Cine instintivo – Brecha digital

Cine instintivo

Gonzalo Lugo y Florencia Colucci, con 25 y 28 años, son directores, productores, guionistas y protagonistas de la película “Retrato de un comportamiento animal”. Además de ser dos de los cineastas más jóvenes de nuestro país, han logrado una película muy diferente a lo que se ha visto hasta ahora en el cine uruguayo.

Foto: Difusión

Florencia Colucci Long ya había sido una gran revelación como la actriz omnipresente en La casa muda (2010), y actualmente se desempeña en teatro y varias series, como la última de la productora Aceituna Films, Rotos y descosidos. Por su parte, Gonzalo Lugo es egresado de la Ecu y ha filmado varios cortos y actuado en tantos otros. Actualmente produce, escribe, dirige y también actúa en la serie televisiva Las paquitas del humor. En Retrato de un comportamiento animal ambos realizadores proponen una suerte de road movie, una narración dinámica con un guión certero y variados y ocurrentes recursos (como voces en off que relatan la historia y hasta dan cuenta de lo que ellos piensan, y tramos que simulan una aproximación documental).

Al ser una pareja en la vida real, la química entre ambos personajes se hace presente ya en las primeras escenas, en las que, siendo todavía perfectos desconocidos en la ficción, se pelean mortalmente en la ruta como lo harían dos niños ofuscados. Aquí comienza un trastabillante recorrido hacia Brasil en el que el “comportamiento animal” de ambos se impone en encuentros y desavenencias, en las disputas, en procesos torpes de seducción, en una forzada convivencia que irá diluyendo, sólo de a ratos, las grandes diferencias entre ambos.

Lamentablemente la película en este momento sufre de idéntica marginalización que El hombre nuevo, de Aldo Garay, y ha quedado relegada a una sala en un solo horario. Lo que una vez más demuestra la ausencia absoluta de políticas culturales que defiendan la visibilidad y la permanencia en cartel de las producciones uruguayas. Ante este vacío y el silencio mediático, Lugo y Colucci han llegado a disfrazarse ellos mismos de gorilas y repartir volantes de la película a los transeúntes en 21 de Setiembre y Ellauri. La clase de iniciativa “a pulmón” característica de la realización en conjunto de su largometraje, y de la cual conviene tomar nota como un elocuente apunte acerca del nulo interés gubernamental por el cine del país.

Se plantearon desde un principio filmar esta película aunque no obtuvieran fondos. ¿Es posible filmar en este país sin contar con fondos estatales?

G L —Nosotros pudimos, pero es una película “guerrillera” que teníamos muchas ganas de hacer, en parte para sacarnos las ganas de filmar, experimentar y ejercer el oficio. Hubo también otros casos de películas recientes que no contaron con fondos, se me vienen a la cabeza otras que obviaban el esquema tradicional de producción, como Kamikaze, y 23 segundos. Se puede hacer, pero hay que encarar sacrificios mayores, y contar con un equipo de voluntarios dispuestos a trabajar por amor al arte.

F C —Como somos todas personas que elegimos esta profesión por un interés primario que no es el dinero, lo hacemos. Yo como actriz también he trabajado en otros proyectos sin que me pagaran, pero no es el ideal para nadie, obviamente uno aspira a obtener una remuneración por su trabajo.

G L —Además, las películas que se pueden hacer así son solamente las de esta clase, que se adaptan a las circunstancias y a las limitaciones que uno tiene.

F C —Claro, como en este caso, donde lo importante pasa por los personajes y su interacción, y no hay grandes despliegues de producción.

Además, al ser una ópera prima todavía puede pensarse en un cine hecho gracias a la buena voluntad de los amigos, pero es lógico que no se puede continuar indefinidamente con un esquema así.

F C —Sí, en un momento se vuelve necesario pagarles a los actores y a los técnicos, y uno mismo necesita ingresos para vivir.

¿Cuántas personas había en el rodaje?

G L —Cinco, contándonos a nosotros. Un cámara y director de fotografía (Francisco Jaso), un sonidista (Ignacio Reta) y Rocío Piferrer, una amiga de Florencia que era totalmente ajena al mundo del cine pero nos dio una mano increíble en la producción de campo, y que incluso actúa. Y nosotros dos, que protagonizamos y cumplimos los roles de dirección.

Bueno, eso explica que se haya podido hacer. ¿Tienen idea del presupuesto?

G L —El presupuesto real, es decir, lo que gastamos en comida, alojamiento y transporte, fue de 4 mil dólares para 17 días de rodaje.

F C —Pero si tomáramos en cuenta las horas de trabajo que cada uno puso, el presupuesto sería muchísimo mayor. Lo que gastamos fue eso, pero hay que recordar ese trabajo no remunerado que hicimos todos.

G L —Calculamos que si hubiéramos pagado ese trabajo y le agregáramos también los gastos de posproducción, el presupuesto total de la película sería de unos 60 mil dólares. Lo cual sigue siendo muy poco.

¿Cómo se dividieron las tareas durante el rodaje?

F C —Mi formación es como actriz y la de él es la de realizador, entonces yo estaba focalizada en dirigir a todos los no-actores del rodaje (gente de la zona, familia), y él más en los aspectos técnicos. Igual ambos estábamos pendientes de todas las áreas y opinábamos acerca de todo.

G L —Pero además fue un rodaje en el que resolvíamos muchas cosas en el momento: es verdad que teníamos un plan de trabajo y sabíamos la cantidad de escenas que teníamos que sacar por día, y lo cumplíamos. Pero después era improvisación en todo momento: a la hora de elegir las locaciones de un día para otro, y si un lugar nos inspiraba para inventar una escena la improvisábamos, porque teníamos la libertad de hacerlo. Como no hubo un guión técnico, podíamos decidir ahí mismo cómo relatar las escenas.

F C —Luego, a la noche, veíamos todo el material, si algo no nos convencía, lo hacíamos de vuelta al día siguiente.

¿Qué les dirían a los jóvenes cineastas que aún no se han largado a filmar su ópera prima?

G L —Hay que tirarse al agua. Nosotros lo hicimos sabiendo que si nos equivocábamos igual iba a ser valiosa la experiencia. Al no existir grandes pretensiones de nuestra parte, ni lineamientos muy rígidos ni una presión externa, gozábamos de una libertad muy interesante.

F C —Nos propusimos hablar de algo que a nosotros nos identifica realmente; y no tanto crear desde lo racional, sino volcar instintivamente en la filmación puntas sobre el amor en su forma más básica y esencial, la dificultad de los vínculos, las dudas propias de las primeras citas.

Las partes más agrestes de la película tienen lugar en Pântano do Sul, un pueblo costero bastante recóndito…

F C —Sí, fue increíble porque es un pueblito parecido a lo que era Punta del Diablo hace más de una década. Todos los lugareños estaban muy abiertos a nuestra llegada y hasta se prestaron para aparecer en la película. Filmamos a un montón de personas, entre ellas, a pescadores, y cada uno al que nos acercábamos aceptaba encantado. De 60 personas a las que les pedimos permiso para filmarlas, 59 nos dijeron que sí. Lo mismo con los lugares, un restaurante muy bonito, un barco, todo a disposición.

G L —No hubo ningún problema, ni con la policía ni con los locales, pero además tampoco sentimos que estuviéramos invadiendo. Es el lugar de la isla que tiene una esencia más hippie, a lo Rocha. Un pueblito chico al que no llega tanto el turismo, apenas un poco de turismo interno brasileño.

¿En qué tipo de cine se inspiraron?

G L —Como nuestra intención fue hacer básicamente una road movie, nos empapamos mucho en el género. Nos gustó mucho Un camino para dos, de Stanley Donen, y su estilo de viaje y comedia, pero también hay algo de Linklater y su trilogía de Antes del amanecer, sobre todo por el vínculo genuino que existe entre los personajes principales. A mí también me gusta mucho la primera etapa de Godard, sobre todo Pierrot el loco, que también tiene road movie e historia de amor. Y tu mamá también asimismo tiene una voz en off similar a la de esta película.

F C —En el Instituto de Actuación de Montevideo (Iam), una de las obras que más me gustó interpretar fue Esperando a Godot, y en la película decidimos homenajear a la obra, y casi que plagiarla.

—Ustedes actuaron también juntos en el cortometraje Obdulio el patriota, otra vez trabajando con el humor y éste combinado con sentimientos dolorosos, como la ruptura de una pareja. ¿Es un interés en común con el director Juan Manuel Solé?, ¿piensan seguir en este registro?

G L —Con Juan Manuel Solé e Ignacio Monteverdi fundamos Calimari Films, la productora con la que realizamos nuestros proyectos. Los tres somos egresados de la misma generación de la Ecu y nos acercamos porque compartimos el mismo sentido del humor y una sensibilidad afín, siempre en un decidido registro de comedia. A mí me gusta mucho la comedia tipo Larry David, Ricky Gervais y otros realizadores incómodos. Ahora con Calimari hicimos la serie Las paquitas del humor, que continúa en este registro.

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