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Mauricio Macri y Daniel Scioli son demasiado parecidos. Hijos dilectos de los noventa, nacieron de la mano de Carlos Menem, son empresarios exitosos, pertenecen al celebrity land y reflejan la luz conservadora con algunas difracciones.

Macri es un conservador pura sangre y no lo oculta. Por supuesto que se hamaca para caer bien parado en el campo de los logros K –como el matrimonio igualitario, o la asignación universal por hijo–, pero no deja de ser el espejo de una nueva capa empresarial de base clasemediera, inserta en la globalización, que necesita reglas claras. Fue ésta la que apostó por Néstor Kirchner en 2003 ante la promesa de “un país en serio”, pero poco a poco degradó su apoyo, decepcionada por la corrupción, la mano a los amigotes y un estilo político que redujo la democracia a la “mesa chica” de la quinta presidencial de Olivos y a la voluntad de La Cámpora. Macri es la nueva apuesta, con el agregado de que es uno “como ellos”.

Reflejo fiel de la nueva centroderecha, tecnócrata y posibilista, desprecia l...

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