Cierre de fronteras: una red agujereada

En la “línea” que une Santana con Rivera.

Puesto fronterizo de control del Ejército / Foto: EjercitoUy
Netuy marzo21

Desde Rivera

El presidente de Brasil niega la importancia de la pandemia que, según cifras oficiales de valor muy relativo, ha matado ya a 3 mil brasileños. Pero, tranquilos. Hace un mes que pudo verse en Twitter un épico video mostrando a los transportes del Ejército dirigiéndose hacia el norte a clausurar la frontera. Bueno, así estaba la cosa el domingo.

La fila de vehículos avanza lentamente. Hay un tanque aparcado al lado del cartel que anuncia los heroicos servicios de un batallón del Ejército. Un tanque. Estamos en guerra contra el coronavirus, eso está clarísimo. Un soldado se acerca y me pide a mí, el conductor, la cédula de identidad. La mira fijamente durante unos segundos, sosteniéndola en sus manos enguantadas con látex. No la registra en ninguna planilla, como en otra ocasión vi hacerlo. La está memorizando, supongo. Me la devuelve, amablemente me autoriza a avanzar deseándonos buen viaje y se dirige al vehículo de atrás. Deseándonos, porque vamos en la camioneta, además del conductor, mi compañera, los dos niños y mi prima. Seguramente se les vio en la cara lo uruguayos que son, orientales de pura cepa si los hay, porque prescinde totalmente de pedirles identificación. Desinfecto mi cédula: mi compañera se ríe, pero es que aquellos guantecitos vienen tocando cientos de documentos. Otro militar se aproxima: me vuelve a pedir la identificación. Su colega le grita desde atrás que ya lo hizo. Me mira y mira en derredor confundido, no sabe qué hacer, elige el vehículo que nos precede y allá va. Pareciera que el hecho de que todos los vehículos estén uno detrás del otro, contrario a lo que cualquier lego civil pudiera pensar, no es ayuda suficiente a la organización de esta inspección. La fila sigue avanzando. Ahora se para a mi lado un funcionario de la Aduana. Me pregunta si llevo mercadería. Le digo que sí. Me pregunta si es para vender o para consumo personal. Le digo que es para vender, que es todo contrabando. No le causó gracia. Le digo que no, que nos vamos al campo y llevamos un surtido para el consumo familiar. Me pregunta si es para consumo familiar. Le digo que es para consumo familiar. Me ofrezco a bajar y abrir las puertas traseras de la camioneta para revisar la mercadería. Se va sin mirar. Supongo que va a llamar a alguien, llevamos un surtido grande. Pero no, se da vuelta y, al verme aún parado, me grita: “¿Es para consumo familiar?”, “¡Sí, sí!”, “¡Entonces continúe el viaje, por favor!”. Decido no considerar la aspereza de su tono, sino reconfortarme en la confianza que otorgó a mis simples palabras.

Venimos de Rivera. Horas atrás hicimos filas en locales de ambos lados de la línea divisoria, con las correspondientes mascarillas y alcohol de bolsillo. Esbozos de improvisada autolegislación pegados en cada umbral, con un festival de criterios: hasta dos, hasta tres, hasta diez personas en el local, uno por familia, mantenga distancia, al entrar tome una tarjeta y devuélvala a la salida, atención por ventanilla, no más de cuatro litros de leche por cliente. Y su correspondiente policía, encarnada en los sobrepasados funcionarios: “¡Por favor, señora, espere afuera, ya es la tercera vez que le pido!”, “Senhor, não pode levar doze litros de leite”, “¿Dónde dejó la tarjeta que le di a la entrada?”. En Santana do Livramento hubo catorce casos confirmados de covid-19. En Rivera hubo uno. Las dos ciudades juntas sobrepasan los 150 mil habitantes. No es que haya un tráfico continuo de una ciudad a la otra: son una sola ciudad binacional. “Riveramento”es una ciudad de casi 200 mil habitantes, extrañamente con sólo cinco casos confirmados, que no ha parado: ayer de tardecita estaba todo abierto y la gente salió a pasear como cualquier domingo. Pero no es una ciudad común, es una ciudad-corredor, donde diariamente cruzan la calle (única separación imaginaria de los dos países) miles de personas. Algunos son vecinos que cruzan la calle para comprar más barato, o porque tienen familiares o trabajo en el lado opuesto al de su casa. Pero hay muchos otros que atraviesan este corredor viniendo de bastante más lejos. Y… “No te quiero asustar, Bart, pero tal vez el Coco está en la casa.”

Las fronteras siempre fueron zonas de excepción. Cuando en tiempos de excepción generalizada se exceptúa de la excepcionalidad a la ya de por sí excepción, la ahora doblemente excepción se vuelve una mina enterrada que no tenemos idea de cuándo ni dónde nos puede explotar en la cara. Lo de desinfectar mi cédula –así como la plata, los tickets, los productos, etcétera– puede ser el extremo de la paranoia y, a la vez, revelar en su minúscula, insospechada y remota pertinencia la infinidad de vías de contagio que no estamos considerando, la arbitrariedad de nuestros cuidados frente a nuestros descuidos, el tamaño de las fisuras de nuestra barrera contra la pandemia, que más bien es una red bastante agujereada. “Nuestra” como país, digo, como institucionalidad. ¡Y mientras tanto un tanque! La fila avanza lentamente, pasa por delante del imponente tanque y lo deja atrás. La fila de vehículos no deja de avanzar, de pasar por la agujereada red lenta y tranquilamente, como pececitos minúsculos, o como virus.

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