Clásico de cemento

Mientras en filas carboneras comienza la “forlanmanía” y la hinchada tricolor se pregunta qué futuro le espera de la mano del debutante Munúa, el estadio de Peñarol amenaza con convertirse en una realidad llamada a modificar las costumbres del público seguidor de nuestro alicaído balompié.

Foto: Prensa Peñarol

Las fotos que circulan por las redes sociales impresionan: el futuro estadio de Peñarol ya tomó forma de tal y ya no suena descabellado pensar que pueda estar listo para el debut del equipo de las 11 estrellas en la Copa Libertadores del año próximo. Parece que a Dios –célebre manya– le resulta mucho más sencillo operar sobre las condiciones meteorológicas que sobre los resultados de los partidos, tanto que hace un año y medio que no llueve, habilitando que los carboneros hayan podido levantar la estructura de su enorme escenario en el tiempo en que una cuadrilla no sería capaz de terminar un parrillero, en un año con un promedio de lluvias normal. A lo sumo habrá algún obrero bolso que tendrá a bien escatimar pórtland o cortar alguna varilla con el fin de retrasar la obra. Lo cierto es que si no es hoy será mañana, pero Peñarol tendrá, por primera vez en mucho tiempo, un estadio del cual sentirse orgulloso.

Para los hinchas de cuadro chico, viajar hasta las afueras de Montevideo para ver un partido ante el equipo mirasol pasará a ser aun más desalentador de lo que ya es: superada la novedad de ver a Forlán con la 10 carbonera, y de conocer el estadio, varios se cuestionarán la pertinencia de compartir ruta u ómnibus con miles de hinchas carboneros, perdiendo tiempo, dinero y acaso salud mental para –en el mejor de los casos– rescatar un punto. Sumado al hecho de que en el Parque Central hace tiempo que los visitantes son incapaces de ver a través de los alambrados y las rejas que encierran a su sector, los hinchas de cuadro chico en cancha de equipo grande –que ya de por sí son pocos– pasarán a ser una especie casi extinta, tal como los tigres blancos o los militantes del Foro Batllista.

Y aquí es donde aparece el primer efecto colateral del flamante estadio: crecerá la presión de los hinchas de los demás equipos para jugar de locales en campo propio, en una suerte de devolución de gentilezas. Algo así le ha venido ocurriendo a Nacional: desde que sus socios se han acostumbrado a ir al Parque sin pagar, cada vez van menos al Centenario, y a los demás cuadros se les hace cada vez más redituable sacar a Nacional de los estadios mundialistas montevideanos. De hecho, en el pasado Campeonato Uruguayo, y pese a que generalmente es verdad aceptada que los grandes no salen del Parque Batlle o La Blanqueada, Nacional se coronó campeón tras haber visitado la no tan despreciable suma de siete canchas. Claro que los demás, salvo Peñarol, visitaron 15.

La inauguración del estadio Campeón del Siglo (tal como, afirman, se llamará) servirá para impulsar a los parciales aurinegros que masivamente ganarán el Anillo Perimetral con tal de ser parte de los primeros pasos del gigante de Jacksonville. También legitimará al presidente Juan Pedro Damiani, que a falta de títulos (dos campeonatos uruguayos en ocho años, contra cuatro de Nacional) tendrá derecho a pasar a la historia del club no ya como el “hijo de” (José Pedro) sino como el “padre de” (el estadio).

Sin embargo, el día en que la pelota comience a correr sobre el césped carbonero se estará concretando la mayor victoria clásica de Nacional sobre Peñarol de los últimos 74 años. Es que los tricolores, fundamentalmente al influjo del discurso de su ex presidente Ricardo Alarcón, y de la mano de conceptos tales como el de “cultura Nacional”, lograron darle un poder simbólico a su viejo Parque Central que llevó a su eterno rival a convencerse de que necesitaba un estadio propio. Con el puntapié inicial se estará concretando una victoria clásica que los hinchas albos deberían festejar colgados del alambrado.

Peñarol se endeudó, su interna se enrareció aun más de lo común, y –fundamentalmente– el equipo y sus hinchas se trasladarán fuera de los límites del Parque Batlle. Y todo porque a Nacional se le ocurrió arreglar y agrandar su estadio, y vanagloriarse de ello. El equipo que ganó mayor cantidad de campeonatos uruguayos en la era profesional, jugando cerca del 90 por ciento de sus partidos en la misma cancha, decide pagar una fortuna para comenzar a jugar de local a 160 cuadras de distancia. Suena, cuando menos, extraño.

Claro está que la revancha ya está en juego: como Peñarol está próximo a inaugurar un estadio más grande que el suyo, Nacional se sintió presionado para presentar un proyecto de ampliación de su Parque, habilitando la polémica entre quienes defienden el proyecto y quienes lo critican por elitista, al privilegiar a los palcos por sobre las tribunas populares.

En cualquier caso, nos aprestamos a vivir algo que desde hace 85 años no se ve: clásicos en los que la localía trascenderá el mero hecho de ocupar tal o cual tribuna o tal o cual banco de suplentes para tener al árbitro asistente a tiro y presionarlo al grito de “¡orsái!”.

Más allá de polémicas interminables, de hechos de violencia que tarde o temprano viviremos y que irremediablemente llevarán a que los clásicos se terminen jugando sin público visitante, la posibilidad de que un gol de Abreu o Forlán sea suficiente para silenciar a un estadio entero no deja de ser un aliciente para quienes vivimos aferrados a la posibilidad de creer que nuestro malogrado fútbol local aún es capaz de seguir generando historias dignas de ser contadas.

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