Atlas envanecido – Brecha digital
Elon Musk y la compra de Twitter

Atlas envanecido

El futuro nuevo dueño de la red social, uno de los hombres más ricos de la historia de la humanidad, promete llevar la libertad a nuevos esplendores. Mientras tanto, crecen su poder y su billetera.

En la gigafábrica de Tesla de Berlín, en marzo Afp, Patrick Pleul

El señor Elon Musk no es solo el hombre más rico del mundo (o el segundo: intercambia posición con el dueño de Amazon, Jeff Bezos, según las cotizaciones en bolsa de sus respectivas empresas). Su hambre de poder es tan grande como sus delirios, que son enormes. Musk acaba de sumar Twitter a una corona que ya comprendía rubíes en los sectores del transporte (Tesla), la infraestructura (The Boring Company), las monedas digitales (activos en dogecoin y bitcoin), el aeroespacial (Space X), la comunicación informática cerebral (Neuralink, fabricante de chips cerebrales… Y dice que no se va a quedar ahí, que irá por otras joyas de esas que hacen a su poseedor sentirse con capacidad como para hacer lo que se le cante.

Allá por julio de 2020 alardeó de ese poder cuando por Twitter aseguró que, si se le antoja, puede «golpear» a quien quiera y donde quiera. Lo habían acusado de estar detrás del golpe contra Evo Morales para hacerse del litio que en Bolivia hay a raudales, un mineral indispensable para la fabricación de los autos eléctricos de Tesla y que interviene también en la construcción de naves espaciales. «Le vamos a dar un golpe a quien se nos ocurra, ¡bancátela!», le dijo entonces a otro tuitero.

Fanfarroneaba, porque después aclaró que su litio lo sacaba de Australia. Pero tampoco alardeaba tanto: luego de eso, dijo que sabía que Bolivia tiene las reservas más importantes de litio en el mundo y que algún día «habría» que echar mano de ellas. «Por el bien de la humanidad.» Y que no se ponga nadie, ningún gobierno, ninguna organización internacional, nadie a meterle trabas.

En marzo de este año, tres semanas después de la invasión rusa, Musk desafió a Vladimir Putin a un duelo «hombre a hombre». El premio del combate «entre potencias» sería Ucrania. Unos meses antes, Space X había sido la primera empresa privada en organizar un viaje a la Estación Espacial Internacional. «Siempre sentí que no tenía límites, que mi límite ni siquiera era el cielo, que iría más allá, por qué no hasta Marte, por qué no a montar la primera colonia humana fuera de esta Tierra, que puede llegar a volverse inhabitable», dijo entonces.

Hace unas pocas semanas le dio consejos a Pedro Sánchez sobre lo que tenía que hacer con la industria energética española: le dijo dónde debería invertir y dónde no. El socialista le tendió la alfombra roja para que fuera a Madrid a discutir con él. Y en cada cumbre sobre el cambio climático Musk se permite, como Jeff Bezos, como Bill Gates, plantear «soluciones» tecnológicas fabulosamente caras para un drama al que ellos mismos han contribuido como pocos y siguen contribuyendo (véase «Mundo Musk», Brecha, 7-I-22).

A Musk le gusta posar, le gusta bailar mientras inaugura una nueva planta de Tesla, hacer mohínes mientras anuncia un nuevo viaje de Space X del que él mismo formará parte. Le gusta provocar payaseando. Pero mal se haría en tomarlo como un payaso. El apenas cincuentón sudafricano pertenece a esa raza de magnates modernos que marca los rumbos de este mundo, como a comienzos del siglo XX lo marcaban los dueños de las siderúrgicas, del carbón, de la industria automotora.

«Musk es ahora más poderoso que muchísimos Estados. Controla el activo tecnológico más importante de Estados Unidos (Tesla) y probablemente uno de los activos más estratégicos del mundo (Space X). Con Twitter tiene en su poder, además, una de las herramientas de comunicación más importantes del planeta», comentó el inversor Ross Gerber (Mediapart, 26-IV-22). Gerber no lo estaba denunciando. Se congratulaba. Es un estrecho colaborador del multimillonario.

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En apenas tres semanas, Musk se hizo de la red social. Primero anunció que aumentaba su participación en el capital de la empresa, luego dijo que la compraría toda, después se retractó y, finalmente, terminó poniendo sobre la mesa una millonada sideral para concretar su proyecto más ambicioso. Su desembarco había motivado protestas del personal de Twitter: Musk tiene una bien ganada fama de racista, de sexista, de explotador. También había provocado reacciones adversas entre usuarios y accionistas, temerosos de que el magnate, un «defensor absolutista de la libertad de expresión más irrestricta», como él mismo proclama, abra tanto el espacio de la red que se llene de «mensajes de odio y de campañas de desinformación», según expresó uno de los inversionistas en la red. Las mismas preocupaciones manifestaron movimientos antirracistas, como Black Lives Matter, organizaciones de derechos humanos, feministas, de defensa de las minorías.

Cuando se supo que Musk había tomado el control de casi el 10 por ciento de las acciones de la empresa, a principios de abril, y que no descartaba avanzar aún más, la dirección de Twitter intentó aventar los temores y las protestas e insinuó que se opondría a los planes del milmillonario. Pero Don Dinero todo lo puede, y al dueño de Tesla le sobra. Cuando la semana pasada Musk anunció que pagaría 44.000 millones de dólares por la compra de Twitter, ofreciendo una prima de 38 por ciento sobre el valor del título en bolsa al 1 de abril, el Consejo de Administración acabó cediendo y recomendando a los tenedores de capital que hagan lo mismo cuando, a fines de mayo, se reúna la junta de accionistas. «Elon es la única solución a la situación actual. Necesitamos urgentemente despegar», dijo Jack Dorsey, cofundador del grupo.

Twitter es una de las redes con mayor influencia entre políticos, financistas, medios de comunicación, gobernantes, pero está muy lejos de sus competidores en número de usuarios: 231 millones contra casi 3.000 millones de Facebook, bastante más de 1.000 millones de Instagram y 1.000 millones de Tiktok.

El plan de Musk será revisado por la Comisión Federal de Comercio, que deberá determinar si viola las leyes antimonopolio. El proceso puede durar unos meses, quizás hasta fin de año. Nada hace pensar que haya marcha atrás: Musk no es propietario de ninguna otra red social ni tiene hasta ahora empresas de telecomunicación.

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En filas del Partido Republicano, la venta de Twitter no pudo caer mejor. Musk supo estar muy cerca de Donald Trump, un tuitero desenfrenado al que la red social «canceló» el año pasado por el contenido de sus mensajes (véase «Cuando la esfera pública es propiedad privada», Brecha, 15-I-21). Nieto de un canadiense de extrema derecha que abandonó su país por juzgarlo «demasiado comunista», para instalarse en la «paradisíaca» Sudáfrica de comienzos del apartheid, e hijo de un ingeniero que hizo su fortuna explotando minas de esmeraldas en Zambia, el dueño de Tesla tiene todo para ser considerado por Trump como «un tipo con buenos valores».

Al igual que al expresidente de Estados Unidos, a Musk, que se define como un «libertario», un neoliberal puro y duro, no le gusta que le cobren impuestos, por más que esté entre los más ricos del mundo. «Los empresarios estamos para emprender y para derramar hacia abajo con nuestra iniciativa y no para que los burócratas nos esquilmen», supo decir este hombre, que mudó la sede de Tesla de California a Texas para beneficiarse de leyes sociales y de un sistema fiscal mucho más favorables a los «emprendedores».

A Trump le preguntaron por estos días si volvería a Twitter si, como es muy probable, Musk impusiera un cambio de reglas. Respondió que no, que seguirá apostando a Truth, su propia red social, inaugurada en febrero. Pero algunos de sus allegados dicen que Trump «extraña Twitter» y que no le disgustaría tomarse revancha.

En todo caso, Musk ya anunció que «toda censura será abandonada, incluso para [sus] mayores detractores». Dijo también que hará públicos los algoritmos de la plataforma, que limitará al máximo los bots y que Twitter será «un paraíso libertario». Laverna Spicer, una republicana que será candidata a diputada por Florida en las próximas elecciones legislativas, tuiteó que «la compra de Twitter por Musk es el equivalente en el siglo XXI a lo que fue la liberación de los esclavos por Lincoln: un triunfo de la libertad».

Bernie Sanders, el veterano senador del ala izquierda del Partido Demócrata, no cree en espejitos de colores. «Musk es uno de los representantes por excelencia del capitalismo de casino. La libertad para él es la libertad de los dueños del dinero», escribió el año pasado. El verdadero objetivo de Musk, escribió, a su vez, el domingo pasado en el diario inglés The Guardian el profesor universitario Robert Reich, exsecretario de Trabajo de Bill Clinton, «nada tiene que ver con la libertad de expresión, [ya que] su objetivo es su propia libertad sin obstáculo alguno, la libertad de ejercer un poder enorme sin tener que rendir cuentas».

En 2020 Reich había acusado a Musk de negrero por obligar a los trabajadores de Tesla en California a volver al trabajo, a pesar de que en ese estado el covid-19 estaba haciendo estragos. Se lo dijo en Twitter. Musk lo bloqueó.

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