Ciudades inteligentes, gente nula – Brecha digital

Ciudades inteligentes, gente nula

En la saga de inteligentes ya existen teléfonos, televisores, relojes, minucias varias y, caminando a paso firme, se vienen las casas para interconectar todo con todo. Pero la serie continúa, Ibm, Microsoft, Siemens, Hitachi, Cisco, van más allá y ofrecen servicios que analizan los datos de toda una ciudad para convertirla en “inteligente”.

La ciudad inteligente de IBM

En 2008 las Naciones Unidas develaban que más de la mitad de la población del mundo vive en ciudades, y se calcula que 70 por ciento lo hará para 2050. La metrópoli atenta contra el anonimato y sus habitantes pasan a ser “data”. En esta era post PC, una empresa como Ibm se propone grandes desafíos. En 2012 dirigió un documento de 538 palabras a un público objetivo bastante particular: los alcaldes e intendentes del mundo, a quienes les reconocía que el “trabajo de intendente ha comenzado a parecerse a la carga de Atlas. Infraestructura, agencias, servicios, economía y bienestar de los ciudadanos, todo demanda cambios. (…) Los líderes de ciudades de todo el mundo se movilizan más allá de las decisiones basadas en política para remodelar las ciudades con los conocimientos extraídos de los datos. Con logros eficaces, los recursos pueden ser coordinados, los problemas anticipados y la información integrada”.

Una ciudad inteligente implica que los sistemas de transporte, electricidad, gas, agua, teléfonos y, en general, todos los servicios públicos sean constantemente monitoreados, y que tanto las autoridades como los ciudadanos estén al tanto de qué está pasando en su ciudad. Si la intendencia de una ciudad monitorea el sistema de limpieza, el camión recolector pasará únicamente por los lugares donde hay basura, por ejemplo, y el contenedor tendrá una alarma que avisará al usuario que está repleto y que debe dirigirse al contenedor más cercano señalándole dónde lo encontrará. Básicamente, una ciudad inteligente necesita la constante recopilación de datos de varios sistemas de sensores que a su vez son parte de un sistema de sistemas donde todo es contabilizado, calculado y analizado de forma tal de admi-nistrar eficientemente.

Después de años de trabajar como director de diseño de interfaces para usuarios de Nokia, en 2010 Adam Greenfield fundó urbanscale.org para “traer una perspectiva donde el ser humano sea el centro del diseño de productos, servicios, intervenciones espaciales y donde la tecnología pase a ser una condición urbana para el beneficio de todos quienes viven, trabajan, se esfuerzan y sueñan en las ciudades del mundo”.

El pasado 14 de diciembre en el periódico británico The Guar-
dian, el escritor Steven Poole se preguntaba al respecto: “¿Y qué papel jugará el ciudadano? Ese ejército de empleados impagos que gene-
ran información y datos contribuyendo voluntariamente a una base de datos urbanos monetizada por empresas privadas. ¿Es el ciudadano visualizado mejor que un píxel que se desplaza lentamente, yendo al trabajo, de compras o volviendo a casa, en un colorido monitor 3D? ¿O es el ciudadano, con todo derecho, una fuente impredecible de demandas y reclamos?”. La ciudad inteligente con tecnología omnipresente donde los seres humanos somos ceros y uno tiene que tener alternativas, porque los carísimos sistemas de sistemas que venden las multinacionales no son más que capitalismo duro y puro.

“De los presupuestos participativos de Porto Alegre (los de Montevideo no son tan conocidos) a la literal ‘desestratificación’ que provoca el sistema de metro cable de Caracas, a los ‘matatus digitales’ de Nairobi (práctico mapeo de los vehículos del sistema público de transporte) y los reutilizados buses ferry de Manila (autobuses atornillados a remolcadores que permiten un sistema de ferry por el río Pásig), las comunidades del (hemisferio) Sur son responsables de un largo desfile de innovaciones sociales y técnicas que rivalizan con cualquier cosa que el mundo desarrollado ofrece para el ingenio y la utilidad práctica.”

Considerando estas últimas innovaciones, Greenfield propone pensar a quiénes beneficia realmente la idea: “Cuando se examina la documentación interna (de las empresas multinacionales tecnológicas) y los materiales de marketing e intervenciones existentes, es evidente que hay una importante corriente de pensamiento acerca de la ciudadanía que está presente en todos ellos, con consecuencias bastante graves para la política de participación”. Además Greenfield señala puntualmente que estas multinacionales construyen una imagen bastante chata del ciudadano, básicamente la de un consumidor pasivo de los servicios municipales, además de un generador de datos. Y es que la ciudad inteligente no prevé conductas disruptivas por parte de sus habitantes.

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