Bizcochos después de correr

Su despertador suena cada día a las 6.55 de la mañana. Cinco minutos más tarde está encima de la cinta de aeróbicos. De ahí a la ducha. De la ducha al desayuno. Esta rutina mañanera corresponde a Mariano Rajoy, presidente del reino de España…

Su despertador suena cada día a las 6.55 de la mañana. Cinco minutos más tarde está encima de la cinta de aeróbicos. No se bajará hasta que el reloj diga que son las ocho menos cuarto. De ahí a la ducha. De la ducha al desayuno. Preferentemente, alimentos livianos. Para duro, lo que se dice duro, ya está su trabajo. ¿Actor de cine? Negativo. ¿Deportista de elite? Tampoco. La rutina mañanera que usted acaba de leer corresponde a Mariano Rajoy, presidente del reino de España… gracias al Partido Socialista Obrero Español (Psoe). Sí, gracias a esos mismos que alguna vez se apellidaron marxistas y que hoy se debaten entre ser y no ser. Entre estar y no estar.

Durante 2016 Rajoy vio peligrar sus desayunos posdeportivos en La Moncloa, sede del Ejecutivo español. Hubo momentos –unos cuantos– en los que el cambio político parecía estar ahí nomás. Tan cerca como en Portugal, donde la versión lusa del Psoe español consiguió edificar un pacto de izquierdas para desbancar a la derecha. En España –valga la redundancia– se podía con Podemos. Incluso había posibilidades de juntar a otras almas y lenguas, como los nacionalistas catalanes o vascos. La música sonaba bien. Hasta que de repente, o no tan de repente, dejó de sonar. La apagaron desde arriba. Y en España, arriba quiere decir Bruselas, la Unión Europea, el Fondo Monetario Internacional… los que manejan el control remoto.

Mientras el presidente se subía y se bajaba de la cinta de correr, España vibraba al son de su año más convulso desde que murió el dictador Francisco Franco, allá por 1975. Desde entonces todo había ido sobre ruedas, tal como había sido “atado y bien atado” durante la denominada “transición” (de la dictadura a la democracia): el reino siempre alternó de jefe entre el Partido Popular (PP) y el Psoe. O entre Psoe y PP. A veces se criticaban. Otras se peleaban (un poquito). Pero cuando había que defender a los dueños del control remoto, entonces se olvidaban de las siglas, de los colores y hasta de sus padres ideológicos.

CAMBIO DE RUMBO. Las cosas empezaron a cambiar un 15 de mayo. Fue en 2011. En una plaza. En muchas plazas. La gente –mucha gente– dijo basta. Pero no lo dijo suavecito, sino bien fuerte. Estaban indignados. Asqueados. De esa indignación –y de ese asco– nació Podemos, una fuerza política que irrumpió –y rompió– la alternancia política encarnada por el PP y el Psoe. Por Psoe y PP. Léase bipartidismo, o gobierna tú que luego gobierno yo.

Ese sistema empezó a desmoronarse cuando faltaban 11 días para que llegara 2016. En las inolvidables elecciones del 20 de diciembre de 2015 ocurrió un hecho nunca visto: ni el PP ni el Psoe –esta vez en ese orden– tenían los votos suficientes para gobernar. Podemos, que había conquistado la tercera plaza en sus primeros comicios a nivel estatal, tenía media llave de la gobernabilidad. La otra mitad estaba en manos de Ciudadanos, un partido muy liberal y muy de derecha que nació en la irredenta Cataluña para reivindicar, sea donde fuere, la sacrosanta unidad de España.

Los pactos parecían cantados: PP+Ciudadanos y Psoe+Podemos. En realidad ninguna de las dos fórmulas alcanzaba la mayoría absoluta en el Congreso, pero al menos sentaba las bases para negociar con otros partidos minoritarios. Sin embargo –y por esto también será recordado 2016– la ecuación fue otra: Psoe+Ciudadanos. O lo que es lo mismo, el Psoe más el partido que crearon los grandes empresarios para impedir que la caída en desgracia del PP –golpeado por distintos casos de corrupción– significara la caída de los que defienden “a España”, un término multiuso que vale para todo, también para referirse a los que trabajan –nunca gratis, claro– para los de arriba, para los que manejan el control remoto.

BATIENDO RÉCORDS. El acuerdo entre el socialismo y la nueva derecha no sirvió para nada. Bueno, sí: al menos bastó para confirmar que Pedro Sánchez –ex secretario general del Psoe– estaba dispuesto a gobernar con la versión rejuvenecida del PP. Lo siguiente fueron otras elecciones. Las segundas en seis meses. Otro récord de la política española que tampoco se podrá olvidar, aunque algunos siempre lo intentarán.

En esa nueva cita con las urnas el bipartidismo volvió a ser tocado de muerte. Sin embargo, Podemos –ahora Unidos Podemos, gracias a la confluencia alcanzada con Izquierda Unida– no consiguió dar el temido sorpasso (superar, adelantar) al Psoe, que quedó segundo. El PP siguió primero –apoyado, principalmente, por el peso del voto rural y anciano, que es más de derechas que el propio Rajoy–, pero otra vez sin los apoyos necesarios para que su candidato tuviese una agradable y sencilla ceremonia de reelección.

Entonces volvieron las negociaciones. Sánchez ya no optó por Ciudadanos, básicamente porque Ciudadanos optó por el PP. La suma de ambas formaciones derechistas tampoco daba un resultado contundente, así que creció el clamor de un acuerdo entre el Psoe, Podemos y fuerzas de la izquierda nacionalista catalana, e incluso de los centroderechistas del Pnv vasco. El reloj apremiaba: si no alcanzaban un acuerdo antes del 31 de octubre, España tendría terceras elecciones en diciembre. O sea, ahora.

Cuando todo indicaba que habría una Navidad electoral, el Psoe recuperó el espíritu de la transición y entregó el gobierno al PP. La fórmula elegida fue la abstención. ¿El precio? Una crisis política sin precedentes en la historia del socialismo español. Hoy, mientras Rajoy sigue quemando energías en el gimnasio de La Moncloa, los distintos actores políticos sacan cuentas sobre lo que podría ocurrir en 2017. Y aunque el presidente no quiera, hay un escenario posible: si antes de mayo no se aprueban los presupuestos, el rey Felipe VI podría disolver las cámaras y llamar a nuevas elecciones. Si España fuera un juego de mesa, sería como volver al casillero de partida. Otra vez.

La guerra y el hábito

Cuando llegue la medianoche del 24 de diciembre no habrá festejos en el este de Ucrania. No se deberá a la guerra, aunque el conflicto está lejos de apagarse. Los separatistas rusófilos siguen en una tensa pulseada con las tropas del gobierno central de Kiev (surgido de las manifestaciones del Maidán, pro occidental y con alianzas en la extrema derecha).

No habrá festejos este 24 a la medianoche y tampoco será porque la mayoría de la población sea de religión ortodoxa y celebre la Navidad el 7 de enero. Porque tampoco ese 7 de enero habrá especial algarabía.

En el Donbass la fiesta principal sigue siendo el 31 de diciembre, herencia de los tiempos soviéticos, dijo a Brecha Pablo González, periodista español con más de quince estadías en el lugar en estos últimos años, que le han servido de base, por ejemplo, para su participación en el libro Ucrania, de la revolución del Maidán a la guerra del Donbass, que se presentó la semana pasada en Barcelona, con el autor recién llegado de la línea del frente.

Una línea que ya no es tan móvil, y que permite que la población tenga algo de normalidad a pesar de que el fuego no se haya detenido por completo. “Los últimos días ha habido combates intensos en los que han muerto varias decenas de soldados”, explica.

Y aunque ya no hay ataques de artillería contra los núcleos urbanos, “mucha gente está atrapada en el conflicto y el drama continúa; no mueren directamente por los combates, pero cada vez son más pobres, hay dificultades inmensas de infraestructura, de pensiones, de acceso a la salud, sobre todo en la zona gris entre los dos bandos”. González señala que en el este de Ucrania se viven, a la vez, problemáticas que son de la guerra y de la posguerra: “problemas sociales inmensos que son propios de ese proceso largo de reconstrucción que empieza una vez terminada una guerra… sólo que aquí aún no ha terminado”.

“Es increíble que la ciudad de Donetsk (una de las dos capitales de las repúblicas separatistas) viva con casi total normalidad, cuando todos los días por la tarde-noche se oye fuego de artillería. Parece difícil de imaginar, pero se da. La artillería está disparando a siete u ocho quilómetros de donde tú estás, y hay niños que vienen del colegio sin inmutarse, gente que se toma una cerveza o va a cenar. La gente se acostumbra y vive así.”

Como parte de esa normalidad, este 31 se sentarán a la mesa sobre las nueve de la noche. Será una mesa que reunirá a toda la familia “con muchos platos de comida típica, como la que nosotros llamamos ensaladilla rusa, que ellos llaman Olivier”.

Además de comer y tomar, mirarán la televisión.

Primero el discurso del presidente, aunque no precisamente el de Ucrania.

Luego recibirán el año escuchando las campanadas del Kremlin.

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