Bovarismo Football Club – Brecha digital

Bovarismo Football Club

Bovarismo es “el estado de insatisfacción crónica de una persona, producido por el contraste entre sus ilusiones y aspiraciones (a menudo desproporcionadas respecto de sus propias posibilidades) y la realidad, que suele frustrarlas”. En el mundo del fútbol, el fenómeno del bovarismo ascendente es el más común.

Triunfalismo chileno en las tribunas. Foto Archivo ACAR

A falta de definiciones de la Real Academia Española (más preocupada por “acuñar” palabras como “tuitear” o “papichulo”), diremos que según la Wikipedia, bovarismo es “el estado de insatisfacción crónica de una persona, producido por el contraste entre sus ilusiones y aspiraciones (a menudo desproporcionadas respecto de sus propias posibilidades) y la realidad, que suele frustrarlas”. Como cualquiera podría imaginarse, el término surge en homenaje a madame Bovary, personaje de novela que al parecer se hacía la linda pero era alto pokemón. O dicho de otra forma: se creía merecedora de una vida mejor que la que estaba destinada a tener.

Años más tarde, Alejandro Dolina nos advirtió sobre la existencia de diversos tipos de bovarismo.1 El común o clásico, al que denomina “ascendente”, es aquel que nos lleva a creernos mejores de lo que somos, a pensar que nuestro aporte a la sociedad es mucho mayor que el real. Es el caso del 94 por ciento de los periodistas deportivos. Luego tenemos el descendente, en el que el señor o la señora, hablando mal y pronto, se subvalora. No debe confundirse esta modalidad con la del falso modesto, aquel que se sabe crack pero que la va de humilde porque es tan crack que se da cuenta de que haciéndose pasar por humilde le va a ir mejor porque los uruguayos penamos el éxito pero festejamos la humildad, sea falsa o no. Por último, tenemos el bovarismo horizontal, que tiene lugar cuando la persona tiene una representación de sí misma que más o menos condice con la real. Tales los casos de Álvaro Gutiérrez, Santiago Ostolaza y algún otro volante central.

En el mundo del fútbol, el fenómeno del bovarismo ascendente es el más común, tanto a nivel individual como colectivo. El fútbol argentino es riquísimo en la creación de madames Bovary con canilleras gracias al influjo de su periodismo deportivo, muy proclive a apurarse a buscarles cualidades sobrenaturales a futbolistas del montón.

Quizás el ejemplo más recordable sea el de la selección preolímpica de 1992, bautizada por El Gráfico como “La Banda del Gol y el Toque”, en honor a La banda del Golden Rocket, una comedia juvenil de la época basada en un grupo de ni-ni que daban vueltas a la plaza del pueblo en un colachata amarillo.2 Tras un par de buenos resultados en partidos amistosos, no faltó que un Menotti (muy proclive a las comparaciones; recordemos que bautizó a Paolo Montero como “pichón de Passarella”) comparara a ese equipo con el juvenil argentino campeón del mundo en 1979, lo que por transitiva llevaba a comparar a Maradona con Latorre, que era el líder de este nuevo equipo y que también se llamaba Diego.

Lo cierto es que no sólo a ese equipo le fue mal (quedó eliminado ante una selección uruguaya en la que jugaban Marito Gastán, Luis Chabat y Osvaldo Canobbio), sino que sus individualidades tampoco lograron mayor destaque: Latorre nunca terminó de concretar sus presuntas capacidades, tanto que terminó sus días de futbolista en el Comunicaciones de Guatemala y en los Alacranes de Durango, de México. A hombres como Roa, Berizzo, Pochettino, Gamboa, Astrada, Mohamed y “Turu” Flores tampoco les fue demasiado bien: casi todos llegaron a Europa pero más que nada porque usaban arito y pelo largo y eran argentinos, algo que en Europa a principios de los noventa era muy atrayente. Quizás la excepción fue la de otro Diego, Simeone, que cumplió una destacada campaña en Italia y España.
Saliendo de nuestra hermana república peronista (que mal o bien nos ha dado a tres de los mejores jugadores que he visto en mi vida, como Maradona, Messi y Batistuta), podemos recalar en Chile, que en los últimos años se ha convertido en algo así como el paradigma americano del bovarismo ascendente. Leer las manifestaciones de algunos jugadores o periodistas nos hace entender que si la selección roja jugara al nivel de las expectativas que genera, sería imbatible.

¿En qué basan su eterno triunfalismo? No lo sabemos. ¿Juegan bien? Sí, son a América lo que el River de Almada al fútbol uruguayo: buenos jugadores, buen patrón de juego, técnico inteligente, campañas dignas, cero vuelta olímpica.

Quizás pese más el volumen del mercado chileno. Pues cuanto más poderoso es el mercado, más tendencia tendrá la afición de ese país a creerse superior.
¿Cuáles son los cinco principales mercados de Latinoa-mérica? Me atrevo a decir que: Brasil, México, Argentina, Colombia y Chile. Los cinco países creen integrar “la elite del fútbol mundial”, aunque lo cierto sea que sólo Brasil y Argentina la integran. Pero en los cinco hay empresas preocupadas por colocar sus productos, a las que les sirve hacernos creer que Ustari es el mejor arquero del mundo, o que “Chicharito” está al nivel de Cristiano, que Fred es un gran goleador o que alguien fuera de Chile sabe quién demonios es Gary Médel.

Golpe a golpe. El bovarismo ascendente tiene un problema: tarde o temprano la realidad prevalece y el golpe se produce, salvo que uno funde una empresa y se rodee de gente que le diga “sos un fenómeno, dignificaste al futbolista oriental” a cada rato. Y en ese momento suceden dos cosas. La primera: la crisis. Estalla lo que comúnmente se conoce como “puterío”, que en el ambiente del fútbol se traduce como “están todos peleados”, “metían mujeres al hotel”, “el técnico no le llega a los jugadores”, “Juancito no está lesionado, hicieron un control sorpresa y dio positivo”, “llegaron mamados del bautismo”, etcétera. Cosas que suceden en todos los equipos del mundo pero que se traducen en noticia cuando toca fracasar.

Lo segundo que ocurre es un cambio de rumbo. Nos pasó a nosotros después del Mundial de Italia: “afuera los repatriados, que vengan los jugadores con hambre”. Al tercer partido de ver jugar a los jugadores con hambre pensamos “ta bien que tengan hambre, pero no tanta, que vuelvan los repatriados”, pero ya era tarde.

En el caso de Chile la situación es más complicada: como la cantidad de torneos oficiales ganados por la selección trasandina en cualquier categoría es igual a cero,3 no ganar una copa no es estrictamente un fracaso, lo cual podría parecer positivo, pero no lo es tanto. Pues por un lado generás a un Pinilla que va y se tatúa una jugada que no fue gol. Y por el otro tenés a millones de hinchas chilenos que pasan vergüenza en los foros de Internet al pretender reivindicar una grandeza inexistente.

¿Será la próxima Copa América la escena ideal para que Chile salga campeón de una vez por todas, o no salga y la gente exija “cepillo y jabón” y arranquen de cero? Ojalá.

¿Y por casa? El bovarismo a la uruguaya tiene diversos ejemplos. A nivel individual quizás Juan Ramón Carrasco sea un caso referencial. En 2003 nos dijo que sus equipos “tiqui, tiqui, tiqui”, y que su selección preolímpica iba “a deleitar”. Pero ni una cosa ni la otra, y lo terminaron echando. Últimamente fracasó en Emelec, Paranaense y Danubio, hace dos años que no dirige, pero no tiene empacho en criticar el modo de juego de la selección.

A nivel colectivo, nuestros equipos grandes, sin ir más lejos, se siguen autoproyectando en el grupo de “clubes más importantes de América y el mundo”, cuando la cruda realidad nos señala que Peñarol, de las últimas 11 ediciones, ha jugado apenas cuatro, y que Nacional si bien jugó las 11, rara vez ha pasado la segunda fase.

Pero no son los únicos. Cuando sobreviene la crisis hasta los hinchas de las “instituciones modelo” son capaces de putear a sus jugadores, de irles a pegar, de presionar para que echen al técnico en la mitad del campeonato y de salir a buscar un técnico que tenga contrato con otra institución.

A la hora de buscar un ejemplo positivo de bovarismo horizontal, resulta inevitable destacar la figura del Maestro Tabárez. Si alguna virtud tiene, amén de la de haber logrado edificar un grupo del que todos quieren formar parte, es la de ejercer una conciencia plena de las bondades y defectos propios. ¿Será que a Tabárez le gusta que su equipo juegue como juega la selección uruguaya, o será que piensa que esa es la forma en que debe jugar para sacar mejores resultados?

Volvemos al principio: bovarismo es el estado de insatisfacción crónica de una persona, producido por el contraste entre sus aspiraciones y la realidad. La obra de Tabárez nos ha servido fundamentalmente para adecuar nuestras aspiraciones a la realidad, disminuyendo nuestra eterna insatisfacción. Haciéndonos, después de todo, personas más felices.

Por eso nos gustó tanto ganarle a Chile el otro día. En otro tiempo, las crónicas hubieran dicho que Uruguay se metió atrás y ganó de casualidad. Hoy dicen que Uruguay jugó fiel a su estilo, y que ganó bien.

1. Léase “El síndrome del bovarismo”, texto de Alejandro Dolina. Se consigue en Internet o en su librería amiga.
2. Yo veía Amigos son los amigos, que era el clásico rival de La banda del Golden Rocket. Así que es probable que el argumento de la serie no fuera exactamente ese.
3. El torneo Esperanzas de Toulon (versión francesa de la Copa Bimbo) es lo único que ha podido ganar la selección chilena.

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