Se me permitirá empezar con una autorreferencia. Me había propuesto, por razones de salud mental, no escribir sobre asuntos «de actualidad». Pero releí el texto de una clase desgrabada que me tocó dar, hace un año más o menos, sobre el caso del presidente Schreber tratado por Freud y me pareció oportuno hacer algunas observaciones sobre los archivos Epstein a partir de ahí. Tengo que citar extensamente un pasaje.
«Para nosotros (psiquismos normales o neuróticos) es casi un automatismo distinguir entre fantasía y realidad, o ficción y realidad, o sueño y vigilia, etcétera. Ahí lo que cuenta son los antagonismos: no los campos separados “realidad” y “ficción”, sino el hecho de que uno es concebido a partir del otro o, mejor, que uno es inconcebible sin el otro. Ahora bien, imaginen que la distinción o el antagonismo ficción y realidad no es tan pertinente o no es pertinente en absoluto. ¿Vieron que el mundo está lleno de teorías conspirativas, que la cultura de masas se caracteriza por la proliferación de teorías conspirativas? Antes que postular que hay un sistema que me explota, extenúa y enloquece, que me obliga a producir y a trabajar cada vez más, a cumplir horarios y normas, etcétera, preferimos pensar, por ejemplo, que hay una élite de personas muy malvadas y sádicas que nos está haciendo la vida difícil. Y podemos llevar las cosas a un siguiente nivel. Esos malvados (banqueros, financistas, superricos, etcétera), en rigor y en definitiva, son insectoides o reptilianos, seres no humanos (o demasiado humanos) que se dedican a rituales satánicos, ocultismo, tráfico de niños y vaya uno a saber qué otras cosas luciferinas y ultrasecretas. Ahí el problema es que una construcción ficcional nacida de nuestro deseo está operando como una realidad. Freud diría que eso es, si no el síntoma, por lo menos la consecuencia de una enfermedad. Es un intento por reparar algo. Lo que estaría pasando, por ejemplo, en una teoría conspirativa, no tiene que ver con su contenido, o con que haya una apariencia que oculta una realidad horrorosa, etcétera, sino con el hecho de que el Yo, el yo social, se está defendiendo de la verdadera enfermedad, que es una catástrofe o una retirada general del sentido (de la libido, de la carga afectiva, del amor). La defensa consiste en forzar un sentido, obligarlo a ocurrir. La enfermedad no es el delirio, sino la retirada del interés y del amor. Eso va a ser fundamental para entender la paranoia y el delirio, y por qué el delirio en Schreber es, por así decirlo, un comienzo de curación. Por lo tanto, la distinción antagónica entre ficción y realidad es fundamental.
Quiero poner un ejemplo. Supongamos que en una obra de teatro a mí me toca hacer de ángel. Me visten con una tuniquita, me ponen alitas de espuma plast y una aureola de alambre; una máquina con cuerdas y poleas hace que yo descienda, sostenido por un arnés, de la tiniebla superior del escenario. Y entro en el momento exacto para comenzar a resolver todos los problemas que planteaba la obra. Llegó el ángel: lo iluminan las luces, una música gloriosa lo enfatiza. Los espectadores piensan: “Bueno, por fin, se va a arreglar todo”, y ahí se ponen de pie y empiezan a aplaudir con entusiasmo: acaba de llegar el ángel. Excepto un par de personas que están en primera fila, que dicen: “Todos ustedes son idiotas y bobos. ¿Por qué aplauden? Ese tipo no es un ángel. Yo lo conozco perfectamente bien. Es uno que se llama Sandino, que habla de Hegel, de Marx y de Freud y así le roba la plata a la gente. Además, escuchen: se siente el ruido de los engranajes de la máquina, los operarios se quejan de su sobrepeso, se ve el arnés debajo de la túnica, miren la cara de miedo que tiene de caerse, etcétera”. Ahora bien. El asunto es que el aplauso del público no está hecho en la creencia literal de que yo soy un ángel, sino más bien en la idea de que yo represento a un ángel en ciertas coordenadas ficcionales que se presuponen. Vale decir, existe la posibilidad de que las personas que aplaudieron emocionadísimas, una vez terminada la obra, regresen a su casa y sigan su vida. Es decir que ellos no creían, en un sentido literal, que yo era un ángel. Sin embargo, el otro es verdaderamente el que tiene un problema o un daño de “creencia literal”. Para él, la verdad es, sencillamente, el mecanismo. Eso es lo real, una certeza. Y esa certeza disuelve toda la ficción como algo meramente ilusorio. Alguien me está bajando del techo y yo soy un actor. Y, por lo tanto, todos cometen la tontería de dejarse llevar por la ficción o de vivir la ficción en forma ingenua y burda. Ahora, la ficción en tanto ficción, en cierto modo, es la realidad misma. El neurótico “cree en ella” (y eventualmente aplaude) porque conserva, aunque no lo sepa, con la realidad, esa distancia que le va a permitir entender eventual y oportunamente que puede suspender esa creencia, que eso es analizable, decible y criticable. Eso es una perspectiva subjetiva. En cambio, el otro no. El otro está pegado a la mecánica misma de lo real. Él sabe algo más, la verdad, y entiende que el resto de los mortales sencillamente la ignora. Y ahí hay un problema, porque ese tipo, y no el que aplaude, es quien tiene verdaderas dificultades para entender la distinción o, mejor, el antagonismo o la lógica ficción/realidad. El que aplaude es (digamos) neurótico, puede tomar distancia con respecto a su lugar de creencia, conserva una perspectiva reflexiva y subjetiva (aunque ignore ese poder). Y el que denuncia la estafa a los gritos es (por así decirlo) psicótico. La dinámica, la lógica o la dialéctica entre ficción y realidad me parece, insisto, un punto central. El antagonismo entre ficción y realidad es el mismo, o por lo menos es un desplazamiento o un desdoblamiento, en el “afuera”, de ese otro que nos había llevado a distinguir entre el objeto como algo que existe “afuera” y el Yo como algo que está “adentro”, con su creencia, su deseo, su fantasía, etcétera. Debo distinguir entre mi deseo, mi fantasía, mis afectos, etcétera, y la ineluctable objetividad del mundo. Y debo creer en la realidad objetiva para después, eventualmente, dejar de creer en ella, o, como decíamos, suspender la creencia, analizar, criticar, etcétera. Freud aclara que hay casos en los cuales aquello que se cancela adentro aparece afuera, como real. Y eso es otra cosa: alucinación. Ahora hay que notar entonces que hay una relación muy estrecha entre la neurosis y una sociedad que es capaz de distinguir entre ficción y realidad, o realidad y fantasía, o entre yo y objeto, o yo y no-yo, o adentro y afuera. Pero esa observación nos conduce a hacernos cargo de otra, profundamente inquietante: una sociedad psicótica es la que se ha vuelto incapaz de distinguir entre adentro y afuera, yo y objeto o ficción y realidad. En ese punto exacto estamos ahora.»
Los archivos Epstein, y la última liberación de más de 3 millones de páginas de documentos y testimonios, son la forma perfecta de esta locura contemporánea: abastece todos los expedientes del deseo y los abre en una multitud interminable e indefinida de juegos holográficos.
Primero. Los archivos Epstein parecen probar que no estábamos locos ni estábamos delirando. Todo era verdad, todo era real. Hay minorías elitistas y poderosas que se divierten con niños. Hay hermandades secretas y sectas satánicas que realizan sacrificios humanos y rituales caníbales. Acá es estrictamente necesario hacer una observación bastante obvia: que haya élites de superricos pedófilos o satánicos no quiere decir que no estemos delirando o que no estemos locos. Estamos en pleno delirio o en plena psicosis, y quizá por eso, precisamente, hay élites caníbales como algo que escapó del principio (neurótico) de realidad y se inscribió brutalmente en lo real. Se parece a cualquier operación de disclosure o desclasificación de documentos que revelan la existencia de extraterrestres, ovnis, seres transdimensionales, viajes en el tiempo, críptidos o ángeles y demonios. Al postular o entender que eso (las élites satánicas, los extraterrestres) «está en la realidad», el yo social muestra, paradójicamente, un verdadero no-querer-salir del goce de esa franja de indefinición o indeterminación entre fantasía y realidad, o entre deseo y realidad. La realidad misma no es más que una realización alucinatoria de deseo (que es como Freud define al sueño). Siempre lo fue, en cierto modo, pero antes podíamos despertar, interponer una perspectiva subjetiva o un recurso crítico: podíamos dudar, interpretar, argumentar o contraargumentar. Antes, aunque escondidos y reprimidos, había ideas y conceptos. Y ahora no. El psiquismo deshecho y pulverizado del Occidente contemporáneo está fascinado y catatónico. Adora ese teleteatro pagano, caliente y espeso de orgías y sacrificios humanos, adora a las élites y a la coreografía y la heráldica de sus depravaciones y perversiones, adora a los superricos y a sus aviones y yates e islas privadas. Aunque digan o crean que los odian. O mejor: los odian, sí, porque los aman. La declaración de la exnovia del expríncipe Andrés lo resume obscenamente: «Si no aparece usted en los archivos Epstein, eso es un insulto, porque quiere decir que usted es un perdedor». Ah, suspirará nuestra alma bella: pero se nos están riendo en la cara. No, amigo: es su Yo «afuera» quien se ríe de usted. Es su tristeza por no haber sido invitado. Es su propio interés, su propio deseo y su fascinación por los juegos de ganar-perder, esa mecánica que ha creado, con materiales extraídos de lo imaginario más crudo, al monstruo billonario, pedófilo, necrófilo y caníbal. No hay diferencia alguna entre que eso esté en lo real o esté en su fantasía conspiranoica. El problema no es que nuestro infierno más temido se confirma: había algo debajo de mi cama o dentro del armario: el monstruo era real. Lo que nunca entendimos es que el monstruo siempre fue, precisamente, Real. Y quien sueña que despierta es aquel que lo último que desea es despertar.
Segundo. Esta exacerbación delirante y reparatoria del mundo humano (un mundo que ha sido desinvestido de sentido) crea a ese monstruo que crece a una estatura global. Pero aunque ese monstruo sea enorme sigue siendo humano, sacado del conventillo privado de nuestro mundo vulgar y pedestre. Nada más vulgar que la cobertura sobrenatural que se le asigna. El satanismo, el ocultismo, el oscurantismo gnóstico, la ilustración oscura, los tratos con Moloch y otras deidades y demonios están ahí para mantener todo el relato en un estado de mitología pagana, sobrenatural y fantástica, y así arruinar su camino hacia la sublimación negativa y el concepto. Es un paso tan corto el que conduce de una sublimación sobrenatural a un concepto negativo: pero el psiquismo contemporáneo es incapaz de darlo, el Yo está condenado a su propia repetición, a cumplir con el protocolo que asegura la reproducción de sus condiciones de existencia. En vano reconstruiremos la trama del ocultismo en la breve historia política de Occidente: las alianzas entre los sectores conservadores y recalcitrantes y los poderes oscuros, la inteligencia británica y Aleister Crowley, el nazismo y el esoterismo, la alquimia y las runas, etcétera. Nada de eso puede ser visto sino como la enfermedad infantil fetichista y estetizante de la política de las minorías monárquicas, aristocráticas, precapitalistas y paganas. Hay mucha literatura que rastrea seriamente esos vínculos. Pero se trata de un trabajo completamente pueril e inútil. Pretende enmarcar en la solemnidad de las creencias, las doctrinas y los manifiestos una verdad demasiado simple y elemental: que el Occidente moderno europeo no es sino un delgadísimo barniz de Ilustración, Ley y política, que cubre apenas un cerebro arcaico, profundo, oscuro y totémico, hecho de tribus, razas, grupos, clubes, linajes y castas. El goce de la pertenencia y (es exactamente lo mismo) el resentimiento y la envidia de estar excluido.
Tercero. Lo fantástico-sobrenatural puede asumir (y de hecho lo hace: es razonable) formas mitológicas más o menos contemporáneas y «técnicas», como los viajes en el tiempo, la colonización de Marte o la luna, la eugenesia, el perfeccionamiento (rejuvenecimiento, longevidad, inmortalidad) tecnológico del cuerpo y el organismo, el transhumanismo, el adrenocromo y todo el archiconocido arsenal de sandeces habituales en estos casos. Se trata, obviamente, de un mero desplazamiento «realista» del sustrato sobrenatural que lo envuelve y protege. La estatura de ese monstruo es la de un semidiós cuya polaridad invertimos para parir un demonio con recursos y poder virtualmente ilimitados, como Lex Luthor, o un villano de James Bond (como Goldfinger, que planea robar las reservas de oro de Fort Knox) o de cómic (como el Ozymandias de Watchmen, quien, a través del Dr. Manhattan, se propone eliminar a la mitad de la humanidad): más grande que la política y la Ley, más inteligente que la ciencia y la tecnología, más poderoso que los Estados y los ejércitos. Podemos hablar con soltura de una complicadísima red de espías, chantajistas, sicarios, infiltraciones, dispositivos de seguridad y control, el Mossad, el MI6, la CIA, el FBI, la NSA, la KGB, la NASA o el CERN. Los relatos se cruzan, se confunden y se mezclan, abasteciendo los sueños dorados de todo el espectro político: izquierdistas, moderados, derechistas nacionalistas, liberales y conservadores, o sencillamente fascistas ignorantes y anémicos mentales. Unos hablarán del sionismo y su lobby (eso puede hermanar a un izquierdista biempensante o a un nazi: yo no soy ni uno ni otro, y hablo bastante del lobby sionista), otros de ultraderechas fundamentalistas y supremacistas, otros de globalistas vendepatria, otros del Deep State, casi todos, de las élites aristocráticas (banqueros, empresarios corporativos, industriales) dueñas del más del 90 por ciento de la riqueza existente. Y otros, por supuesto, de extraterrestres. Para el caso, el monstruo no deja de hablar de la caída de las formas partido, Estado, nación, justicia, clase social, relaciones simbólicas de producción, etcétera, arrasadas por la tormenta helada y gaseosa de la economía, el capital y la equivalencia (algo que Marx había profetizado en el Manifiesto comunista).
Cuarto. A esto último precisamente es que me estoy refiriendo, apoyado en Freud, al decir que el delirio no es la enfermedad, sino un intento de reparación. La enfermedad es haber dejado de amar al mundo, haber retirado del mundo la carga y la libido. Haberlo desinvestido políticamente, haberlo desangelado, desexualizado, haber dejado solamente ese real mecánico-pornográfico, huérfano de sentido y de espíritu humano. Es fácil protestar contra el genocidio en Palestina y Gaza en nombre de un afecto y una revuelta indignada contra el fascismo sionista, o contra el sadismo de Netanyahu y su ejército (que, aunque sean terribles y monstruosos, son parte del espíritu humano). Lo difícil es asumir que detrás de la masacre de más de medio millón de personas solamente hay negocios, reproducción y multiplicación del valor y el capital. Una ruta que conecte India con el Mediterráneo, para cuya construcción Irán y los palestinos son obstáculos molestos y problemas a resolver. Y, de paso, hacer negocios inmobiliarios para reconstruir Gaza: Jared Kushner, el yerno de Trump, presentó un hermoso proyecto, con imágenes renderizadas de hoteles y resorts y vista al mar, en el último foro de Davos. El llamado a inversionistas se ha hecho con la consigna «La demolición ya fue realizada». Y nada de esto es secreto, o clasificado, o solamente para unos pocos ojos: se hace a cielo abierto y a plena vista. Podemos enojarnos con el sadismo psicopático nazi de los snipers de Netanyahu, pero somos incapaces de reacción alguna contra esa nada helada y desértica de tecnología empresarial que hay en el centro. Tucker Carlson, un periodista patriota estadounidense de derecha, republicano, conservador y aspirante a entrar en la CIA, denuncia, en una serie de videos, que el 9/11 fue una operación de falsa bandera que involucró a la CIA, al Mossad, a la fortuna petrolera de los Bush y sus amigos, a banqueros, empresas aseguradoras y a grandes timberos bursátiles, etcétera. Se podría decir que ya lo sabíamos. Pero ¿cómo alguien pudo creer alguna vez que la valiente cruzada solitaria de una persona que devela la verdad iba a tener la potencia para generar indignación y protestas generalizadas y alzamientos civiles? Nada pasó, por supuesto. Y esa es la catástrofe: nada pasa (y también, quizá, ya lo sabíamos). Eso es lo que quiero decir con la «retirada del amor»: el psiquismo de Occidente ha sido empujado hasta ser situado cara a cara con la repetición y la pulsión de muerte: el mecanismo desnudo de la economía, la pragmática técnica de la circulación y la reproducción del valor. Es como si se nos dijera: «Una vida (social) o miles o millones de vidas no son sino formas transitorias e inestables que el capital asume para producir más capital». (Es el mismo principio que el de los sistemas de salud, o los seguros médicos impagables, o la especulación de la industria farmacéutica, o la especulación inmobiliaria, o los fondos de pensión, etcétera.) De ahí el sueño de inmortalidad: el capital es inmortal (no tiene historia y, por tanto, tampoco conciencia). He ahí una verdad a la que deberíamos haber llegado luego de largos y pacientes procesos de análisis, razonamientos y creación de conceptos. Pero el psiquismo del Occidente contemporáneo «nació» en esa verdad, siempre ya está en esa verdad. No hay pensamiento, ni proceso, ni aprendizaje alguno: por eso nuestro momento es psicótico. Apatía, anemia intelectual y catatonia. Y, luego, descargas aluvionales, descontroladas y fantásticas de sentido. ¿Por qué hay una falta de respuesta indiferente y radical cuando el «sano» principio económico ultraliberal nos estimula permanentemente a utilizar toda energía como una inversión de capital (aun cuando esa energía sea nuestro cuerpo, nuestra casa, nuestros hijos), o cuando hay economías periféricas enteras que no podrían prescindir del turismo sexual pedófilo de viejos panzones del primer mundo, o de la pornografía infantil casera, mientras que todo el psiquismo se eriza y se enciende con una furia afectiva incontrolable porque hay minorías satánicas que se divierten con niños? El delirio (y la alucinación) es la falta de respuesta simbólica y política, es verdad, pero también muestra un intento de reparar esa nada glacial en la que nos ha tocado estar vivos. Algo externo es la causa o el culpable de nuestra desdicha, nuestro malestar y nuestra desesperación: a veces una simple exacerbación de lo humano-privado (las élites, las aristocracias, los clubes de superricos), a veces tildado con una nota sobrenatural (los supervillanos con planes y agendas y recursos ilimitados, los pactos luciferinos, los extraterrestres). Pero el propio Yo no puede formar parte de la ecuación, pues si el Yo entiende que es parte constitutiva de esa realidad que lo atormenta y que debe ser analizada y criticada, él mismo se desintegra en la operación crítica. Por eso se ha dicho tantas veces que «es más fácil pensar en el fin del mundo que en el fin de un simple modo de producción»: es que el modo de producción (capitalismo) es lo que da coherencia ontológica a nuestro Yo. Toda la escatología y las catástrofes milenaristas (aunque nos maten) no nos implican subjetivamente en absoluto. Por tanto, lo que habla en ellas es el goce en estado puro.
Quinto. Finalmente quiero hacer tres observaciones. La primera es relativa a los 3,5 millones de páginas que se han desclasificado. Es mera lógica abstracta de cantidad: el tamaño descomunal, como siempre, está para cubrir la superficialidad. No soñemos con que algo significativo pueda salir de ese monstruoso mamotreto. Es para poner nombres en los buscadores y ver cuántas menciones hay de Stephen Hawking, de Greta Garbo o de Tutankamón, o hacer búsquedas combinadas, o cruzar los parámetros y dibujar gráficos. Pura información y combinatoria, como la inteligencia artificial. Va contra el principio sublime del secreto, de la verdad y de la ley: va contra el lenguaje y la inteligencia. La segunda: que el psiquismo del Occidente contemporáneo está enfermo quiere decir que las masas están enfermas y las élites también. Tanto que una es la alucinación de la otra. Detrás, la frialdad del capital, un triste mecanismo que ha acumulado tanta riqueza en tan pocas personas, no solamente ha creado psicologías elementales y estúpidas como Elon Musk, o extrañas y estúpidas como Peter Thiel, o nerds y estúpidas como Bill Gates o Mark Zuckerberg (que deliran con colonizar Marte, ser inmortales, salvar el planeta o crear un universo virtual definitivo). Es que simultáneamente esos locos delirantes no son, en rigor, psicologías: son artefactos del capital. No es solamente que el capital genere locura: la locura genera capital. Y el ciclo recomienza. El delirio megalómano no es ni de Zuckerberg, ni de Musk, ni de Bezos, es el del capital mismo, incapaz de detener su apetito infantil por la riqueza absoluta: proyectos o sueños inverosímiles e infantiles destinados a realizarse alucinatoriamente a golpes de magia dineraria. Levantar Las Vegas o Dubái en la nada del desierto, poner un automóvil en el espacio, crear un universo virtual, transferir la conciencia a un servidor, crear el discombobulator. Pero no nos equivoquemos, ninguno de esos proyectos es meramente gasto o derroche: es reinversión, es el dinero llamando al dinero, sin drama ni sentido. Del otro lado, la masa alucina y bizquea con esas acrobacias de la tecnología y la ingeniería, coreando los estribillos del avance y el desarrollo. A veces efectivamente sospecha de derroche y pérdida de tiempo, recursos y energía, entiende que los ricos ricos están meramente exhibiendo de forma provocativa su omnipotencia (como cuando hacen fiestas satánicas, por ejemplo), y entonces envidia, odia y se enoja. Así, solamente hay niños, por todas partes: ni la masa ni las élites superan los 15 años de edad intelectual (y creo que estoy siendo bastante generoso). El infantilismo (el del amo, incapaz –por definición– de no gozar, y el del esclavo, que con su enojo prueba que busca un amo) es una figura funcional al capital, es su gran invento. Por último, si tuviera que sostener una hipótesis conspirativa (Dios me libre), sería la siguiente: el poder (sea lo que fuere) no está cubriendo y ocultando la verdadera realidad con un manto de fantasía o de ideología: está destruyendo sistemáticamente el principio social de realidad, está obligando a borrar la barra que hace que fantasía/realidad antagonicen, está fomentando y multiplicando una indeterminación en la que los antagonismos sueño/realidad, deseo/realidad, ficción/realidad ya no interesan ni son pertinentes.



