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Bienvenido

El poeta Juan Gelman ha vuelto a la Argentina. Ahora la ciudad de Buenos Aires ha recuperado, entero, a su poeta. No falta ni un solo pedazo de él.

Semanario Nº115

Un juez, que había sido nombrado por la dictadura militar, quiso obligarlo a pagar para volver. Entre otras condiciones, el juez pretendió imponerle una caución equivalente a 16 mil dólares. Juan se negó a humillarse y finalmente la Cámara Federal tuvo el buen gusto de acabar con una situación que era casi tan infame como ridícula.

Ya era hora. Hacía un rato largo que había gobierno civil en la Argentina, y Juan seguía desterrado de su fuente de furia y de belleza.

Ahora la ciudad de Buenos Aires ha recuperado, entero, a su poeta. No falta ni un solo pedazo de él. En estos tiempos de infamia, mientras tantos oportunistas se dedican a borrar sus propias huellas, este cabezadura sigue diciendo lo que piensa y no lo que le conviene. El nunca fue poeta de corte: no se puede leer sus poemas impunemente, porque hablan un lenguaje siempre nuevo, siempre nacido de la necesidad de decir, y toman partido, como el autor, y a brazo partido pelean.

La dictadura militar, cuyas atrocidades hubieran provocado en Hitler un incurable complejo de inferioridad, le había pegado donde más duele. En 1976, los verdugos le secuestraron a sus hijos. Se los llevaron en lugar de él. A la hija, Nora, la torturaron y la soltaron. Al hijo, Marcelo, y a su compañera, María Claudia, los asesinaron y los desaparecieron. Se sabe que ella había dado a luz en un campo clandestino de concentración.

En lugar de él: se llevaron a los hijos porque él no estaba. ¿Cómo se hace para sobrevivir a una tragedia así? Digo: para sobrevivir sin que se te apague el alma. Muchas veces me lo he preguntado en estos años. Muchas veces me he imaginado esa horrible sensación de vida usurpada, esa pesadilla del padre que siente que roba al hijo el aire que respira. Y me he preguntado: si Dios existe, ¿por qué pasa de largo? ¿No será ateo, Dios?

Sé que Juan se derrumbó más de una vez. Muchas veces se derrumbó. También sé que fue siempre capaz de alzarse sobre sus propias ruinas, sobre su polvo y su basura. Él es el autor de algunos espléndidos poemas de la lengua castellana, pero sobre todo es el autor de esta hazaña: la proeza de una muy herida fuerza de hermosura que se salva de la aniquilación y es capaz de ofrecerse, crecida, a los demás.

Los años y los dolores, en lugar de mutilarlo, lo han multiplicado. Y en su camino de porfiada creación no ha renunciado, nunca, a ninguna de sus ideas. No se arrepiente de haber creído, no pide perdón por seguir creyendo. Juan sigue negándose a aceptar que la libertad personal sirva de coartada a la injusticia social y sigue identificando a la democracia con la justicia, y a la justicia con la belleza. En 1979 rompió con los Montoneros, pero no renegó de sus esperanzas: rompió desde ellas y por ellas, contra los dirigentes que despreciaban al pueblo que decían representar y que habían hecho suya la moral militar que excluye la duda, desconfía de la imaginación y condena la divergencia.

Juan no ha tenido el regreso silencioso que él hubiera querido. Me consta que nunca fue picado por la mosca azul de la fama; jamás esa fiebre le ha encendido la cabeza. Las vacilaciones y las claudicaciones de la democracia ante la prepotencia militar hicieron que su caso se convirtiera en un escándalo internacional. Pero que nadie se confunda: Juan es el tipo menos espectacular que conozco, y el más ajeno a la autopromoción, en esta época en que los escritores suelen convertirse en jefes de publicidad de sí mismos. Él es hombre de pocas palabras, como sus poemas. No vive ni escribe por afán de recompensa, ni por miedo al castigo: ni por promesa de cielo, ni por amenaza de infierno. El vive y escribe por pasión de mundo: una secreta pasión de mundo, silbada bajito, como un tango íntimo.

Es seguro que habrá más penas y olvido. Bastante mandan, todavía, con democracia y todo, los que tanto mandaron. Pero quizás este reencuentro de la ciudad y su poeta sirva de augurio al año que nace. Quizás anuncie buenas cosas para la dignidad humana y la afirmación democrática; quizás anuncie que, más temprano que tarde, los asesinos caerán como un resto de barro pegado a la suela de los zapatos.

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