En Cinemateca y otras salas: La intención del colibrí , de Sergio de León

Aquel que se atreve a ser diferente

Difusión

«Lo que pasó con la obra después de la muerte de Uli fue una de las tantas violencias que sucedieron en esos tiempos tan violentos que le tocó vivir a mi familia», dice la hermana del artista plástico Ulises Beisso, que murió en 1996, cuando tenía 37 años. Quien la escucha detrás de cámara es Sergio de León, director de la película y responsable de una pesquisa en la que se ha embarcado casi sin querer. Es que la mera existencia de este documental no parece el resultado de un deseo, sino el de una especie de mandato, una necesidad profunda que, según De León, se materializó en un sueño.

Beisso y quien era su pareja, Juan Arrospide, desembarcaron un día en el mismo balneario en el que veraneaba el director del filme cuando era joven. «Ulises fue el primer artista que conocí», dice la voz en off de De León. Y con la potencia de esa frase nos da la pauta de lo mucho que esa personalidad influyó en su vida. Con una serenidad meticulosa, la película se dedica a desentrañar ese juego de espejos, estableciendo una reflexión compleja acerca del papel del arte, la muerte y el amor en la afirmación de la identidad.

Destaco la serenidad de la película porque su tono calmo, delicado, establece una ambigüedad muy interesante entre forma y contenido. Entre los ritmos lentos, la luz blanca y la minuciosidad con la que la cámara recorre, una y otra vez, lo que queda de la obra de Beisso –las piernas, los culos, las caras, los frutos, los penes, las flores, los ojos, las vulvas, las espinas–, se cuela una angustia genuina, una desesperación que nunca cae en exabruptos, que no es del todo evidente, pero que se adivina en la acumulación obsesiva de los fragmentos. Pedazos de obra, restos de conversaciones, diálogos en los que falta uno de los interlocutores, viejas canciones que no se recuerdan completas, fracciones de tiempo y espacio que son huellas de un paraíso perdido: el puzle, que incluye material de archivo guardado durante 20 años, termina siendo una prueba perfecta de que filmar el pasado es imposible. La muerte y el olvido, esos límites de lo humano, dibujan sin piedad los contornos de esta película.

La mitad de la obra que dejó Beisso al morir quedó en custodia de Arrospide, su pareja; la otra mitad quedó en manos de su familia. Si bien el padre habría querido darle a Arrospide todo lo que quedaba, la madre decidió guardarlo bajo llave, tratando de esconder la homosexualidad de su hijo. Esa es la gran violencia a la que se refiere la hermana de Beisso, metonimia o punta del iceberg que nos deja entrever todo lo demás: el rechazo, la vergüenza y la marginación a la que estaba respondiendo el artista con su última exposición, Imágenes de lo (mi) escondido.

Con un impulso que se presenta dudoso, pero que va creciendo y se impone, certero, mientras avanza la película, De León y Arrospide se proponen rescatar de la oscuridad la obra de Beisso y volver a armar ese orden, esa especie de narrativa que, subrepticiamente, se cuela en el montaje de las obras plásticas en una sala de museo. La idea de lo fragmentario y lo roto, lo que es necesario recuperar, se multiplica en las diversas líneas temáticas que se proponen al espectador. ¿Qué es lo que verdaderamente se está restaurando cuando los especialistas limpian, despacito, cada pincelada y cada arista de los cuadros y las esculturas? ¿Qué es eso que De León y Arrospide traen al presente con alivio, como si estuvieran cumpliendo –¡al fin!– con un designio del destino?

Beisso está muerto y no puede ser filmado, pero ahí está Arrospide, su tono de voz, su romanticismo hiperbólico, sus danzas y sus cantos, su aspecto desaliñado, su cuerpo viejo, que guarda una memoria que casi no se menciona, pero se siente, se percibe: la de la piel de ese otro cuerpo que nunca llegó a mancharse, a arrugarse, a perder sus encantos. Quizás lo más bello de La intención del colibrí es que no oculta la tristeza de la historia que cuenta, pero tampoco se regodea en ella: más bien la rodea, la embellece, la justifica y la acompaña. «No es fácil tener un cerro, no es fácil tener un piano», canta Silvia Meyer una y otra vez, mientras la última imagen se funde en los créditos. No es fácil la felicidad, porque, cuando la tenemos, siempre corremos el riesgo de perderla. Nos quedan las ganas de honrar ciertos vínculos, esos que nos han llevado a ser quienes somos. Para eso está el cine, susurran los fantasmas.

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