Aplanadoras

Mauricio Zina

No hay duda alguna de que resistir a la aplanadora mental es muy difícil. Tiene múltiples rodillos esa aplanadora. Uno, el más obvio, es la perilla –digamos– oficialista. Desde comienzos de la pandemia, la tan mentada agencia publicitaria del gobierno funciona a pleno para construir el relato de la excepcionalidad uruguaya. Lo sigue haciendo hoy, aunque los números de la «realidad real» hayan desgastado su eficacia y ese desgaste la obligue a recurrir cada vez más a menudo al insulto, la degradación, la manipulación, las fakes y las campañas de desprestigio a fuerza de bots, trolls y otras bellezas.

Un poco menos obvio –porque se viste con los ropajes de la objetividad y chapotea en la equidistancia– es el rodillo mediático de la aplanadora. Pocos pueden dudar de que la ya escasa polifonía del paisaje audiovisual uruguayo se haya reducido al extremo desde marzo. Han aparecido desde entonces algunos programas en streaming y otros resisten mal que bien, en algunos casos hasta bajando el perfil. Pero son pocos y están lejos de poder contrabalancear una maquinaria que a cada voz disidente primero trata de hacerla volver al redil y, si no puede, activa su rodillo más brutal para simplemente aplastarla.

A menudo la aplanadora mediática funciona según esa lógica de un poco los nazis, un poco los judíos, un poco los negros, otro poco el apartheid, un poco los israelíes y otro los palestinos, machacando que hay parte de razón en el discurso de unos y de otros y que se trata de conciliarlos, de «limar asperezas». Pero cuando las asperezas, como es natural, salen a luz, aparecen en boca de los conductores de la aplanadora el espantapájaros de la grieta y la munición gruesa contra todo aquel en el que se pueda encontrar algún signo de incitación a la «polarización», por ínfimo que sea.

No es raro que sobre los pequeños o grandes descarriados se lance una jauría consensual y acrítica acompañada de acusaciones de lo más diversas. Una de las más escuchadas en los últimos tiempos en boca del oficialismo: la de la «politización». Quienes critican la gestión gubernamental (sus opciones indisimuladamente neoliberales, su soberbia desafiante de estilo y fondo) estarían agrietando la necesaria unidad nacional para superar la pandemia, una catástrofe sanitaria sin causas rastreables que a todos nos afectaría por igual y a la cual se la debería enfrentar como en las guerras: con generales mandando, soldados obedeciendo y nadie poniendo palos en las ruedas. Y guay con que el crítico osara dejar mal parado al gobierno fuera de fronteras: sería un traidor a la patria. Así de fino.

Una de las traducciones más perversas de esa idea tuvo como blanco a integrantes de una olla popular montevideana acusados de «politización de la pandemia» por no haber ocultado su oposición a la Ley de Urgente Consideración mientras repartían alimentos entre gente que, de otra manera, no comería. Las ollas populares deberían ser un espacio aséptico, ajeno al propio territorio en que funcionan, y sus animadores limitarse a dar un plato de comida. Y luego, a callar.

Pasó hace unos pocos días en España y a veces vale la pena mirarse en un espejo lejano para ver que, en última instancia, los fenómenos son más o menos los mismos. Y las ideologías también. Cuando la presidenta de la Comunidad de Madrid, la muy pituca y conservadora Isabel Díaz Ayuso, reprochó a las «colas del hambre» (un símil en versión europea de las ollas populares rioplatenses) que eran un instrumento de politización de la izquierda y a sus beneficiarios los tildó de «mantenidos», una joven de un barrio pobre del sur de la capital española le respondió, palabras más palabras menos: «Pues vea, señora, que pocas cosas hay más políticas que el hambre. Y, en cuanto a mantenidos, mire usted a su entorno de corruptos, mire usted a la monarquía». (En su arrogancia pituqueril, Ayuso no llegó, sin embargo, a negar que los que iban a las colas tuvieran hambre o que se les debería pedir una compensación por las «ayudas sociales» recibidas desde el Estado.)

Por aquí, Paola Beltrán, portavoz de la Coordinadora Popular y Solidaria Ollas por Vida Digna, puso los mismos puntos sobre las mismas íes al responder a una insistente pregunta sobre la politización de las ollas: «Queremos pensar –dijo– sobre el hecho de que estamos dando comida. Cuando uno se junta con otros que están dando comida sistemáticamente durante meses a personas que son sus vecinos, lo que hacemos es pensar sobre eso. ¿Por qué pasa eso? ¿Por qué las ollas populares existen? ¿Por qué cada vez hay más gente que va a las ollas? ¿Por qué es la solidaridad entre vecinos la que tiene que afrontar una situación de crisis económica que surge a partir de un elemento que excede a la gente, además de decisiones políticas y económicas que les impactan directamente?» (En perspectiva, Radiomundo, 22-IV-21). Una de las reivindicaciones más claras del hacer política en serio en momentos en que se la quiere desterrar del espacio público.

***

Pero la maquinaria, la aplanadora consensual, tiene otro rodillo, quizás el menos evidente a primera vista: el del fuego «amigo». De ahí también, del campo en principio propio, llueven los dardos sobre aquellos que, incluso a cuentagotas, se salen un poco de la bienpensancia. Las víctimas de este rodillo pueden ser imprevistas. También los motivos. Decir que los números del covid estaban descontrolados cuando ya lo estaban, pero aún no había sonado la clarinada para afirmarlo en voz alta, puede significar, para el Casandra, ser llamado a silencio desde filas propias casi con tanta vehemencia y autoritarismo como desde el lado de enfrente; calificar de «barato» un plan de «ayudas sociales» que a todas luces lo es y que además vende gato por liebre puede representar para el insospechado de «radical» que un expresidente que allá en el fondo de los tiempos tal vez lo haya sido («radical») lo haga callar en aras de la buena vecindad con el gobierno.

Se puede pensar que esos incidentes –los (pequeños) impulsos, sus frenos– muestran las dificultades de la principal fuerza política de la oposición para definir un rumbo. Así lo piensan, de hecho, la mayor parte de los politólogos. En algún plano debe ser sin duda así. ¿Pero si no fuera sólo eso? ¿Y si en su dinámica de paz de los sepulcros la aplanadora consensualista funcionara también para sepultar toda reflexión alternativa? Si algo de positivo pudo haber tenido este desastre sindémico (véase «La ideología del miedo», Brecha, 26-II-21) fue invitar a pensar en sus causas y a ir, al menos, tirando líneas en otra dirección. Unas pocas líneas, unas poquitas líneas, por favor. ¿Alguien escuchó que del aparato frentista surgiera un mínimo signo hacia allí? Excepciones hubo, pero ahogadas en un magma de buenos modales que tal vez escondan que nada muy distinto a lo actual hay para ofrecer, más allá de una bastante mayor asistencia social, una presencia más fuerte del Estado, un poco más de impuestos a los ricos, y… ¿Y? 

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