Carrera contra el olvido

Trece años han pasado desde la gran aventura familiar “Buscando a Nemo”, tiempo suficiente para que hayamos extrañado a sus personajes. Dory, quien quizá sea el secundario más inolvidable parido por la firma, pasa aquí (“Buscando a Dory”) a ser estrella en el relato.

Difícil era la tarea de entregar una secuela a la altura de un precedente que supuso uno de los picos más altos de la compañía de animación Pixar, el ma-yor recinto de creatividad de Hollywood en las últimas dos décadas. Pero la apuesta era fuerte, y Dory, quien quizá sea el secundario más inolvidable parido por la firma, pasa aquí1 a estar en el centro, a ser estrella en el relato. Trece años han pasado desde la gran aventura familiar Buscando a Nemo, tiempo suficiente para que hayamos extrañado a sus personajes y que su director, Andrew Stanton, pudiese pensarse bien la historia. En el ínterin, también nos en-tregó otra joyita (Wall-E), así como una fallida película de acción real (John Carter).

Aquí Stanton retoma la compañía, y con ella el buen camino. Buscando a Dory cambia el eje esta vez y se centra en la historia previa de esta simpática pececita con problemas de memoria a corto plazo. Gracias a ciertos indicios que la memoria a largo plazo, la buena, le va dando, Dory es orientada en la búsqueda de sus padres, a quienes perdió siendo una niña. Es así que, repitiendo la fórmula de travesía y des-cubrimiento, esta obra está provista de toda la inteligencia y la creatividad que caracterizan a Pixar, con una nueva docena de personajes maravillosos además de escenas descollantes, como el secuestro de un camión por parte de la protagonista y un pulpo camaleónico, una muestra del mejor Stanton en estado de gracia.

En este caso la búsqueda del título (en inglés sería “encontrando” en lugar de “buscando”, pero la lectura se mantiene) no sólo refiere al extravío y búsqueda de Dory, sino que la misma Dory es la que está buscándose y encontrándose a sí misma, escarbando en su memoria y en su historia pasada.

Pero a pesar de ser una película muy entretenida y a la altura de sus firmas, no llega a alcanzar el vuelo de su predecesora. Si bien Dory era un personaje maravilloso como secundario y como comic relief, esas características que la volvían un compañero ideal de aventuras no operan de la misma forma siendo ella el personaje principal. Marlín, protagonista en Buscando a Nemo, puede parecer a priori menos interesante, pero al ser un personaje temeroso y desconfiado, su travesía a través del océano para dar con su hijo –que además estaba enclaustrado en una pecera, dentro de un apartamento– se presentaba como una tarea realmente quijotesca y titánica, agregándole una sostenida tensión al asunto. Dory en cambio es valiente y arrojada, y aunque su memoria a corto plazo pueda ser un problema, sus instintos siempre la llevan por buen camino y la hacen superar invariablemente todos los obstáculos, y eso es algo que se sabe desde el primer minuto. Por esto, desde un comienzo lo imposible se relativiza y se ve en esta película como algo factible de realizarse (a los pocos minutos de metraje los personajes ya están atravesando el océano montados en tortugas gigantes).

Pero además este particular perfil olvidadizo y algo verborrágico en un protagónico se vuelve un poco incompati-ble con la idea de un personaje central que llame a una identificación efectiva y que sufra una transformación interna, además de presentar un eje moral sólido. Todo ello se encontraba en el menos simpático Marlin, y Buscando a Nemo contaba con una mirada y una progresión dramática que la convertían en un viaje épico y clásico, una lucha contra sí mismo y los elementos. Este crecimien-
to y esta progresión, en cambio, aquí parecerían ausentes.

  1. Finding Dory. Estados Unidos, 2016.

 

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