por los sesenta y setenta. Mi viejo se vino de Rivera para acá a vivir en una comunidad cristiana con el “Negro” Lescano. Y por ahí hay toda una idea autogestionaria, y hay también una cuestión de romper. En aquellos años había un partido confesional, la Unión Cívica, y fueron los jóvenes democratacristianos los que impulsaron el rompimiento con él para abrirse al conjunto de los ciudadanos.
—Estás a favor de la despenalización del aborto, pero la opinión del pdc en este tema es distinta.
—Ahí soy minoría. Lo vivo sin dramas, y comprendo a los compañeros que no están a favor. No caigo en esa mirada dicotómica de buenos y malos. Yo estoy de acuerdo con despenalizar, creo que la mujer tiene el derecho a elegir y que muchas veces ha existido una doble moral de no legislar en lo público mientras en lo privado suceden otras cosas.

Sus dotes de animador, que echaron raíces en su pasaje por el colegio Poveda, donde hizo la secundaria, lo llevaron a compartir buena parte de sus sábados con niños de una guardería del padre Cacho, en Casavalle. Después se volcó de lleno al voluntariado, acercándose a una comunidad cristiana que atendía a gente en situación de calle en una parroquia de la Ciudad Vieja. Su primer trabajo rentado fue hacer changas con su tío arquitecto. Impermeabilizaba azoteas. Licenciado en trabajo social, ahora cursa una maestría en ciencia política. “De todos los que se anotaron en la maestría, es uno de los pocos que está al día con todos los exámenes”, suelta uno de sus compañeros del Mides, que lo define como “un tipo hiperactivo”. Desde 2010 ocupa la titularidad del Inju, históricamente más asociado a la movida cultural y la tarjeta de descuentos que al trazado de políticas públicas. “Es que el Inju es un organismo que ha sido muy manoseado históricamente”, suelta Rodríguez. Y lo explica así:

—El instituto pasó por tres ministerios. Nació en el de Educación, después pasó al de Deporte y Juventud, y finalmente vino al Mides. Ese manoseo debilita a las instituciones. Su creación en los noventa fue una novedad, y fue una decisión muy acertada haber instalado esa institucionalidad, pero con el tiempo se debilitó mucho, por no contar con recursos… Para nosotros, un organismo especializado en juventud tiene que jugar en la cancha grande. El inju es mucho más que la tarjeta o el toque: tiene la tarea de meterse con el empleo, la educación, la vivienda, la cultura, la participación, e incluso la discusión de las miradas y los imaginarios que solamente culpabilizan a los jóvenes.

Inevitablemente, la conversación gira hacia la propuesta de bajar la edad de imputabilidad. Una carrera organizada por el Inju, que lleva el nombre 5K y la consigna “ser joven no es delito”, le valió el año pasado una andanada de críticas de la oposición, que lo acusó de hacer campaña política. Matías se defiende:

—Esta carrera tiene el objetivo de dar el debate, la discusión, sobre el señalamiento público a los jóvenes.
—Pero también se planta, explícitamente. Dice “ser joven no es delito”, que es una de las consignas contrarias a la baja…
—Cuando escuchamos mensajes tan extralimitados acerca del lugar y la responsabilidad que tienen los jóvenes sobre la violencia y el delito, cuando vemos una sobreexposición de los jóvenes casi como únicos responsables de todos esos males, creemos que tenemos la obligación institucional, política y ética de defender a los jóvenes. La baja de la edad de imputabilidad es un elemento más en ese debate, pero la discusión de fondo trasciende eso, y es qué tanto confiamos en los jóvenes de nuestro país. Esa es la pregunta que nos tenemos que hacer cuando reproducimos o no determinados discursos, cuando estamos dispuestos o no a aprender de una persona más joven. Una sociedad que no confía en los jóvenes, que les teme, que cuando piensa en ellos sólo lo hace para señalarlos o penalizarlos, es una sociedad que se tiene que preguntar muchas cosas. Hay sectores de la población que reproducen ese discurso casi que mecánicamente. Y nuestra tarea es precisamente problematizar esto y mostrar otra cara. Si me preguntás, yo estoy absolutamente en contra de la baja. Creo que es el mayor error que podemos cometer porque esa medida, que pretende ser pacificadora, lo único que puede hacer es profundizar la violencia y la reproducción del delito.
Discutir contra los defensores del populismo penal es necesario pero relativamente fácil. Más difícil es tratar de entender por qué la izquierda tiene tantos problemas para asumir el tema y ofrecer, si no una solución, al menos una respuesta.
—El pit-cnt salió a jugar fuerte el Primero de Mayo con el lema “ni un voto a la baja”, el propio inju se embandera con la causa, pero uno no ve al fa movilizándose por este tema cuando no falta tanto para el plebiscito.
—Yo quisiera que el Frente saliera con mucha más fuerza a dar el partido contra la baja. Quisiera que los dirigentes del fa salieran a dar esta discusión en toda la cancha. Es importante posicionarse, invitar a una gran reflexión. Los dirigentes tienen la responsabilidad de romper con el lugar común. Tengo mucha expectativa de que se salga con mucha más fuerza.
—Da la sensación de que hay una parte de la dirigencia que da por perdido este plebiscito.
—Puede ser (que estén) pesimistas… Hay que darlo vuelta.

El envío al Parlamento de una serie de leyes sancionadas con el soplo en la nuca de una opinión pública aterrorizada tampoco escapa a la conversación en el bullicioso primer piso del Mides, más parecido a la redacción de un diario que a una oficina pública.

—Por un lado, hay una suerte de efervescencia de la agenda de derechos, con ingredientes como el matrimonio igualitario y la despenalización del aborto, pero al mismo tiempo el gobierno envía al Parlamento proyectos como la internación compulsiva y el aumento de penas para menores. ¿Hay una de cal y otra de arena en estos temas?
—Seguramente. Estos impulsos y frenos que existen en cada una de estas cosas reflejan el debate público entre dejar de ser una sociedad conservadora o no. A ver… no creo que el aumento de penas sea un mecanismo que asegure reducir los delitos y la violencia. A veces hay una falsa oposición entre los que estamos en contra de bajar la edad de imputabilidad y quienes están a favor: se nos pinta como que pretendemos que esto sea una anarquía, que no haya responsabilidades… No, no; definitivamente, los jóvenes que cometan delitos tienen que ser juzgados y recibir una pena. Pero no creo que el aumento de penas o la internación compulsiva signifiquen una mejora en la reducción de los delitos y los niveles de violencia. El camino pasa por la integración social, la inclusión educativa, el empleo…
—Pero…
—Pero también entiendo que hay determinados mensajes políticos que hay que dar, y por ahí van algunas de estas cosas.

En el medio, se cuela otra mirada: la historia de los jóvenes que la pelean. Matías Rodríguez elige un caso paradigmático, el de un joven riverense que camina todos los días media hora por un camino vecinal hasta Tranqueras para tomarse un ómnibus que lo lleve al liceo en la ciudad de Rivera, donde junto a sus compañeros edita una revista de cómics. El Inju los apoyó mediante el Fondo de Iniciativas Juveniles. “Creo que es de las cosas que más me movilizan”, dice. Y por un momento se le humedece la mirada.

OTRO FRENTE. Su doble condición de militante del Frente Liber Seregni (fls) e integrante del gabinete del Mides no lo inhibe de responder en torno a las recientes polémicas entre el ministro Daniel Olesker y algunos referentes del astorismo, empezando por el propio Danilo Astori. Antes elogia al intendente de Maldonado, Óscar de los Santos, al que define como “un hallazgo político”.

—Pertenecés al fls, más puntualmente a la Alianza Progresista. ¿Cómo ves a De los Santos para un eventual recambio en el liderazgo del sector?
—El “Flaco” es un valorazo. Lo voto con las dos manos. Ha demostrado una enorme capacidad de gestión en uno de los departamentos más complejos, y con una interna como la que tuvo en Maldonado. Es un tipo que conduce, que lidera, que tiene una mirada interesante. Tiene esa historia de vida, la de ser un obrero de la construcción… Si tenemos que definirlo creo que es un tipo enteramente frenteamplista. Un hallazgo político, con una cabeza muy abierta, muy plural. Conecta con la gente, dice cosas, habla claro. Tengo muchas expectativas sobre su futuro.
—El fls ha confrontado públicamente con Olesker. Uno de los últimos encontronazos se dio tras la publicación de 15 reflexiones en las que se señalaba la necesidad de privilegiar el trabajo por sobre el asistencialismo.
 —Creo que en lo que planteó el fls estaba de acuerdo yo, Daniel y todo el mundo.
—Olesker salió muy duro…
—Mirá, creo que hay que discutir menos. A mí me llama la atención cómo discutimos tan públicamente determinadas cosas… Hay un exceso de perfilismos. Y el perfilismo tiene un límite. Hay responsabilidades compartidas en esto de echar leña al fuego. Y la verdad que acá hay muchas décadas de acumulación política que no se pueden poner en juego por algunas discrepancias. No lo digo por este caso puntual, sino porque ha habido toda una serie de debates que creo que tienen un límite: la unidad. Discutamos, discrepemos, pero con respeto. Yo suscribo el documento que plantea el fls, pero entrar en la disputa de posicionarse de un lado o del otro es seguir reproduciendo algo que no da. A mí me llama la atención cómo compañeros con mucha baqueta, mucho lomo curtido, estén discutiendo en determinados niveles que no le hacen bien ni al Frente ni al país.
—El ministro Olesker dijo que se “agotó un modelo” en materia económica. ¿De acuerdo con eso?
—No, no, para nada. Creo que Daniel se equivoca. Pero bueno, es su postura. Creo que tenemos el mejor equipo económico que pudimos haber tenido, y me refiero al actual y a los compañeros que antes ocupaban un lugar en Economía. Hay una continuidad y no me cabe duda de que estamos viviendo un momento económico histórico.

Más o menos desilusionados, más o menos escépticos, espectadores sin quererlo de escenas continuas de disputas por el poder, 300 mil nuevas caras tendrán su credencial cívica en 2014. Ese salto, superior al de instancias anteriores, no parece haberse traducido en un aumento de la militancia política. Es probable que esos jóvenes esperen de la dirigencia política un cambio que le devuelva el sentido a la participación. “Habiendo pasado una determinada cantidad de años en el gobierno, los jóvenes ya no conectan con ese rol histórico del fa (…) corremos el riesgo de que las generaciones más jóvenes dejen de ver en el Frente algo distinto”, advierte. Pero también apunta a la estructura –“los jóvenes no la sienten como propia, sino incómoda, difícil, compleja”, dice–, y tira la primera idea: “El fa tiene que impulsar una elección abierta de jóvenes, abrir un poco la cancha”. Hace poco tiempo, sostiene, se lo comentó a Mónica Xavier
Al otro lado de la puerta, Bruno, uno de sus asistentes, lo espera con un manojo de expedientes. La mayoría de los funcionarios ya se fueron para sus casas. Matías baja las escaleras con la rapidez de un rayo. Como una foto velada, a través de la ventana, el cielo encapotado anuncia una tormenta.

El drama de la vivienda
Hogar, caro hogar

En Uruguay los jóvenes no pueden ejercer su derecho a la emancipación hasta edades excesivamente tardías, en parte por las escasas posibilidades de asegurarse una independencia económica con suficiente estabilidad laboral como para costearse un alquiler (ni hablemos de una compra), y en parte por la escasez de planes de vivienda dirigidos a jóvenes.

—¿Qué hizo el Inju para facilitar el acceso de los jóvenes a la vivienda?
—Estuvimos conversando con el Ministerio de Vivienda (mvotma), que asumió el compromiso de incorporar algunas acciones afirmativas en el conjunto de los programas de acceso a la solución habitacional. La política más extendida ha sido la del fondo de garantías de alquiler, que permite a los jóvenes de 18 a 24 años contar con una de las condiciones básicas para acceder a una vivienda. Al mismo tiempo, el ministerio se comprometió a flexibilizar muchos de los requisitos para entrar al resto de los programas…
—Pero sigue sin haber un programa de vivienda joven a gran escala.
—En estos días vamos a contar con un informe del mvotma donde vamos a ver el acceso de los jóvenes a los distintos programas, y en algunos casos nos vamos a llevar buenas sorpresas. Ese informe todavía no lo tengo en mis manos… Con esto no te quiero decir que no haya un desafío enorme.

Contraseñas

Lecturas. “Me gustan mucho las historias de vida. Las últimas que leí fueron la de Steve Jobs y la de Gioconda Belli, El país bajo mi piel.”

Sonidos. “Me gusta mucho la música nacional, tirando al rock: La Vela, No Te Va Gustar, también escucho a Fernando Cabrera. Me gusta mucho la Bersuit, la música brasileña en general, Adriana Calcanhotto. También el rock argentino. Volviendo a Uruguay, el Cuarteto Ricacosa. En inglés, los Beatles, Bob Marley…”

Imágenes. “Mi pie izquierdo me gustó mucho desde chico. Es la historia de vida de un gurí con una discapacidad y su familia pobre de Inglaterra. Mi hermano tenía una discapacidad y capaz que por eso me conecté con la película. Me gusta mucho ir al cine pero soy muy malo para los nombres. ¿Series? Ahora me mato con Cuéntame cómo pasó.” 

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