El álbum, una especie en peligro de extinción

La venta de álbumes continuó en 2016 con su caída libre, pero el consumo de música en el mercado más grande del mundo, Estados Unidos, aumentó un 4,9 por ciento con respecto a 2015 gracias al streaming (reproducción en línea bajo demanda), según el reciente US Music Industry Report de la firma neoyorquina BuzzAngle.

La venta de álbumes continuó en 2016 con su caída libre, pero el consumo de música en el mercado más grande del mundo, Estados Unidos, aumentó un 4,9 por ciento con respecto a 2015 gracias al streaming (reproducción en línea bajo demanda), según el reciente US Music Industry Report de la firma neoyorquina BuzzAngle.1 En Reino Unido, por otra parte, ocurrió algo similar: la venta de álbumes en formato CD cayó un 11,7 por ciento (idéntica cifra que en Estados Unidos), pero la industria musical británica creció un 1,5 por ciento gracias al incremento de 62,8 por ciento que experimentó el streaming, según el informe anual de la British Phonographic Industry.2

Es todo un signo de los tiempos que, el mismo año en que Rubber Soul de los Beatles y Pet Sounds de los Beach Boys cumplieron medio siglo de vida, haya terminado de materializarse un hábito de consumo musical completamente distinto al que estructuró la industria durante décadas. Los Beatles y los Beach Boys perfeccionaron a mediados de los años sesenta el concepto de álbum, entendiendo esto no como un grupo de canciones reunidas por azar bajo una misma cubierta, sino más bien como un conjunto acabado y autosuficiente de canciones conformando un todo, una obra en sí misma, compuesta por piezas que están ahí, ordenadas de una manera específica, homologadas respondiendo a ciertos criterios estéticos y no meramente cronológicos. Aquel paradigma se mantuvo vigente hasta hace aproximadamente una década, primero con el vinilo, luego con el casete y más tarde con el CD. Sin embargo, con el advenimiento de las nuevas tecnologías digitales, aquella industria cimentada sobre los formatos físicos comenzó a notarse anquilosada y entró en una recesión que hasta hoy la mantiene con varias interrogantes. El mundo empezó a dar señales de que el viejo paradigma de consumo musical se resquebrajaba. La piratería, primero, e Internet, más tarde, no fueron causas sino efectos de este cambio; vienen a llenar necesidades de un público dispuesto a consumir grandes cantidades –y variedades– de música en tiempos cada vez más cortos y desde cualquier lugar o dispositivo. Actualmente los hábitos se han vuelto mucho más dispersos, como en un zapping musical, y la escucha de álbumes –como concepto, es decir, de obras completas, de principio a fin, sin interrupciones, acompañando el trayecto musical propuesto por el artista– ha ido perdiendo terreno frente a numerosas vicisitudes de corte social que exceden el propósito de esta nota, dando lugar así a las listas de reproducción donde Coldplay va seguido de Elvis Presley, donde se pasa de un tema de indie rock a uno de electrónica. Esta suerte de bipolaridad sonora –un collage, por cierto, muy posmoderno– es lo contrario del concepto de álbum. Lo que más se escucha hoy en día no son álbumes sino tracklists (listas de temas), y la diferencia es clara: todo álbum está compuesto por un tracklist, pero no necesariamente todo tracklist conforma un álbum.

Las bateas de las tiendas de discos han sido rem­plazadas por plataformas online como Spotify, Apple, Google Play o Amazon, además de la uruguaya Mus –centrada en artistas locales–, que tienen un amplísimo repertorio disponible a un clic de distancia y además –Spotify es especialista en esto– favorecen mucho la confección de listas de reproducción (para trabajar, para el atardecer, para hacer ejercicio, para el fogón, para dormir la siesta, etcétera). Quizás estemos en la era de la música “para tal o cual cosa” y no de la música por y para la música, de la música sin pretextos, sin actividades que conviertan a la Música, con mayúsculas, en música de fondo (cada vez hay menos de lo primero y más de lo segundo, de hecho). La acción física de levantarse a poner un disco y escucharlo de principio a fin, captando con el tiempo sus texturas y sus climas, de colocar una púa o incluso dar vuelta un casete, ha desaparecido, y con ella, aunque parezca irrelevante, cierto estatus de la música, del acto de escuchar música. El álbum requiere –y esto va a contrapelo de nuestra era– prestarle atención; la lista de reproducción, por el contrario, es funcional siempre a otras tareas “más relevantes”. El año pasado el streaming creció un 82,6 por ciento, alcanzando 250.000 millones de reproducciones. Sólo en Estados Unidos, los usuarios reprodujeron canciones unas 191.000 millones de veces a través de estas plataformas, lo que supone un aumento del 124,3 por ciento con respecto a 2015. Canciones, no álbumes. En Reino Unido, el público está prescindiendo de los álbumes completos incluso cuando estos se pueden descargar (un 29,6 por ciento menos que en 2015). Alguien podría decir, con razón, que los álbumes están perfectamente disponibles en Spotify o cualquier otro servicio. El problema es que el álbum como concepto atenta contra la naturaleza misma de estas plataformas, diseñadas para escuchar una o a lo sumo dos canciones de un álbum y saltar a la siguiente sugerencia de la lista. Este saltar de un disco a otro, que en el caso del vinilo dio lugar a un oficio propio como es el del DJ, y que en casa favorecía la escucha lineal, hoy se hace con un simple dígito.

Y justamente la única excepción en todo esto parece ser el vinilo, que en Estados Unidos tuvo un incremento en sus ventas de 26 por ciento y en Reino Unido de 52,5, aunque esto no deja de representar una parte menor en el mercado global de la música y parece ser más que nada un fenómeno vintage, o el último reducto de esa masa de personas que se resisten a la dispersión continua o parcial. O, en ciertos casos, la idea de que nunca será lo mismo el sonido de la púa sobre el vinilo que el sonido de los formatos comprimidos digitales. Esto puede comprobarse en cualquier tienda de discos montevideana, donde el sector dedicado a vinilos gana cada día más espacio al de los CD. Según las cifras aportadas por la Cámara Uruguaya del Disco,3 el resurgimiento del vinilo como objeto comercial ocurrió en 2009, luego de haber cesado completamente en 1995. Según el estudio que abarca el período 1990-2014, la venta de vinilos en el mercado uruguayo ronda las 300 unidades anuales, aunque es muy probable que esa cifra se haya incrementado notablemente el último año (aún no existen cifras oficiales al respecto). Y de la mano de esta suerte de memorabilia musical, el papel de las plataformas por demanda online no es menor. Por un lado, el 21 por ciento de los artistas incluidos en los diferentes catálogos son debutantes,4 lo que convierte al streaming en una innegable vidriera para nuevos talentos y a la vez facilita el descubrimiento por parte del usuario. Asimismo, las plataformas suelen incluir un amplio catálogo que corresponde a artistas con varios años e incluso décadas de antigüedad.

  1. http://www.buzzanglemusic.com/buzzangle-music-2016-report/
  2. https://www.bpi.co.uk/home/bpi-official-uk-recorded-music-market-report-for-2016.aspx
  3. http://www.cudisco.org/mercado
  4. http://www.ifpi.org/news/IFPIs-Investing-in-Music-report-2016

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