Alegato

“Yo, Daniel Blake”

“Yo, Daniel Blake”

El Daniel del título (Dave Johns) es un carpintero de obra, de casi 60 años, con licencia médica por un grave infarto. Otra revisión, por cuenta del servicio estatal que debe pagarle su seguro de enfermedad, lo determina apto para el trabajo y por lo tanto le quita la subvención. Le queda presentarse a un seguro de desempleo, que le sería otorgado si demuestra que busca trabajo por lo menos durante 35 horas semanales. Así el hombre con el corazón frágil debe caminar largas horas repartiendo currículos que le costó un triunfo confeccionar, buscando un empleo que, de ser conseguido, no puede aceptar.

Hay mucho de farsa en esta película de Ken Loach,1 el tozudo cineasta inglés que, pese a extendidas corrientes contemporáneas que abominan del cine “con mensaje”, se dedica filme a filme a denunciar los males del capitalismo y la situación y las luchas de la clase trabajadora. Por lo que se ve acá, los servicios sociales británicos tienen elementos suficientes de auxilio, pero el conjunto aparece como un libreto interesante encomendado a actores mediocres y desenfocados en sus cometidos. Son los funcionarios encargados de decidir sobre tal o cual subsidio, sobre ayudar o no a un analfabeto en computación a completar un formulario, los que munidos de su pedacito de poder convierten la necesidad (de otros) en calvario, el reclamo de un derecho en humillación. Una farsa perversa que ya se desgrana cuando, al empezar la película, mientras los créditos se suceden en una pantalla en negro, se escucha el absurdo interrogatorio de la “profesional de la salud” al hombre del infarto. Pero el infartado no es un viejito entregado, tiene arrestos para enfrentar a los entes de la burocracia, no sólo por sus derechos, sino por los de una muchacha con dos niños destratada por alguno de esos entes. La película es así una crónica de esos enfrentamientos y de la solidaridad entre los no privilegiados, fundamentalmente la relación que va desarrollando Daniel con Katie, la joven madre soltera (Hayley Squires) y sus niños, que emigran desde Londres a Newcastle porque allí está el único alojamiento que les fue otorgado, pero también con su vecino negro que vende a mitad de precio zapatillas traídas por correo de China, por más que lo rezongue por dejar su basura en el corredor. Loach transita, en buena parte de su película, por un andarivel que domina a la perfección, con un trazo humanista que no excluye el humor, y al que mucho contribuye –además de su limpia y austera manera de filmar, con planos siempre algo distantes que atrapan a los personajes y su entorno– su buen ojo para escoger sus elencos, en general entre actores no profesionales o poco conocidos por el gran público. Son remarcables la naturalidad y simpatía que le presta Johns al protagonista, el desamparo lleno de entereza de Katie, las reacciones de los niños, el contraste entre las personalidades de los dos jóvenes vecinos de Daniel, la verosimilitud de los varios burócratas que se cruzan. En las secuencias donde prima este enfoque la película respira vigor y autenticidad. Pero Loach comete un error que mediatiza en parte el resultado de su alegato (porque lo es). No hacían falta detalles lacrimosos, como detenerse en el recuerdo de la esposa muerta, y sobre todo la expresión final de los sentimientos del protagonista, manifestados en esas circunstancias –que no vale adelantar–, un broche no de oro sino de redundancia, atendiendo a impactar a una platea que no necesita tanto señalamiento para comprender lo que toda la película intentó que comprendiera. Estropea así otro momento anterior, cuando en un gesto de pública rebeldía Blake pinta el muro suscitando así la atención colectiva, y policial. Ese también es un recurso de gruesa evidencia, pero plantado con fuerza y humor, uno de esos momentos de exaltación que se agradecen después de tanta humillación.

Esta película obtuvo la Palma de Oro en Cannes 2016, diez años después de que Loach recogiera el mismo premio por El viento que sacude el prado. Entonces y ahora muchos se fastidiaron, lo que no parece inmutar al viejo león (81 años), que sigue en lo suyo (recordar Riff Raff, Lady Bird Lady Bird, Tierra y libertad, etcétera). A veces tirando la cuerda más de lo conveniente, sin duda. Pero siempre necesario.

 

  1. I, Daniel Blake. Gran Bretaña/Francia/Bélgica, 2016.

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