Caretas

Obama. El primer presidente negro de Estados Unidos. El premio Nobel de la paz. El padre de una bella y alegre familia. Ese Obama afable y sencillo quiso que su primera visita a Argentina se convirtiera en escenario de una foto que recorriera el mundo con un epígrafe: Esma, 24 de marzo, a 40 años del golpe militar. Click.

La reacción social corrió la fecha un día –será el 23– pero Obama no se resigna: quiere estar el 24 en el Paseo de la Memoria. Se trata de un escenario que, si se lo mira a través de un lente, es aun más espectacular: pasillos desolados con paredes de cemento erigidas con 30 mil bloques que representan esa cifra que lo pérfido intentó discutir y Obama quiere para su foto.

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¿Por qué?

La respuesta es compleja si refiere a la trama que teje el marketing político que convirtió a Obama en una de sus piezas mejor elaboradas. Pero es muy simple si se contesta con la realidad de Estados Unidos. El economista estadounidense Emmanuel Sáenz lo resume así: “Reagan fue el creador, Obama el ejecutor”. Describe así a un “modelo” que tiene dos patas que aplastan el concepto más básico de derechos humanos: brutal concentración de ingresos sostenida con brutal represión social. Un modelo que, además, tiene un brutal agujero negro: Guantánamo, la Edms estadounidense. No es una redundancia: es tres veces brutal.

Obama llegó a la presidencia con la promesa implícita de defender los derechos de la población negra y la explícita de cerrar Guantánamo. No cumplió ninguna y ambas constituyen hoy las brasas que pueden hacer arder su paso a la historia.

Estamos ante las últimas páginas del álbum de su mandato.

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EL CAMPO DE CONCENTRACIÓN. Estados Unidos alquila a Cuba el predio donde está ubicada la base militar de Guantánamo. El precio: 4.085 dólares anuales que deposita en Suiza. Desde 1959 Cuba se ha negado a cobrarlos porque hacerlo significaría reconocer el trato que, originalmente, era para instalar allí “una carbonera o una estación naval”.

El 11 de enero de 2002 comenzaron a llegar los primeros 20 prisioneros que convirtieron a Guantánamo en algo muy diferente. Desde entonces han estado en cautiverio 779 personas de 30 nacionalidades diferentes. De ese total, ocho murieron, siete se suicidaron y uno falleció “por causas naturales”.

Todos hombres, todos musulmanes, todos detenidos ilegalmente.

¿Cómo llegaron hasta Guantánamo?

Recordemos que Estados Unidos “tercerizó” la llamada “guerra contra el terrorismo”. Los primeros tormentos que sufrieron los capturados fueron los del mercado mercenario: el 93 por ciento de los detenidos en Guantánamo fueron secuestrados a cambio de recompensas, tal como reconoce en su libro de memorias el ex presidente paquistaní Pervez Musharraf, quien confesó que entregó a Estados Unidos “369 sospechosos de terrorismo” para que su país fuera “beneficiado con cuantiosas transferencias que suman millones de dólares”.

 

EL CIERRE DE NUNCA ACABAR. El último informe de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (Cidh) tiene 143 páginas, está fechado en junio de 2015 y fue titulado “Hacia el cierre de Guantánamo.” Resume todas las denuncias que la Cidh formuló desde dos meses después de arribar los primeros prisioneros, allá por 2002, hasta hoy: medidas cautelares, resoluciones, audiencias públicas, peticiones individuales, solicitudes de visitas (todas denegadas), comunicados de prensa y reuniones con expertos. Ninguno de estos procedimientos –mecanismos habituales para denunciar y frenar violaciones de derechos humanos– dio resultado y por eso este informe plantea la pregunta del millón: ¿la Onu se atreve a sancionar a Estados Unidos para forzar el cierre de Guantánamo?

Estados Unidos responde: si bien es Estado miembro de la Onu y ha suscripto toda la legislación internacional de defensa de los derechos humanos y asumido “el compromiso político de defender la Declaración Americana”, considera que no es “vinculante, no crea derechos jurídicos ni impone obligaciones a los signatarios”.

Es como decir: firmé, pero los derechos humanos son obligaciones para otros, y para nosotros, un adorno.

La Cidh responde: “Estados Unidos no sólo tiene la obligación de respetar los derechos humanos de todas las personas en su territorio, sino también de todos aquellos que se encuentren en territorio de otro Estado cuando estén sometidos al control y autoridad de sus agentes”.

Hasta el momento no lo ha hecho.

Datos que hablan. El informe dice, textualmente: “Los datos hablan por sí solos”. ¿Qué dicen?

Sólo el 1 por ciento de los detenidos en Guantánamo ha sido condenado. Esas condenas han emanado de una comisión militar.

En dos de los ocho casos juzgados, la condena fue anulada en la instancia de apelación, por falta de pruebas. A enero de 2015 los pocos procesos en curso –ante comisiones militares– se encontraban estancados en etapa preliminar, y esa etapa se había iniciado varios años antes.

El 99 por ciento de los prisioneros nunca tuvo acusación formal. Su prisión constituye lo que la Cidh define como “detención continua”, sin que se inicie proceso legal, sin derecho a la defensa y sin pruebas. Y reitera su conclusión, formulada en anteriores informes: “La detención continua e indefinida de individuos en Guantánamo es arbitraria y constituye una clara violación del derecho internacional”.

En el capítulo 3 detalla las condiciones de esa detención: comprueba torturas y tratos crueles, en los cuales, además de militares, han participado médicos y psiquiatras con el fin de que los tormentos sean más eficaces.

En aquel abril de 2011 Wikileaks reveló 759 documentos secretos del Pentágono que detallaban los tormentos padecidos por los prisioneros. Un caso: Abu Zubaydah, 44 años, fue trasladado en 2002 a Guantánamo. Permaneció allí nueve años. Fue sometido 83 veces a la técnica de tortura conocida como “submarino”. Perdió un ojo. Otro: Mayid Jan, 35 años. Lo colgaban desnudo durante tres días sin darle alimentos y le tiraban chorros de agua helada.

“Guantánamo se ha convertido en el símbolo de la violación sistemática a los derechos humanos. Muestra la anatomía de la bestia en ese espacio oscuro donde las leyes y los derechos no se aplican”, sintetizó el fundador de Wikileaks, Julian Assange, al presentar los documentos.

La Cidh da por probada la tortura como plan sistemático de interrogatorios y va por más: solicita que Estados Unidos desclasifique las pruebas, investigue los abusos contra los detenidos para identificar a sus responsables y ordene la reparación económica a las víctimas.

 

QUÉ PASA HOY. Hoy en Guantánamo hay 91 personas detenidas ilegalmente; 35 de ellas ya tienen aprobada su transferencia a otros países, pero aún no se concretó su liberación. En ese centro de detención ilegal todavía trabajan 6 mil miembros de las fuerzas de seguridad de Estados Unidos. El costo anual de la Esma estadounidense es de 650 millones de dólares, según estimó Obama en el discurso en el que, por quinta vez desde su mandato, prometió el cierre de Guantánamo.

“Pocas promesas electorales le han generado tantos dolores de cabeza al presidente Obama como su compromiso de cerrar Guantánamo”, resume la Bbc en un informe de mayo de 2013.

Hay quienes argumentan que no puede hacerlo porque el Congreso se opone a trasladar a los prisioneros a penales estadounidenses. Alegan el peligro que significan, pero el motivo real es la situación ilegal que dio origen a su condición de presos: un traslado representaría reconocer todo lo ocultado durante todos estos años.

¿Entonces?

¿Puede Obama cerrar Guantánamo?

“Puede, pero no quiere: el presidente tiene autoridad, conforme a la legislación existente, para transferir a los detenidos. Por otra parte, ninguno de los detenidos tuvo nunca un alto rango operativo en Al Qaeda, como lo han reconocido militares y funcionarios del más alto nivel en una investigación publicada por el diario The New York Times, responde Thomas Wilner, abogado que presentó ante la Corte un hábeas corpus por todos los detenidos. Concluye: “Para cerrar Guantánamo el presidente debe tener el valor de respaldar sus palabras con hechos”.

La frase coloca el dedo en el centro de esta llaga: en la campaña electoral, el candidato Obama había dicho textualmente: “Hay que cerrar Guantánamo como un ejemplo de liderazgo no de palabras, sino de hechos”.

El objetivo de la Cidh, dice su informe, es cerrar Guantánamo.

Obama anunció en febrero pasado un plan para hacerlo.

Ya trascendió que no va a lograrlo. Puede, tal vez, conseguir otra cosa que le permita colocar en el álbum de su mandato una imagen relacionada con los derechos humanos.

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EL COLOR DE LA DESIGUALDAD. El primer presidente negro del país más poderoso del mundo logró, a tan sólo 30 días de llegar al gobierno, salvar algo muy importante: destinó 800.000 millones de dólares para rescatar al sistema financiero, a los buitres. El resultado puede apreciarse en la lista que todos los años realiza la revista Forbes: las 400 personas más ricas de Estados Unidos son ahora doblemente más ricas.

Al mismo ritmo creció la violencia policial contra los jóvenes negros, que representan la población más empobrecida y marginada en la última década. El portal Vox ha diseñado un mapa interactivo que registra los asesinatos cometidos por las fuerzas policiales desde el año 2000 hasta 2015: 5.600 casos. Aclara que esta cifra representa sólo el 35 por ciento de los casos denunciados. Aun así, esta muestra deja en claro que desde 2013 el promedio no baja de 1.100 casos anuales. La estadística comprueba que la tendencia criminal de la policía ha crecido exponencialmente en los últimos años.

El 40 por ciento de las víctimas son negras. Negra es también la pobreza, que sube al 26,2 por ciento en esa comunidad frente al 10,1 en la población blanca. Y negra también es la cárcel, que convierte a Estados Unidos en el país del mundo con mayor cantidad de población entre rejas: 2.300.000 personas, según revela una nota publicada por The New York Times con base en datos del Centro Internacional de Estudios Carcelarios, del King’s College de Londres.

Otro récord: la desigualdad. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, de la que Estados Unidos es miembro, dio a conocer que “la cifra más alarmante es la de Estados Unidos: el 5 por ciento más rico obtiene una riqueza 91 veces mayor que la media de todo el país”. ¿Por qué? Explica esta organización: “En el caso puntual de Estados Unidos se debe al poco gasto en programas sociales”.

“¿Qué tan ricos queremos que sean los ricos?”, pregunta el economista Paul Krugman en un artículo publicado en enero de este año. Luego de repasar todas las teorías que justifican la desigualdad (sí, en Estados Unidos hay teorías que justifican eso), Krugman responde: “No: los ricos no tienen que ser tan ricos como lo son ahora. La desigualdad es inevitable; tanta desigualdad como la que se registra en Estados Unidos hoy en día no lo es”.

No es la foto de esa pirámide de injusticias la que quiere Obama para coronar el final de su mandato. Busca, en cambio, posar firmando acuerdos y tratados que garanticen el traslado de fondos de un continente que se ha mantenido relativamente fuera del alcance de su poder de succión.

El periodista Jeffrey Golberg, que entrevistó varias veces a Obama, sintetizó en una sola palabra la estrategia que ideó para América Latina: paciencia. “Cuando en 2009 decidió no confrontar con Hugo Chávez demostró que había elegido una actitud pasiva. Esa actitud es la que ha apaciguado el antiamericanismo y ha aumentado la influencia estadounidense en América Latina.”

Obama viene, también, a sonreír.

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(Tomado de Mu, Buenos Aires, por convenio).

 

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