Aclaración

En el número de Brecha del 26 de abril, un artículo firmado por Ana Inés Larre Borges denuncia la venta a la universidad estadounidense de Princeton de ciertos papeles de Idea Vilariño. En un pasaje de su denuncia, se refiere rápidamente a papeles y documentos que yo doné, en agosto de 2009, al archivo literario de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, Universidad de la República, acervo que, además, entonces dirigía. Lo dice en estos términos: “En 2009, unos meses después de la muerte de Idea Vilariño, el archivo Sadil, de la Facultad de Humanidades, abrió una “Miscelánea Idea Vilariño”, que contiene borradores manuscritos de poemas canónicos, como “Eso”, originales mecanografiados de poemas de su juventud inéditos en libro, una antología que nunca se publicó, el original de una traducción de Hamlet, entre otros documentos. En la página web del Sadil figuran como una “donación del Prof. Pablo Rocca” del año 2009. Ignoro el origen de esa posesión y si existe documento que la avale y legitime. En el testamento de la poeta, fechado en octubre de 2005, se revocan testamentos y legados hechos con anterioridad y, expresamente, un documento privado relativo a su obra y “sus papeles privados” (cláusula 8). Tampoco se indica excepción para los papeles referidos en el apartado 7. Dada la deriva que ha tomado la historia de la colección Vilariño, el punto demanda una aclaración”.

La reacción de Ana Inés Larre Borges es tardía. Primero, porque ella misma envió personas de su confianza (ella misma, que se sepa, nunca fue) a estudiar estos borradores en 2011, cuando preparaba la edición del único tomo del Diario de Idea Vilariño que se publicó hasta ahora (nada sabemos de por qué no hubo otros) y, en ese momento, no hizo la menor advertencia sobre un testamento que no se había hecho público. Sólo ahora, diez años después, cuando advierte sobre la venta de documentos al extranjero, sale a precisar estos términos. Son aquellos documentos, como el poema referido, que además cita en el volumen del Diario sin alarma ni advertencia alguna. Segundo, porque además de ese conjunto de copias que, efectivamente, Idea Vilariño me obsequió junto con otros muchos originales desde 1988 en adelante, a todos los cuales doné (salvo uno que conservo, y al que la propia Vilariño mencionó en una entrevista), en lugar de venderlos a la universidad o de vendérselos a un particular o de quedármelos, hay programas, fotocopias, artículos, y hasta un manuscrito de la letra de tango “El quinielero”, que Idea le mandó a mi padre, a su pedido, por mi intermedio. Es decir, Larre Borges cita pedazos y enmascara el conjunto. Tercero, porque yo no sabía que debe pedirse permiso para donar algo, lo que fuere, cuando el objetivo es justamente el conocimiento público y no el lucro. Cuarto, lo más interesante es que los documentos fueron donados y catalogados, con la excelente colaboración de Lucía Germano, en muy poco tiempo, y desde comienzos de 2010 esta información se encuentra disponible en el sitio web del archivo.

En cambio, y más allá de la fuga de otros documentos al extranjero, hasta hoy no sabemos qué hay en las cajas que Ana Inés Larre Borges cuenta haber retirado luego de la muerte de Idea Vilariño, hace diez años. Diez años sin catalogar un archivo para venir a descubrir, ahora, que había faltantes, y diez años sin comunicar oficialmente a otra institución pública, la que sí puso a disposición todo lo que tiene. Creo que el punto merece una aclaración muy simple por parte de la reclamante: qué contiene exactamente, dónde está concretamente y quién puede consultar el archivo de Idea Vilariño que resguarda la Biblioteca Nacional.

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