Conocer al prójimo

La Carolina del título es una veinteañera portadora del síndrome de Down, con quien la realizadora Mariana Viñoles conversa a lo largo de una película que empuja al espectador a comprender mejor a otros seres humanos que quizás no haya tenido la oportunidad de apreciar de cerca.

En un mundo donde cada día más se encuentran pruebas de que, por motivos congénitos o meramente circunstanciales, todos somos diferentes, se plantea con creciente intensidad no sólo la inquietud de entender al llamado diferente –o sea, cualquiera de nosotros–, sino también la necesidad de asegurarle un lugar en la sociedad. Un lugar que se obtiene a través de la educación y el entrenamiento, de modo que esa persona aprenda, exprese sus inquietudes, lleve a cabo las actividades para las cuales se halla mejor dotada y disfrute de la relación con quienes le rodean. Tales los objetivos que un portador del síndrome de Down debería lograr al igual que cualquier otro miembro de una especie humana que concede menor importancia a otras diferencias –físicas, psicológicas, raciales–, que en la actualidad, de pronto, llaman menos la atención que años atrás.

Las charlas con Carolina acercan a la platea a una chica que lamenta el divorcio de sus padres, se refiere con tristeza al hermano que no llegó a conocer y parece añorar la interrumpida relación con un muchacho, al tiempo que se ilusiona con un nuevo novio. Una chica que estudia y se informa con la alegría, las incógnitas, las sorpresas y las tristezas de quien sigue adelante con su existencia. La charla en cuestión, habida cuenta de lo distinta que Carolina puede ser con respecto a cualquiera que luzca más delgado, menos sonriente, más comunicativo o menos movedizo que ella, sirve asimismo para constatar cómo, en muchos casos, el espectador ha vivido alguna situación similar a las que cuenta Carolina, o hasta qué extremos puede ahora quien se sienta en la platea comprender a otro que, antes de entrar al cine, le resultaba distante.

Tal lo que da a pensar el trabajo de Viñoles (codirectora de la inquieta Crónica de un sueño, 2005), quien en la oportunidad, a pesar de que concentra enorme atención en las respuestas y reacciones de Carolina, elige no mostrarse, aunque se la escucha departiendo con la protagonista, una opción que extiende a otras personas que la frecuentan. Este trabajo documental parece, sin embargo, reclamar la presencia de quienes rodean con asiduidad a Carolina, así como imágenes que la muestren en medio de sus actividades diarias. Se extraña entonces ese complemento que podría decirle al espectador mucho más acerca de la titular que la monótona repetición de interrumpidas secuencias de planos de la muchacha sentada a una mesa mientras dialoga con una invisible Viñoles, que se concentra en dicha mesa con el empeño que ponía en marcha el argentino Adriano Salgado para inmovilizar la cámara en La utilidad de un revistero (2013), un recurso que allí, por diferentes motivos, le funcionaba. Aquí resulta contraproducente, y es una lástima, ya que el asunto, dado su enorme interés, merecía un tratamiento cinematográfico más clásico, una continuidad capaz de atraer a todo tipo de espectador dispuesto a aproximarse a una Carolina mucho más cercana de lo que imagina.

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