Adiós, Maestro

El teatro nacional está de luto tras la muerte de Berto Fontana. Nació en 1925 y fue nombrado Pedro Elbio Bertoloni, pero fue simplemente Berto para quienes, desde el profundo cariño que le tenían, encontraron en él un maestro.

Foto: Alejandro Arigón

Consciente del eterno descanso que nos da el escenario de la vida, Berto, como lo llamaban todos, decidió tomárselo el pasado martes. Nació en 1925 y fue nombrado Pedro Elbio Bertoloni, pero el teatro lo conoció por Berto Fontana y fue simplemente Berto para quienes, desde el profundo cariño que le tenían, encontraron en él un maestro.

Desde el comienzo, con su formación teatral en la Escuela Dramática del Sodre, se convirtió en piedra angular del teatro independiente. Tesonero y consecuente en esta causa fundó el Teatro Independiente de Montevideo, el teatro El Galpón y el Teatro de Títeres Maese Pedro.

Por decir fútbol

Fue parte de esas generaciones que sólo con la palabra llenaban el espacio de imágenes, y sabedor del poder del arte del decir profundizó incansablemente en la relación entre la fonética, el cuerpo y la interpretación. Es este uno de los tantos legados que deja. Generaciones enteras educaron la voz con sus clases y, pese a los muchos expertos extranjeros que vinieron a dar talleres al respecto, Berto seguía siendo el preferido. Su propio dominio de la voz era único. Aun esperando para ver una película en el cine, era inconfundible su forma de decir en los cortos publicitarios, cargada de expresividad y vida.

Con sus personajes emocionó en los radioteatros, en las salas teatrales, en la televisión y en la pantalla grande. Tuvo el privilegio de protagonizar títulos anhelados por todo actor y de que el teatro le creara personajes, como es el caso de Tolstói, de Ricardo Prieto; Sócrates, el hombre más feo de Atenas, de Álvaro Malmierca y Leonardo y la máquina de volar, de Humberto Roble.

Su amor por el teatro lo llevó también a dirigir, enseñar y escribir. Intuyendo que el teatro es efímero y es sólo momento presente, sus libros Fonética práctica, Memoria en dos actos y Mi testimonio sobre el Teatro Independiente de Montevideo retienen en el ejercicio de la escritura la experiencia de una vida dedicada enteramente al arte de la interpretación. De hecho, hasta pasados los 80 años actuó con toda esa vida acumulada en el cuerpo y en el espíritu en un espectáculo que, vaya coincidencia, se llamaba El hábito del arte, dirigida por Jorge Denevi, quien también lo considera su maestro.

Como todo artista veía el mundo de una manera particular e intensa. El sonido y el cuerpo eran un todo armónicamente conjugado para él. El cigarro y el alcohol los sostenía en una perfecta medida diaria apoyada en teorías entre surrealistas y místicas, en un justo balance entre la pillería justificada y el hombre que la tiene clarísima.

Era muy común, en los últimos años, encontrarlo en el bar Girasoles. No tenía problemas en sentarse con quien lo invitara y compartir horas interminables de un anecdotario riquísimo. Porque él era un hombre de boliche, como se definía. Del boliche que genera confraternidad, que invita al espacio de la reflexión, a la detención del tiempo y la decantación de la búsqueda artística. Indagaba entre trago y pitada sobre el significado de la palabra civilización y en esas conversaciones que arreglan el mundo, jugando con las sílabas, recurría al humor para declarar hasta dónde se completaba la palabra civilización de llevar a cabo las soluciones conversadas.

Pocos pueden tener el privilegio de haber vivido como él una vida intensa y dedicada a su única y obsesiva pasión: el teatro. Pocos dejan esta realidad despertando tanto amor y agradecimiento, pocos quedan para siempre a través de su legado como quedará Berto, sentido como una escuela del arte y de la sensibilidad en sí mismo.

Afortunadamente, con él los reconocimientos no esperaron tanto como para no llegar a tiempo. Recibió el premio Florencio en 1982 por su actuación en Galileo Galilei de Bertolt Brecht. Más recientemente la fundación Lolita Rubial le entregó el premio Morosoli en 2004, su trayectoria fue premiada con el premio Cyro Scosería en 2007 y la Intendencia de Montevideo lo declaró ciudadano ilustre dos años más tarde. Del mismo modo, la Casa de Teatro le concedió su máximo galardón en seis oportunidades y fue premiado por el Sodre y por la Comedia Nacional, que por decisión propia decidió no integrar. Internacionalmente también valoraron su trabajo con varias distinciones. El mismo martes, la Comedia Nacional anunció que dedica su próximo estreno, Galileo Galilei, en recuerdo a su inolvidable interpretación de Galileo dirigida por Héctor Manuel Vidal.

Berto, que comprometió su vida en hacer el mejor teatro posible, se fue de gira para siempre. El teatro sentirá su ausencia y eterno será el agradecimiento por dar tanto.

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