Así se debe de sentir el amor

Valeria Román Marroquín (1999), poeta peruana.

Ella afirmó que estaría sola la primera vez que sintió una mano tocándole la rodilla, cuando los rostros dejaron sus nombres de lado y pasaron a recitar dulces los sentimientos: “Así se debe sentir el amor, pensábamos”, así, como un motivo para poder dejar de pensar en la muerte, un motivo para dejar caer el esfuerzo en la búsqueda eterna de vientres donde poder, de una vez por todas, reposar la cabeza. “Los recuerdos se derretían uno a uno frente a la tevé”, y Valeria Román Marroquín no deja de tener los 19 años cayendo tan silenciosos como van cayendo las aves, aspirando una y otra vez “la ceniza que va dejando mi memoria,/ mientras un muchacho rompe el asfalto en mi espalda”, para poder dejar de hablar de pensar en la muerte, en los cráneos humeantes, en las escenas de porno softcore de Cinemax a las tres de la mañana cuando ya todos se fueron a dormir. “Ahora sólo quiero pensar en la casa,/ en los recibos que no voy a pagar,/ las tareas que no quiero hacer,/ los años que no quiero vivir”, y Valeria Román Marroquín no deja de tener 19 años y no deja de tratar de arrancarse la pollera del colegio de monjas que habitó su vida entera.

Todo empieza a volverse un intento de hablar con Dios, para poder entonces parar de hablar de la muerte; y puede ser verdad que en algún momento el corazón dejó de latir como un corazón late, en algún momento se volvió el sonido de cajas abriéndose y cerrándose y pasó a sonar como el estallido de una puerta metálica trancándose y encerrándolos a todos dentro, pero “mi corazón todavía late, sobre todas las cosas”. Y es que todo empieza a parecerse al día en el que preguntamos por primera vez si estaba bien quedarnos, si estaba bien usar esa cama como refugio, para no llenar de sangre la pista de baile, o el futuro, o el cielo mismo.

“Toqué tu puerta cuando me sangraba la nariz

 

Voy a llenar de sangre todo un poema:/ sentirme como en la primera/ segunda/ tercera vez/ como en todos los polvos que aún no me toca probar y gritar cualquier nombre/ romper con cada uno de los ecos en tu mugre boca/ junto a dios/ junto a una de esas drogas nuevas que se cantan/ aquí, donde todavía sigo de pie.”

Así se debe de sentir el amor, pensábamos, no tener que pedir para quedarse, no tener que pensar en la muerte, no llorar ni recordar que en realidad estamos siempre solas. Así de bonito, bajo un techo ajeno, así se debe de sentir el amor.

El amor como una forma de volverse la mejor actriz, actuando de niña en la primera comunión, en todos los videos de todos los cumpleaños, la mejor actriz susurrando “voy a masturbarme porque no quiero sentir mi tristeza/ voy a masturbarme porque tengo mucho miedo”.

Pero después de las dos horas de la hora y media de los 17 segundos de películas, de videos, cuando las actrices ya no existen, “yo sí, y que vean mi sexo como una constelación/ a la orilla de esta tristeza/ que seca mi espalda”.

Hablar, con las manos embarradas, con la saliva caliente; hablar, desde el vientre de la madre, “esta es la única verdad absoluta que no se respira/ y nunca olvido que cada día aprendo a hablar de nuevo/ esta es la verdad entre todas las otras:/ el grito/ también puede ser un lenguaje”, gritando porque el olor a la batalla quema las narices.

Valeria Román Marroquín (Arequipa, 1999) estudia filosofía en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Publicó un poemario, Feelback (2016).

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