De cine, cuatro platos

Quedan sólo tres días del 34 Festival Cinematográfico Internacional del Uruguay, y ante la abrumadora avalancha de películas a veces resulta difícil elegir. Brecha recomienda cuatro notables títulos que vuelven a repetirse en estas últimas jornadas de maratón cinematográfica. Para que después no digan que no avisamos...

A veces se tiene muy mala suerte y se asiste justo a las peores películas del festival, otras veces, con un poco de acierto y un buen asesoramiento, uno puede dar con un puñado de películas sobresalientes. En cualquier caso, asistir a un festival supone la oportunidad de ver un cine distinto que, aunque pudiera no colmar del todo nuestras expectativas, supone una experiencia muy alejada de la que proporcionan las salas comerciales. Uno puede no gustar de una película surrealista y profundamente deprimente como La espuma de nuestros días –por poner un ejemplo–, pero ningún espectador podría negar que se trata de una proyección absolutamente atípica, casi marciana, sin dudas muy diferente a todo lo que acostumbra a ver en salas el resto del año. Ir a un festival, dejarse llevar por sus caprichosas pesquisas es ante todo un ejercicio de apertura mental, de descubrimiento de nuevos mundos. Y muchas veces damos con auténticos diamantes en bruto, por lo que la aventura vale siempre la pena. A continuación, varios de los hallazgos de este cronista.

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Tangerine es la bomba. Se trata de una diligente travesía a través de los suburbios de Los Ángeles, de la mano de dos travestis airados que salen a la búsqueda de un proxeneta con el que ajustar cuentas. En su recorrido se cruzarán con muchos travestis más, con prostitutas, policías, traficantes, adictos varios, un taxista rumano y sus allegados. Si la anécdota, ambientada en un entorno marginal y repleta de personajes border, ya es de por sí notablemente atractiva, la puesta en escena es asimismo sobresaliente: fue filmada íntegramente con i-phones, pero gracias a las nuevas tecnologías en lo referente a steadicams, las tomas son limpias, sin temblequeos o movimientos bruscos. También, sorprendentemente, se hace un uso formidable de la paleta cromática, con colores chillones y saturados pero siempre armónicos. Pese a que la variada música (electrónica, clásica) se impone reforzando el artificio, sorprendentemente la propuesta no deja de ser realista. En ese sentido, es probable que tanto la proximidad que permiten las cámaras (los celulares, mejor dicho) como el uso de actores no profesionales hayan sido grandes aciertos.

Por lo pronto el director Sean Baker ha logrado una de las mejores películas de este festival, una obra fresca, repleta de buenas ideas, con buen ritmo, una estética atrapante y ambientada en un entorno atípico. Más allá de todos esos méritos, no es común dar con una película que equilibre tan bien la comedia, el drama y el cine social, que delimite personajes tan complejos como queribles, que transgreda al mismo tiempo que divierte y emociona. Y, no menos importante; es notable que en este paquete se logre humanizar a un puñado de representantes de una minoría de parias, demostrando los muy cercanos conflictos que viven aquellos que realmente tienen poco para perder, relegados a los últimos confines de la exclusión social.

En las antípodas en estilo y forma, se encuentra el extrañísimo documental mexicano Las letras. Se trata de una joyita igual de innovadora y personal, pero esta vez carente de una narrativa lineal, de una intención clara o explícita, o siquiera de pistas claras que nos orienten en su recorrido. Por supuesto, se trata de un cine bien propio de festivales, del que muchos espectadores huirán despavoridos por no atenerse a parámetros reconocibles o a lineamientos nítidos; pero quien esté preparado para una inmersión sensorial y vivencial, no le tenga miedo a los experimentos audiovisuales y guste encontrarse dentro de las salas con un mundo de atmósferas y sentimientos plasmados, no debería dejar pasar esta notable producción. La nueva película del gran Pablo Chavarría Gutiérrez supone un viaje flotante y onírico a través de la Sierra Madre Oriental, un universo agreste en el cual los habitantes de la comunidad El Bosque convergen con la naturaleza, se desempeñan en juegos o en labores mínimas, recorren los vastos terrenos. Para su captura, el director hace uso de variados recursos cinematográficos: cámaras invertidas, juegos con los focos, repeticiones en loop y un montaje que vincula escenas aparentemente inconexas, aunque armónicas en sus paisajes sonoros.

Lo que se esconde detrás de lo visible es la historia de Alberto Patishtán Gómez, profesor y activista indígena que fue condenado injustamente a una reclusión de 60 años por el asesinato de cinco policías. Luego de 13 años de confinamiento, el Poder Ejecutivo de México reconoció que hubo una violación de sus derechos durante su proceso penal, y por ello le fue concedido el indulto. Pero esta película no apunta al panfleto ni a la denuncia explícita, por el contrario, apunta a captar esos espacios perdidos que le fueron vedados a Patishtán, un mundo agreste y repleto de vida al que esporádicamente le son superpuestos algunos de los escritos del activista, cálidos, humanos y esperanzadores.

La anécdota de la polaca-israelí Demonio, de Marcin Wrona se centra en un joven que llega a la Polonia rural, para casarse en los terrenos campestres de la acaudalada familia de su novia. Recorriendo las inmediaciones de la antigua casa que la pareja obtiene como dote, el protagonista encuentra restos humanos enterrados, y luego de una breve estadía comienza a desarrollar un extrañísimo comportamiento. Es en plena boda que Piotr comienza a dar señales de que algo muy malo le sucede: convulsiones, una agresividad a flor de piel, visiones extrañas. Cuando el novio comienza a hablar en yiddish ya nadie parece dudarlo: fue poseído por una antigua alma en pena, más exactamente, por un dybbuk, espectro de las leyendas judías, entidad sobrenatural que invade un recipiente humano con el objetivo de completar aquello que no pudo realizar en vida.

Pese a los intentos de la familia, sobre todo de su suegro, de tapar y acallar el suceso, y de embriagar bien a los festejantes para que no se den por enterados, poco puede hacerse para ocultar los horrores ancestrales (y no tanto) que circundan a esa familia. Los lugares comunes del cine de terror que en un principio parecían llevar la narración de forma convencional dan paso a una atmósfera lúgubre y patética, de fuerte contenido alegórico. Mientras los personajes se ven superados por la situación –incluido un cura que, como buen representante de la Iglesia, opta por mirar para el costado–, se va dejando en evidencia cómo aquellos que en el pasado dieron vía libre a los nazis con sus planes de exterminio hoy empeñan en la misma zona los terrenos para su devastación y explotación megaminera. Polonia parece condenada, y no es precisamente el dybbuk la peor de las amenazas.

Como los asiduos del festival ya están enterados, el cine iraní suele lanzar año tras año varias de las películas más sólidas de la programación, y Nahid no es una excepción. Quien da con su nombre título al filme es una mujer de mediana edad, divorciada y con un hijo, que vive en una ciudad en la costa del mar Caspio. Su ex marido es un yonki en rehabilitación, pero aun así la ley iraní dispone que sea él quien se quede con la custodia; en un pacto de palabra, el ex marido acepta que ella viva con su hijo con la condición de que no vuelva a casarse con otra persona. Aquí es que surge una complicación puramente iraní: los casamientos temporales, ideados para que los adultos puedan tener relaciones sexuales –aunque sea por una vez– sin faltar a la ley. Nahid conoce a un hombre que, al menos en apariencia, parecería cercano a un ideal: atento, bien plantado, con una situación económica desahogada. Pero los problemas de Nahid no son pocos y el sistema legal y de creencias imperantes no sólo no toma en consideración a las mujeres divorciadas, sino que parecería complotar para hacerles la vida imposible. Nadando en un mar de complicaciones, el cuadro que envuelve a Nahid da cuentas de la lucha inagotable que debe dar una mujer sola por salir adelante; el casamiento temporal que contrae con su nuevo candidato puede ser lo legalmente establecido, pero también le pesa como una maldición.

Con una aproximación austera, despojada de elementos dramáticos –el rostro atormentado de Nahid ya es más que suficiente–, la cineasta Ida Panahandeh presenta un mundo de conflictos humanos determinado por estructuras paternalistas arcaicas. La narrativa cíclica da cuentas de una maraña adulta en la cual los problemas se suceden unos a otros indefinidamente: quizá algunos pueden disolverse, pero también terminan abriéndole camino a otros nuevos. Y, pareciera decir Panahandeh, en este trajín los más afectados son los niños, quienes observan desorientados circunstancias que los exceden, y que dejan en ellos huellas imborrables.

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