Aún en vivo

El 16 de febrero de 2016 tocan los Rolling Stones en el Estadio Centenario. Qué bueno hubiera estado que los Rolling hubieran llegado la primera vez que estuvieron en la que dicen es la vecina orilla, pero no tanto, cuando recién habían sacado el “Vodoo Lounge”, sin Bill Wyman, y cuando el amor era más fuerte que el de “Tango feroz”. Claro que nunca hubieran llegado con Brian Jones.

El parque Batlle se parece apenas un poco al Hyde Park de cuando el joven Mick Jagger, un 5 de julio de 1969, se paró en el medio del escenario finamente vestido de blanco de la cabeza a los pies para leer una dedicatoria o algo parecido por el fallecimiento de Brian Jones; el que no nada se ahoga, y el que tiene asma también. Nunca se supo exactamente bien (Scotland Yard tampoco lo sabe) qué pasó la noche en la que el primer Stone se fue al cielo sin diamantes, y despedido de su propia banda por los líderes de la Satanic Majesties Request, después de haber tocado no el arpa sino un mellotron con los arreglos más divinos del arco iris donde este y los otros miembros del club de los 27 viven, desde que dejaron de estar disponibles para tocar en vivo. Los 27 de cada mes organizan el Memory Free Festival en el que Otis Redding hace la mejor versión clásica de “Satisfaction” con Brian Jones tocando el riff más famoso de Richards (el último festival lo cerró Bowie junto a Freddie Mercury con “Under Pressure”, pero antes hizo “Let’s Spend the Night Together” en la exacta versión que aparece en su álbum Aladin Sane, donde al final de la canción dice “let’s make love” puede que a Jagger, con quien pudo haber tenido un romance en el 73). Los early Stones son la mejor colección de fotografías de London Town, sus alrededores, Estados Unidos de América, “Sweet Virginia”, y algunos lugares remotos de Europa que no son Francia (“thank you for your wine, not California”), donde se fueron a desintoxicar de los impuestos, la policía, los fans, y no de las drogas. Los días en los que grabaron su primer disco doble, Exile on Main Street, con rubias sobre rubias (ninguna que Dylan haya tocado, probó suerte con la novia de Mick pero se encontró con un cartel en la puerta de la habitación de un hotel en Londres que decía: “Hey Bob, you can’t always get what you want”). Las rubias musas aquellos días eran duquesa: la italiana Anita Pallenberg, novia de Keith que antes había estado en la vida de Brian (nada que ver con la película de los amigos de George Harrison), y la de Mick, Marianne, llena de esperanzas Faithfull que inspiró “As Tears Go By” y que también tuvo pila que ver con la letra de los caballos salvajes, canción que Gram Parsons, más amigo de Richards que de Jagger (misma situación que con Tom Waits, que fue invitado con sombrero incluido, no hace tanto, para hacer con ellos una versión en vivo inquietante de “Little Red Rooster”), se llevó prestada y galopando a un estudio en algún lugar de Nashville donde la grabó volando con los Flying Burritos antes de que saliera el Sticky Fingers a la calle. Asunto que se puede haber demorado en parte por culpa del diseño de la tapa de Andy Warhol (que nada tuvo que ver con la lengua que aparece por primera vez en este disco y que es de John Pasche, quien hasta hoy sigue siendo veinte veces más desconocido que la lengua que diseñó), que venía con un cierre o cremallera que se podía subir y bajar la misma cantidad de veces que se puede encender un Bic francés, del que sólo hago referencia no por que los vayan a encender en el centenario cuando suene “Angie” (ahora hacen lo mismo pero con sus molestos celulares) sino sólo por volver directo a la mansión en Francia donde los Rolling y amigos grabaron su mejor vinilo rosado doble de toda su larga carrera discográfica. Fue uno doble gracias a los largos after hours creativos y recreativos, donde consiguieron un abanico de canciones tan parecido a los que Anita y Marianne habían comprado para estar tranquilamente instaladas en reposeras, mientras estos otros fumaban, tomaban y grababan sus mejores canciones. Todo lo anterior sucedió hace un buen tiempo atrás, después vinieron otros discos (Black and Blue), otros rescates (emocionales o Emotional Rescue), otras giras (Love You Live), otras chicas que se llamaron entre otras “Miss You”, “Faraway Eyes”, “She is Cold”, etcétera. Fue ahí cuando el látigo cayó (antes de que alguno pudiera salir corriendo por la salida de emergencia), apareció un ser muy respetable con el nombre de la bebida más conocida de los piratas y de buena madera con un slide guitar en una mano, una botella en la otra y un peinado perfecto en la cabeza, que salvó a los Rolling Stones para siempre. The one and only Ronnie, el mejor compinche de Keith y la mejor media locura que faltaba para que la banda soñara y siguiera viva como nunca. De no haber aparecido el pájaro loco de los Rolling Stones éstos no hubieran podido seguir adelante, el aburridísimo de Bill Wyman se fue antes o después de que se casó con la hija de la esposa de su hijo, y el distendido de Charlie Watts pudo continuar sin que los asuntos de amor y odio entre Mick y Keith lo agotaran. Las piedras se aceitaron y volvieron a girar. Para mediados de los ochenta hubo denuncias de ruidos molestos de los vecinos y videoclips por los que podrían haber ido todos presos, por lo que mejor separarse por un rato. Ahora resulta casi imposible que los Stones se vayan a meter en problemas, se convirtieron en abuelos de muy buena conducta, tienen los mejores cuentos de rock and roll para irse a dormir, para que sus nietos simpatizantes del demonio puedan soñar con piratas del Caribe y otros personajes psicodélicos para niños. Cuentos de cuando los abuelos tenían el pelo largo y eran los new kids on the block. Jamás fueron esos cuatro chicos simpáticos de Liverpool que andaban gritando “Help!” por todos lados (con fans que gritaban más fuerte que ellos y que podrían haber dejado sordo un poco antes al degenerado guitarrista de los Who), o pidiendo una pequeña mano de sus amigos para viajar a India en busca de la paz interior y millonarias clases de sitar, menos que menos eran de quedarse dos días en la cama sin comer manzanas, recibiendo a periodistas con carteles que decían “Give peace a chance”. Está confirmado y garantizado que los abuelos del rock van a dar un mejor concierto que cualquiera de los dos que haya dado Paul en la misma locación. No se sabe qué disco vienen a presentar esta vez, pero a nadie le interesa. Lo que va a pasar el 16 de febrero es que los Stones van a tocar por primera vez en este bendito país, en el que Ron Wood estuvo algunos veranos atrás dando vueltas por José Ignacio, y quien mucho antes de sustituir al muy sustituible Mick Taylor estuvo con Rod Stewart en una banda que de no haberse disuelto bien podríamos estar hablando de que son los Faces los que tocan por primera vez en sleepy Montevideo. Igual fue Rod el primero que la colgó en el ángulo del Centenario cuando canto “Baby Jane” y dijo a los cuatro vientos y en simulcast por Concierto FM: “You are in my heart, you are in my soul, Montevideo”. Ese fue el Maracanazo del rock en el centenario. Ahora les toca a ellos, que al igual que el resto son los que vinieron después de Bo Diddley (tal cual como lo cuenta la canción de los Animals de Eric Burdon y Alan Price, igual de buenos, pero con más problemas internos y de guerra que los Stones), y otros del blues que andaban por la vuelta cuando estos bebés fueron a dar sus primeros pasos en “It’s Only Rock and Roll (But I Like it)”. Mamaron de Howlin Wolf, se pegaron un bañulo en Muddy Waters, y aprendieron a tocar la guitarra y bailar como Chuck Berry, sólo que Richards y Wood además pueden fumar mientras hacen lo que el maestro les enseñó. Es viejo y sabido desde Karate Kid hasta ahora que el discípulo supera al maestro. Es difícil que alguno de estos vaya a comprar una caja de Marlboro al Paquin (por si tienen planes de encontrarse con alguno de sus ídolos), se traen los suyos propios que no los matan ni con el precio, ni con el cáncer; hay un chiste viejo ahora que dice que por cada cigarrillo que alguien se fuma en la tierra le estira la vida un poco más a Keith Richards, que es probable, altamente probable, que sea quien entierre a todos con su vieja Telecaster negra (si no se parte antes la cabeza al trepar y luego caer de una palmera en la rambla de Pocitos). La próxima gira de los Stones puede que sea sólo “Happy” Keith, y los otros figuras de cera prestadas del museo de madame Tu-ssaud, pero jamás va a estar tan buena como la que se viene, cuando todos obtengan por 100 o 600 dólares la satisfacción de ver y escuchar a los Rolling Stones en vivo por primera o penúltima vez (ya saben, “It was a teenage wedding and the old ­folks wish them well”), sin importar la ubicación que hayan conseguido, es seguro que no van a tener que pedir a nadie que le devuelva la plata de la entrada (“You got the silver, you got the gold”). Son sus majestades del rock. No hay ninguna otra banda que se acerque un poco. La cantidad de canciones y la cantidad de discos que han sacado a largo de toda su existencia; excelentes, malos, buenos, regulares, o pésimos, no es algo que los respalde, no necesitan de un disco o una canción para eso, tiene una colección enorme de hits desde los puentes de Londres hasta los de Babilonia que los hace moverse de izquierda a derecha por el escenario, como dice la letra de “Harlem Shuffle” track 3 del Dirty Work, que luego de sacarlo se tomaron unas vacaciones lo suficientemente largas como para que cada uno de ellos pudiera sacar sus propios discos. Mick “Wandering Spirit” Jagger sacó un par espantosos y Keith “Main Offender” Richards el mejor disco de los Stones sin los Stones, que es el Talk is Cheap. Después vino el Steel Wheels, esas ruedas de acero que de alguna manera son las mismas que los trajeron hasta aquí pero sin las sillas, para demostrar lo mismo que Neil Young y su antigua Crazy Horse saben hacer (cuanto más viejo mejor): keep on rockin’ not in a hard place, in a free world, sólo que Jagger y Richards dirían “bitch” al final de la frase. “Pleased to meet you, hope you guess my name.”

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