Cansados

Algunos de los síntomas del agotamiento de este modelo son la honda crisis política que golpea en Brasil a Dilma Rousseff y al Partido de los Trabajadores (PT) y sus aliados parlamentarios, la derrota de la tensionada alianza entre kichneristas y algunos peronistas en Argentina, y el descalabro de Nicolás Maduro y su Partido Socialista Unido de Venezuela.

Estas circunstancias han de­sembocado en un debate por momentos muy entreverado. No faltan voceros conservadores que predigan la muerte de la izquierda, como dogmáticos progresistas que se niegan a ver los problemas y defienden ciegamente a sus gobiernos. Dejando de lado esos análisis superficiales, podemos encontrar una discusión más sustantiva.

En ese terreno ya no pueden negarse las dificultades de los progresismos tanto en la práctica, como puede ser en la gestión gubernamental, como en los conceptos, como ocurre frente a muchas ideas de políticos e intelectuales progresistas.

Los análisis parecen dividirse en dos posibles evaluaciones. Por un lado, están los que afirman que estamos frente a un “final” de ciclo de los progresismos, y por otro lado, quienes consideran que es más exacto hablar de su “agotamiento”.

Entre los que señalan un “final” progresista se invocan argumentos muy distintos y se siguen senderos de pensamiento diversos, como puede verse en Maristella Svampa (para el caso argentino, véase página 8), Edgardo Lander (Venezuela) o Raúl Zibechi (apelando a varios ejemplos sudamericanos). Como no puede ser de otra manera, los intelectuales y funcionarios progresistas rechazan esas evaluaciones, y sostienen que no hay ningún “final”.

La otra mirada, enfocada en el “agotamiento” del progresismo, sostiene que es difícil hablar de una finalización ya que existen distintos progresismos que siguen en los palacios de gobierno (por ejemplo Rafael Correa en Ecuador, Evo Morales en Bolivia y Tabaré Vázquez en Uruguay). Además, incluso allí donde sus gobiernos están arrinconados (Brasil y Venezuela) o perdieron las elecciones (Argentina), el progresismo subsiste en sus grupos parlamentarios y sus apoyos ciudadanos.

Esta posición parece más acertada, y es la que se sigue en este artículo. Es que más allá de esas distintas permanencias, es evidente que los progresismos actuales tienen otros contenidos políticos, han perdido sus capacidades de renovación e innovación y encuentran enormes dificultades.

Este es un entendimiento que también es esgrimido por otros analistas, quienes a su vez expresan énfasis y antecedentes variados. Son los casos de Juan Cuvi y Pablo Ospina para Ecuador, Salvador Schavelzon sobre el kirchnerismo o de algunos integrantes de Correio da Ciudadania para Brasil.

DIMENSIONES. El agotamiento de los progresismos puede ser descrito en tres dimensiones. La primera es la pérdida de su capacidad de innovación o renovación en las ideas y prácticas; la segunda está en que finalmente asumen como fatalidad no poder resolver una serie de cuestiones clave que habían prometido solucionar; y finalmente, un cambio en el balance de las prioridades, donde se ponen casi todas las energías en permanecer con el poder estatal.

En el primer caso, en los progresismos languidece la innovación política y a algunos se los ve exhaustos. Años atrás, ofrecían múltiples ideas renovadoras. Por ejemplo, proponían radicalizar la democracia y ensayaban instrumentos como plebiscitar decisiones clave o armar presupuestos participativos. Ese tipo de medidas se ha deteriorado, y hay algunos progresismos que las combaten (sin ir muy lejos, en Uruguay las consultas ciudadanas departamentales contra la megaminería fueron rechazadas, y en unos casos anuladas, bajo el gobierno de José Mujica).
De manera muy similar, encontramos muy poca o ninguna innovación sobre los fundamentos del desarrollo, ya que todos siguieron una política de dependencia de exportar materias primas. Hoy, ante la caída de su valor, siguen sin ensayar alternativas productivas y se esfuerzan en extraer todavía más recursos naturales o en darles más ventajas a los inversores. Casi todos caminan hacia gestiones económicas más ortodoxas, como los planes de austeridad de Rousseff en Brasil, o las alianzas público-privadas de Correa en Ecuador.

Es cierto que la gestión progresista todavía está lejos de los extremos neoliberales, y por ello no puede sostenerse que exprese un fundamentalismo de mercado. Pero también hay que reconocer que esa escasez de ideas los lleva a usar instrumentos de gestión convencionales. Son gobiernos ensimismados en la cotidianidad, y algunos de ellos, o sus partidos, han abandonado o cerrado sus centros de estudios.

En la segunda dimensión recordemos que los progresismos habían prometido solucionar problemas persistentes en cuestiones como educación, salud, vivienda popular, violencia y criminalidad urbana, y corrupción. Se podrá discutir los avances, estancamientos o retrocesos en cada uno de esos aspectos en los diferentes países, pero lo cierto es que, en general, la situación no ha mejorado sustancialmente en la mayoría, y que incluso hay retrocesos. Hoy parecen haber aceptado que no podrán solucionar sustancialmente esos problemas, los asumen como una fatalidad inescapable y admiten que habrá que convivir con ellos.

Esta resignación es clara ante la corrupción, como ocurre en Brasil en torno al caso Petrobras, que involucra a políticos con empresarios de corporaciones que Lula da Silva llamaba “campeonas” del desarrollo nacional. Pero lo mismo se repite en otros gobiernos.

Por ejemplo, en estas semanas en Bolivia la administración de Evo Morales debe lidiar con el más grave caso de corrupción de los últimos años. Allí se descubrieron usos ilegales de dineros que provenían de los impuestos sobre las petroleras y que debían destinarse a comunidades campesinas o indígenas pero eran aprovechados por líderes tanto de organizaciones ciudadanas como de partidos políticos, y que según las denuncias, también incluyeron apoyos partidarios.

Lo llamativo es que ahora el progresismo parece aceptar que la corrupción es endémica a los sistemas políticos y abandona la pretensión de erradicarla. Aparecen explicaciones sorprendentes, como los que dicen que nada se le puede reprochar al PT porque todo el sistema político brasileño es corrupto. Hay en esto un ánimo fatalista, se bajan los brazos a la tarea de erradicar la corrupción y sólo se miran sus costos electorales.

La tercera dimensión es un cambio en el balance de los esfuerzos políticos. A medida que se reducen las capacidades para nuevos ensayos e innovaciones y se aceptan problemas recurrentes, cada vez se dedica más energía a retener el poder estatal. Esto incluye gastos enormes en publicidad, intentos de encauzar los medios de prensa, controles sobre Ong, reformas electorales, buscar reelecciones presidenciales e incluso modificaciones constitucionales. Un caso extremo acaba de ocurrir en Ecuador, donde el presidente Correa impuso varios cambios constitucionales, incluyendo la reelección presidencial, esquivando la consulta ciudadana por medio del uso de su mayoría parlamentaria.

PLANOS QUE SE CRUZAN. Para entender cómo se intersectan estas tres dimensiones es apropiado observar la problemática del desarrollo. Estamos ante progresismos que finalmente quedaron atados a las ideas clásicas del desarrollo, como crecimiento económico y progreso material, motorizado por las exportaciones de materias primas y la atracción de inversiones. El desarrollo lo organizan e instrumentalizan de otro modo, a veces con más presencia del Estado, otras con mayor cobertura social, usando casi siempre otros discursos de legitimación. Pero siguen siendo desarrollistas.

A medida que esas estrategias se vuelven más inestables, los progresismos recurren a medidas económicas más convencionales, aceptan alianzas políticas con actores conservadores o pactos empresariales, y se obsesionan con retener el gobierno.

En Uruguay hay varios ejemplos. El progresismo no logra entusiasmar con nuevas ideas, no hay muchos espacios de debate, pero en cambio tienen mucha energía para sostener una agropecuaria trasnacionalizada, amparar la megaminería o darle facilidades a los inversores extranjeros.
Varios progresismos no toleran que la izquierda que no está en los gobiernos les advierta sobre sus contradicciones o les señalen su cansancio. Les responden con eslóganes, tildan de neoliberal a muchos cuestionamientos, apelan a las burlas y las descalificaciones (llamando a los críticos “infantiles” o “deslactosados”, como es común en Ecuador o Bolivia). Esto muestra que como los progresismos tienen cada vez menos argumentos, no les queda más remedio que reaccionar con adjetivos o burlas.

El agotamiento progresista por un lado permite mayores opciones de reorganización de la política conservadora, pero por otro crea escenarios a veces muy limitantes como para repotenciar una izquierda democrática e independiente que pueda retomar la tarea de la transformación. Este es, posiblemente, el problema más crucial que se abre ante nosotros en el futuro inmediato.

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