Cita con el maestro en el Solís

Quinteto Astor Piazzolla.

Quinteto Astor Piazzolla

Antes de Astor Piazzolla, el tango era antiguo. Luego de Astor Piazzolla, ya nunca será moderno. O al menos así lo parece. Desde el punto de vista melódico, armónico, rítmico, compositivo y arreglístico parece haber agotado todo nuevo camino. Hace casi sesenta años que formó su quinteto y hasta hoy nadie ha encontrado un nuevo camino para sentar una nueva escuela tanguera.

Con la misma unción futbolera del hincha que recuerda con precisión la formación del equipo de sus amores a lo largo de los años, yo recuerdo la formación del quinteto de Piazzolla cuando lo vi, en la fila tres del teatro El Galpón, a mitad de los años setenta: Osvaldo Tarantino en piano, Antonio Agri en violín, Horacio Malvicino en guitarra, Kicho Díaz en contrabajo y, claro, Piazzolla en bandoneón. Hasta tuve el honor de entrevistar a Astor la mañana del concierto en Radio Sarandí y que éste me regalara tres entradas…

A partir de este martes 10 de abril, recordaré la formación del Quinteto Astor Piazzolla que presentó en el Solís su emocionante y excepcional homenaje al maestro: Nicolás Guerschberg en piano, Sebastián Prusak en violín, Germán Martínez en guitarra, Sergio Rivas en contrabajo y Lautaro Greco en bandoneón, más el director del grupo, Julián Vat, en flauta y saxo y el gran Hugo Fattoruso en piano y acordeón como invitados (Hugo estuvo sólido y mesurado en el piano y celestial en el acordeón).

El Quinteto es una máquina de música y demuestra por qué Piazzolla una y otra vez declaró que esa formación de a cinco era su preferida. Piazzolla, en realidad, tocaba dos instrumentos: el bandoneón y el quinteto.

Vimos y escuchamos en el Solís a un grupo de inmensa musicalidad, ensamble perfecto, y toda la técnica y el ángel tanguero para tocar lo que Piazzolla escribía en el pentagrama y “las otras notas” que no estaban en el papel, pero que eran parte de la magia piazzollística.

En nuestro principal teatro vimos y escuchamos a un contrabajista firme y de hermoso sonido, un guitarrista de gran precisión y buen gusto, un pianista de notable técnica y elegancia, y particularmente a un violinista y un bandoneonista excepcionales. El violín de Prusak sonó pleno de lirismo, perfecta afinación y un uso notable de la dinámica. El joven Lautaro Greco es, a sus 28 años, una bestia musical y uno de los cuatro o cinco grandes bandoneonistas que hay en el planeta Tierra. Lo tiene todo: lenguaje tanguero, dedos infalibles y un virtuosismo asombroso, pero que está lejos de la mera exhibición de circo; por el contrario, respira musicalidad. Su fraseo es una mezcla de Troilo, Piazzolla, Mosalini, Pane, Marconi y diría que también Messi, ya que por momentos es increíble cómo sus notas ganan el aire y llegan jugadas con inmensa belleza al auditorio.

Como desafortunadamente no se entregó programa, hay que apelar a la memoria para reconstruir las piezas. Estuvieron las esperadas “Adiós Nonino”, “Lo que vendrá” o “Verano porteño”, otras no tan obvias como “Chin chin” o “Soledad”, y en lo personal me resultó particularmente conmovedor el “Concierto para quinteto”, una de las más bellas obras del maestro.

Una noche memorable que ojalá se repita. El hombre que derogó toda vanguardia estuvo aquí y siempre esperaremos su retorno.

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