Ada Colau, una okupa en la intendencia

La nueva alcaldesa de Barcelona, es, de los dirigentes de Podemos que alcanzaron cargos de representación en las elecciones del domingo pasado en el Estado español, quizás una de las que más acabadamente representa el “espíritu original” del 15M. Calza, por ejemplo, con el identikit de “populistas de extrema izquierda”.

Foto: AFP-QUIQUE-GARCIA.

Su candidatura fue, también, expresión de ese “espíritu del 15M”, ya que Colau fue apoyada por toda una serie de asociaciones y movimientos y logró un respaldo transversal de cantidad de grupos de izquierda que convergieron en la lista de Barcelona en Común, uno de los mayores éxitos de las llamadas “candidaturas de unidad popular”.

Hasta hace unos pocos años, menos de una década, Colau vivía en una casa ocupada. La ahora alcaldesa fue de las inspiradoras de las Plataformas de Afectados por la Hipoteca (Pah), que junto a las “mareas” de docentes y profesionales de la salud han estado entre los movimientos sociales de mayor peso de la España de los últimos años. “Las Pah no sólo sirvieron para salvar del desahucio (el desalojo) a miles de personas. Sirvieron para recuperar sus vidas, porque las Pah han sido movimientos de la propia gente, que en su lucha por conservar su vivienda fue recuperando dignidad y adquiriendo conciencia”, escribió en 2012. Un año después, el Partido Popular la llamaba “terrorista” por promover escraches a banqueros y especuladores.

Nacida en marzo hace 41 años, pocas horas antes de la ejecución por garrote vil del anarquista catalán Salvador Puig Antich, en el último año de la dictadura franquista (“mi madre me lo recuerda en cada cumpleaños y eso marcó mi compromiso con el cambio social”, dice), Colau nunca militó en grupo político alguno pero estuvo en todas las grandes peleas del movimiento social “radical” desde los noventa.

Estudiante de filosofía, una carrera que no pudo terminar porque debió salir a trabajar, fue por mucho tiempo una “precaria”. Hizo mil changas, de encuestadora a “Mamá” Noel, y de ese “andar callejero” sacó “la fuerza” para disfrazarse de “Supervivienda”, una “heroína” con capa y todo inspirada en el “Superbarrio” mexicano, pateando las zonas empobrecidas de Barcelona para denunciar la especulación inmobiliaria. Durante la campaña electoral, Colau recorrió en particular los barrios populares, donde los niveles de abstención y de desafección por la política son los más altos en la segunda ciudad española. “Es por un lado lógico que así sea, porque nada les han dado los políticos a sus habitantes, y por otro lado es indispensable que esta gente se apropie de la política, para cambiar las cosas”, dijo en una entrevista.

El domingo pasado, tras desbancar a Xavier Trías, el nacionalista liberal que gobernaba Barcelona, Colau dijo que entre sus primeras medidas de gobierno estarán el freno a los desalojos, el fomento a los alquileres sociales con la recuperación de apartamentos vacíos, la reducción de las tarifas de agua y luz, y una renta básica de 600 euros para las familias “en riesgo de pobreza”. “La Barcelona actual es una ciudad injusta, en la que hay ciudadanos de primera y de segunda. Vamos a cambiar esa situación, y comenzaremos con un plan de choque de 30 medidas para acabar con los desahucios y la pobreza energética, generar trabajo de calidad, incluso desde la propia alcaldía, combatir la precariedad laboral y luchar contra la corrupción”, especificó el domingo de su victoria. Cuando los periodistas le preguntaron cómo se relacionará con los representantes de los poderes económicos, de las trasnacionales y los bancos, que tantas reuniones le pidieron en las semanas pasadas y con los que se negó a entrevistarse, respondió: “Tendré que verme con ellos, claro, pero lo haré en público, no en conciliábulos privados”. Colau planea medidas que afectarán directamente intereses de grandes cadenas hoteleras, del sector turístico en general y del gran supermercadismo, a las que la anterior intendencia había concedido áreas privilegiadas de la ciudad. También prometió frenar las “externalizaciones” (las concesiones a privados de servicios municipales) y privilegiar la “cartera social” en detrimento de los “gastos superfluos, que se multiplicaron en los últimos años”. “Vamos a tener una política austera en lo que tiene que ver con los gastos de los funcionarios”, dijo, y anunció que su sueldo no pasará de los 2.200 euros, diez veces menos que lo que cobraba Trías (“Nunca había ganado más de 1.500 mensuales en mi vida”, sonrió al anunciarlo).

Colau sabe que para aplicar muchas de las medidas que se propone deberá encontrar mayorías más amplias de las que dispone actualmente (dijo que las negociará con los socialistas y con los grupos independentistas Erc y Cup, el primero de tinte socialdemócrata y el segundo más a la izquierda), y que aun así le será difícil, por ejemplo, revertir algunas privatizaciones ya en marcha. “Intentaremos hacer igualmente de Barcelona la punta de lanza del cambio social y democrático en España y en el sur de Europa, y contribuiremos desde aquí a derrotar las políticas neoliberales que están aplastando a este continente”, dijo una radiante Colau el domingo, antes de irse a festejar a una casa ocupada.

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