En su momento no lo parecía, pero ahora nos damos cuenta de que el cambio de siglo fue extraordinario. Si se mira distraídamente, la única preocupación de aquel fin de milenio parecía ser que las computadoras no colapsaran a raíz de la falla Y2K, el entretenimiento predilecto era publicar libros no muy serios que anunciaban el fin de todo –de la historia, de la ciencia, de la educación, de la cocina macrobiótica, en suma, del mundo– y el pasatiempo favorito era mirar la cara de los amigos en el momento exacto que descubrían que escatológico no necesariamente remitía a los excrementos. Si se mira en perspectiva, veríamos que el cambio más radical no parece haber sido ni la caída del muro de Berlín ni los aviones estrellados el 11 de setiembre, sino la expansión del acceso a internet, que ca...
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