Cocinar, comer, escribir – Brecha digital

Cocinar, comer, escribir

Toda una rareza, una película de India en nuestra cartelera. En “Amor a la carta” un error propicia esquelas entre una cocinera y un hombre agraciado con sus manjares, una comunicación entre dos solitarios.

Toda una rareza, una película1 de India en nuestra cartelera. Rareza que no conviene dejar pasar, porque si la trama de la historia perfectamente podría servir para un filme de cualquier otra procedencia, es justamente la presencia de un entorno –la ciudad de Bombay, una de las más pobladas del mundo– y de una forma de comunicarse o no dentro de ella la que da a Amor a la carta su encanto particular.
En esa ciudad miles de amas de casa y/o empresas privadas elaboran viandas para otros tantos miles de empleados de distintas ramas, que son recogidas y llevadas hasta su destino por los llamados dabbawallahs, que al atardecer devolverán los recipientes vacíos. En un vertiginoso sucederse de camionetas, bicicletas, trenes, al parecer el sistema, que de sólo mirarlo marea a cualquiera, sin embargo casi nunca falla, tanto que hasta la Universidad de Harvard dedicó al asunto un estudio. Ese “casi” origina la historia. Ila (Nimrat Kaur), una bonita y joven esposa con una hija pequeña, se esfuerza en preparar deliciosas comidas para su evasivo marido, bajo el precepto de que todo hombre se conquista o se reconquista por el estómago. Pero el repartidor se equivoca y las viandas de Ila van a parar a las manos de Saajan Fernandes (Irrfan Khan, un rostro conocido desde Quién quiere ser millonario, y sobre todo desde Life of Pi), un maduro y solitario oficinista viudo, a punto de jubilarse. El error propicia esquelas entre la cocinera y el agraciado con sus manjares, que van pautando, a medida que se suceden, alguna forma de comunicación entre dos solitarios.

El director Ritesh Batra, que debuta con este largo en la ficción –antes hizo documentales, y al parecer la idea de este filme empezó como documental–, establece un bien logrado contrapunto entre espacios colectivos siempre bulliciosos, siempre saturados de gente –la gigantesca oficina, los trenes u ómnibus repletos, los cantos grupales, el delirante amontonamiento y traslado de recipientes de comida–, y el tono pausado, calmo, de las escenas íntimas de cada uno de los protagonistas. Ila en su cocina, con la presencia de una tía que nunca se ve pero de la que se oye la voz, Fernandes en su casa silenciosa y vacía, mirando por la ventana una cena familiar de los vecinos que es como el contratito de su propia vida. Otro personaje, el candidato a sustituir a Fernandes cuando se jubile, un joven simpático y esforzado llamado Shaikh (Nawazuddin Siddiqui), es como un nexo entre esos dos universos desde que logra vencer la cerrazón del primero e inmiscuirse en su vida y a la vez incorporarlo a la suya. Hay detalles que sorprenden a un espectador de estos lares, desde el apellido del protagonista, que uno no esperaría en India, hasta que en distintos diálogos los personajes pasen de su idioma propio al inglés sin que se explique la transición. Pero esos toques que seguramente tienen que ver con una realidad de la que nada conocemos no entorpecen el desarrollo de la película. Narrada con una delicadeza que incluye toques de humor, atenta a las casi imperceptibles variaciones en la conducta y estado de ánimo de sus personajes hasta volverlos próximos y queribles, Amor a la carta borda una posible historia de amor con final incierto, dejando esa sensación gratificante de haber asistido a algo que es a la vez pequeño y esencial.

1.     Dabba-The lunchbox. India/Francia/Alemania/Estados Unidos, 2013.

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