Caminos diferentes

“Castigo del cielo”, “Brams o la komedia de los herrores”, “Julius”: tres estrenos de los últimos días coinciden, ya sea por la vía de la seriedad o la del humor, en referirse a las dificultades que el ser humano debe resolver para seguir adelante.

Castigo del cielo (Victoria), del uruguayo Joaquín Dholdán, dirigida por Fabricio Galbarini, presenta a un conocido hombre de ciencia (Diego Artucio) que, recién ante la figura del mismísimo Dios, comienza a obtener respuestas para problemas que en este mundo no pudo solucionar. Por cierto que Dios, en la ocasión, aparte de tener muchos asuntos que atender, resulta una silueta tan inesperada como para que dicho papel se le confíe a Natalia Lambach, una actriz con el síndrome de Down. Esto abre las puertas a la irrupción de la bienvenida conclusión que establece que, más allá de las diferencias que distinguen a cada ser humano de quienes le rodean, existen importantes coincidencias que vale la pena celebrar para que todos y cada uno tengan su lugar en el mundo. A dicho objetivo primordial y varios más que el espectador se encargará de detectar apunta el original texto de Dholdán que Galbarini, quien además asume las cambiantes identidades de anfitrión para los asistentes y nexo en lo que respecta a los personajes, lleva a escena en un vasto espacio que facilita los encuentros y desencuentros del protagonista con la atareada divinidad, un dúo que Artucio y Lambach retratan con la desenvoltura, los matices y los contrates que el autor les tenía reservados. La platea no tarda en sentirse involucrada.

Brams o la Komedia de los herrores (Notariado), de los españoles Sergi López y Toni Albà, con dirección de Hugo Blandamuro, en clave de comedia farsesca echa una ojeada a lo que sucede cuando al director, protagonista y encargado de la adaptación de un título de Shakespeare
–nada menos– le falla el resto del elenco y se ve obligado a tomar un único remplazante con quien compartir el escenario. El sustituto en cuestión resulta un novato con las características más sobresalientes de las siluetas que, para la pantalla, tantas veces compusieron cómicos como Jerry Lewis o Lou Costello, así que no es difícil imaginar cómo pueden transcurrir los más que escasos ensayos y, luego de éstos, la primera función en particular. Entre el franco disparate que incorpora el recién llegado a la representación y la mirada satírica que López y Albà echan sobre el cabeza de compañía que se cree todo un genio, el asunto cobra forma. Cuenta con una dirección de Blandamuro tan atenta a la incidencia de las dos únicas siluetas en escena como a la medida de los tiempos de las frecuentes entradas y salidas de uno y otro y las disparatadas interrupciones. A favor, claro está, tiene a un festejable dúo de comediantes que sabe hincarle el diente a todas las oportunidades que les brindan López y Albà. Vale la pena apreciar a Juan Gamero, como el divo tan pagado de sí mismo que no reconoce que hay ocasiones en las que se necesita dar el brazo a torcer, y a Leonardo Pacella, como el aspirante capaz de arruinar hasta las secuencias en las cuales no aparece. Las risas, por supuesto, llegan a la cita con total puntualidad.

Julius. Reportaje al pie del patíbulo (La Gringa), del checo Julius Fucik, adaptada y dirigida por Juan Tocci, pone en escena las reflexiones que el autor escribía estando confinado en un campo de concentración durante la Segunda Guerra Mundial, etapa que culminó en 1943 con su ejecución. Su viuda, tiempo después, logró comunicarse con el guardia que había guardado esta especie de diario de Fucik, que luego fue publicado en 1945 con tal repercusión como para que, en 1950 y de manera póstuma, se le adjudicara a su autor el Premio Internacional de la Paz. El trabajo de Tocci recoge buena parte de los relatos, impresiones y conclusiones del prisionero sobre su lucha diaria con los castigos, la propia muerte que lo ronda y la soledad del cautiverio, sobre amigos y enemigos, y, por cierto, sobre el sorpresivamente solidario guardia checo que lograba suministrarle papel para escribir. El testimonio, como no podía ser de otra manera, resulta sobrecogedor, a pesar de que la versión prefiere evitar el énfasis en los momentos más dramáticos. Único actor en escena, Iván Solarich, en el papel de Fucik, se comunica con su proverbial facilidad con una platea que sigue así un asunto que involucra más al intelecto que a los sentimientos.

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