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Treinta años de La broma infinita

Aquí estamos, entreténgannos

Es tan inevitable adosar el adjetivo monumental a la segunda novela de David Foster Wallace como creer que realmente fue la última a la que, con justicia, pueda llamársela la gran novela americana. La broma infinita es el clavo final en el ataúd de la literatura del siglo XX y a la vez el portal que succionó a la cultura hacia ese agujero negro que por entonces era, todavía, el excitante siglo nuevo –y que, 30 años más tarde, es nuestro desesperanzado (pero rabiosamente entretenido) presente. Y es que, si la broma es infinita, no hay chance de reír último.

David Foster Wallace. Alamy, Basso Cannarsa.

En su momento no lo parecía, pero ahora nos damos cuenta de que el cambio de siglo fue extraordinario. Si se mira distraídamente, la única preocupación de aquel fin de milenio parecía ser que las computadoras no colapsaran a raíz de la falla Y2K, el entretenimiento predilecto era publicar libros no muy serios que anunciaban el fin de todo –de la historia, de la ciencia, de la educación, de la cocina macrobiótica, en suma, del mundo– y el pasatiempo favorito era mirar la cara de los amigos en el momento exacto que descubrían que escatológico no necesariamente remitía a los excrementos. Si se mira en perspectiva, veríamos que el cambio más radical no parece haber sido ni la caída del muro de Berlín ni los aviones estrellados el 11 de setiembre, sino la expansión del acceso a internet, que ca...

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