Alguien en quien confiar – Brecha digital

Alguien en quien confiar

A pesar de que realmente se llamaba Michael, el resto era tan complicado como para que, al dedicarse al teatro y al cine, decidiera dejar atrás a Igor Peschkowsky y elegir un apellido sencillo como Nichols. Aquí una nota sobre el artista Mike Nichols (1931-2014).

Pertenecía a una familia judío-alemana berlinesa que emigró a Estados Unidos cuando el futuro Mike era pequeño. Sin obstáculos de ningún tipo, al llegar al nivel universitario el joven Mike se inclinó por estudiar medicina, una disciplina que le atraía pero no tanto como para no probar fortuna también en el teatro. El día que le tocó hacer un papel en una puesta de La señorita Julia, de Strindberg, el ya no futuro médico decidió que tenía que dedicarse a esta otra actividad, para lo cual se acercó al neoyorquino Actor’s Studio, donde finalmente se convenció de que aquello era lo suyo. La senda, al principio, se encaminaba por el lado de la actuación. Como actor se lo vio entonces en los escenarios, la televisión y en numerosos clubes nocturnos. Por el camino había conocido a la entonces actriz y luego asimismo directora Elaine May, quien no sólo se convertiría en su esposa sino también en su compañera en la irresistiblemente cómica fórmula Una velada con Mike Nichols y Elaine May, que dirigida nada menos que por Arthur Penn, a partir de 1961 pasearon por la noche neoyorquina y aledaños, recogiendo fervorosos comentarios. En la tal velada Mike y Elaine se desdoblaban en múltiples personajes, como un médico que le declara su amor a la enfermera en medio de una complicada cirugía, el desconsolado ejecutivo que a lo largo de varios contratiempos telefónicos choca con una serie de operadoras que, además de no entenderlo, no lo comunican con el número que éste desea, y Arthur, el poderoso hombre de negocios que se convierte en la nada al comunicarse con su dominante madre, toda una galería cuya grabación muchos montevideanos estudiantes de inglés de la Alianza Uruguay-Estados Unidos supieron disfrutar bajo el título de “Funny Conversations”. No mucho tiempo después, Nichols recibía el llamado de Broadway para hincarle el diente al humor, pero desde la dirección. Le sonrió el éxito con Descalzos en el parque y luego con otros títulos igualmente jugosos, como The Knack y cómo lograrlo, Luv, Plaza Suite y Extraña pareja, nada menos.
El cine estaba entonces, como quien dice, a la vuelta de la esquina. Cuando en 1966 la Warner se propuso trasladar a la pantalla el explosivo texto de Edward Albee ¿Quién le teme a Virginia Woolf?, con la refulgente pareja Elizabeth Taylor-Richard Burton, Nichols supo hacerle los honores a la Warner, a Albee y al famoso matrimonio, que se sacó chispas encarnando a otros cónyuges que transitaban de una educada afabilidad a las más terribles agresiones. Un año después Nichols tuvo el mérito no sólo de extraer lo mejor del guión de El graduado, coescrito por el agudo Buck Henry, sino además de darle la forma anticonvencional de irónica comedia de corte social surcada por el tema “Mrs Robinson”, que entonaban Simon y Garfunkel en torno a los revoloteos de un incipiente Dustin Hoffman y la devastadora Robinson encomendada a Anne Bancroft. En los años siguientes no hubo dudas para que Nichols estuviese en los controles cuando se trató de otras propuestas tan cuestionadoras como la guerra en Trampa 22 (1970), el sexo en Conocimiento carnal (1971) y ciertas trampas de la naturaleza en El día del delfín (1973), compromisos que el realizador sacó adelante con el mérito adicional de hacer lucir a sus correspondientes actores. Lo que vino después, sin embargo, fue irregular: desde la escasa gracia original que se desprendía de Dos pillos y la heredera (The Fortune, 1976). con unos desabridos Jack Nicholson y Warren Beatty, a la más resistente Silkwood (1983), donde brillaba Meryl Streep, a la efectiva Recuerdos de Hollywood (Postcards from the Edge, 1990), versión cinematográfica del convencional libro autobiográfico de Carrie Fisher que la Streep y Shirley MacLaine se encargaban de defender con uñas y dientes, y Ángeles en América (2004), adaptación de la polémica obra de Tony Kushner que Nichols dirigiera para la televisión. Este último ambicioso proyecto encontró al realizador en muy buena forma, como si, una vez más, tratase de justificar la frase que tantas veces había repetido: “Una película es igual a una persona. O confiamos en ella o no”.

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