Conspira-virus, la otra pandemia

El conspiracionismo entre la psicología y la ideología.

Un recurso saludable para mantenerse en guardia contra las medias verdades y los discursos oficiales es tener siempre a mano una buena dosis de espíritu crítico, pero en estos tiempos de incertidumbre no es menos importante saber calibrar muy bien nuestro escepticismo, para no desbarrancar en los abismos cognitivos de las teorías conspirativas, un riesgo del que ni el más curtido cientificista debería sentirse a salvo. Las crisis suelen ser terreno resbaladizo para estas caídas, y convengamos que el zeitgeist de estas sociedades posmodernas hiperconectadas tampoco ayuda. Hasta el más despistado entre los ignorantes sospecha que da más likes pasar por excesivamente suspicaz que por demasiado ingenuo.

Hasta ayer nomás, antes que se desatara la pandemia, una de las teorías conspirativas más difundidas era la del llamado nuevo orden mundial (en adelante, Nom). Se trata de una expresión con antecedentes lejanos y significados difusos que pueden rastrearse hasta la posguerra, cuando comenzaba a explorarse la creación de las Naciones Unidas. Fue retomada luego del colapso de la Urss, pasada la Guerra Fría, para referirse al fin de las políticas de bloques, como expresión de las nuevas formas de alineamiento mundial bajo el dominio hegemónico de Estados Unidos. En su versión conspirativa del siglo XXI, la referencia al Nom tiene como denominador común un conjunto de políticas que apuntan, en lo económico, a promover la globalización mediante la apertura comercial, una fuerte expansión económica y el libre mercado, mientras que en lo social suele relacionarse a la imposición de la llamada corrección política, la nueva agenda de derechos, la ideología de género y el multiculturalismo. Dicho todo esto así, un poco a lo bestia, para saber de lo que estamos hablando.

La idea central detrás de la conspiración del Nom es la supuesta existencia de una poderosísima elite internacional que opera en secreto con una finalidad globalista para imponer un gobierno mundial único bajo su dominio. Las estructuras desde las que ejerce su poder esta inmensa maquinaria serían las grandes corporaciones multinacionales, las financieras y los organismos multilaterales de crédito, como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, la Organización Mundial del Comercio, el G20, el Foro de Davos y hasta la propia Organización de las Naciones Unidas, todos los cuales actuarían, a sabiendas o no, al servicio de aquella elite transnacional. Pero el poder de este grupo no se limita al manejo de la burocracia internacional, sino que va mucho más allá, llegando a manipular los principales medios de comunicación, las academias y centros de investigación, las Ong y las organizaciones ecologistas globales, los planes de estudio de las instituciones educativas y los algoritmos de búsqueda de Internet. Hasta la ciencia misma estaría contaminada, la cual deja de ser una herramienta genuina para el avance del conocimiento para transformarse en un instrumento más de dominación, motivo por el cual, desde esta óptica, suele cargársele un mote peyorativo y sospechoso: la “ciencia oficial”.

Si alguien quiere saber quiénes son estos dueños del mundo que actúan tras bambalinas, se va a encontrar con múltiples versiones de acuerdo al perfil ideológico de quien sustenta la teoría. Están los que apuntan a los masones o a los illuminati, a los sionistas, al marxismo cultural, a la plutocracia o, en las versiones más inspiradas, hasta a los mismísimos extraterrestres. Pero lo que es casi seguro es que, en todos los casos, el eje del mal termina personificado en los rostros bien reconocibles de los ultrarricos: la familia Rockefeller, los Morgan, Bill Gates, George Soros, los Rothschild, los Du Pont, Zuckerberg, Bloomberg, etcétera.1

Se trata de una visión del mundo con secuelas devastadoras para las sociedades, la política y la institucionalidad. Los gobiernos nacionales no serían mucho más que títeres manipulados, y los grupos sociales, organizados en asociaciones civiles y Ong, no harían otra cosa que operar acríticamente cumpliendo los dictados de agendas foráneas funcionales a los verdaderos centros de poder. Las democracias liberales no serían más que un formalismo vacío, un artilugio armado para dirimir aspectos superfluos, que apenas rozan las cuestiones verdaderamente importantes. Porque las cosas que deberían importar a la sociedad no son las que definen los partidos políticos libremente organizados, y se terminan reflejando en sus plataformas y programas, sino las que los conspiracionistas consideran importantes. Una visión emparentada con las críticas hacia la “democracia burguesa” desde la izquierda revolucionaria de los años sesenta. Finalmente, los simples ciudadanos no seríamos mucho más que peones del sistema. Consumidores lobotomizados, inconscientes de nuestro penoso rol instrumental.

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Sebastián Diéguez, investigador de la Universidad de Friburgo, Suiza, especializado en neurociencia y psicología cognitiva, identificó los ingredientes que definen el cóctel mental del típico conspiranoico:2 pesimismo, ansiedad, extremismo político, sesgos de razonamiento, poca confianza en la ciencia y en las autoridades y vínculo con creencias marginales como las paranormales. Diéguez encontró un sesgo común entre estas personas proclives a “explicar eventos socio-históricos en términos de conspiraciones secretas y malévolas” y los creacionistas: el pensamiento teleológico. En ambos tipos de mentalidad predomina la necesidad de atribuir “un propósito y una causa final a eventos y entidades naturales”.3

A pesar de lo que podrían llevar a pensar algunos análisis (véase “Salir del espiral”, Brecha, 24-IV-20), no se trata de un fenómeno enraizado únicamente en la ultraderecha. Estudios llevados a cabo en Estados Unidos y los Países Bajos mostraron una fuerte correlación entre el extremismo político en las dos puntas del espectro y las creencias conspirativas.4 Muchas de ellas, como la conspiración de la tecnología 5G, los chemtrails o los antivacunas, tienen fuerte arraigo en corrientes de izquierda tecnofóbicas, vinculadas con el misticismo new age o con la subcultura hípster. Una izquierda posmarxista y antimoderna que desconfía de la ciencia y el progreso, deslumbrada por la falacia naturalista, el orientalismo y el pensamiento mágico de las pseudociencias (reiki, homeopatía, etcétera), un combo percibido como un estilo de vida “natural” y antisistema. No por casualidad los niños de algunos barrios de la elite liberal de Hollywood alcanzaron, en 2014, porcentajes de vacunación inferiores a los de países africanos devastados por la pobreza y la guerra civil.

Diéguez destaca la incidencia del factor ideológico por sobre el psicológico: “Las personas de posturas conservadoras extremas tenderán a creer que el cambio climático es una patraña orquestada para demoler el sistema capitalista, mientras que aquellos en el otro extremo del arco político defenderán que existe un complot de las corporaciones y los gobiernos para tapar los perjuicios de los cultivos transgénicos”. Aquello del consenso científico no es más que una farsa orquestada por el lobby verde, para unos, o por Monsanto, para otros. Con relación al Nom, sus partidarios de izquierda nos alertarán contra la imposición del capitalismo global y neoliberal, mientras que los de la extrema derecha y los católicos conservadores denunciarán la imposición del pensamiento único de la corrección política, la inmigración, que destruye los valores nacionales, y la ideología de género, que corrompe a la familia. Ambos extremos se odiarán por las ideas que los separan, pero se sentirán confortablemente arropados con las banderas del nacionalismo antiglobalización.

Michael Butter, profesor de Historia Literaria y Cultural de Estados Unidos en la Universidad de Tubinga, asegura que estas creencias son fundamentales para la identidad de las personas que las promueven. “Son una auténtica declaración de cómo funciona el mundo. Y así se explica todo. No existe la casualidad y todos los engranajes encajan. La fe y la difusión de las teorías de la conspiración supone destacarse entre la multitud, y sus teóricos reclaman haber comprendido cómo funciona realmente el mundo. Han despertado y abierto los ojos mientras los demás permanecen inactivos. Por eso su identidad depende tanto de la creencia en estas teorías.” Y continúa: “Para algunos es más fácil aceptar que cualquier villano está moviendo los hilos que aceptar que, realmente, nadie tira de los hilos. […]. Al mismo tiempo, tienen que hacer complicadas operaciones para mostrar por qué X e Y están en connivencia, y por qué todo es parte de un plan maestro”.5

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Estas complicadas operaciones mentales a las que refiere Butter se pueden ver con claridad en la pirueta que debieron hacer sobre la teoría del Nom tras el surgimiento de la covid-19. Si hay algo indiscutible como efecto colateral de la pandemia mundial es el colapso estrepitoso de las políticas centrales que venían impulsando los organismos multilaterales. Difícilmente pueda pensarse en algo ubicado más en las antípodas de las pretensiones globalizadoras: paralización de la actividad económica, cierre de fronteras, frenazo brutal de la industria y los servicios, y una reducción drástica de los intercambios comerciales con efectos inevitables por venir, tales como recesión económica, aumento del desempleo y la pobreza, etcétera. Para un conspiranoico con un mínimo de consistencia racional, debería romper los ojos que detrás de las medidas de aislación y confinamiento impulsadas por la Organización Mundial de la Salud (Oms) se esconden los sectores antiglobalización, el movimiento altermundista y anticapitalista o los activistas climáticos liderados por Greta Thunberg, con sus recetas de ralentización económica y recortes abruptos de las emisiones de CO2. Hasta sonaría lógico. Pero no. El apego a la racionalidad no está en el menú de sesgos cognitivos que correlacionan con estas mentalidades.

Los mismos que hasta ayer alertaban sobre las maquinaciones ocultas de las elites para imponer su agenda de libre mercado y transformarnos en sumisos consumidores son ahora firmes convencidos de que esas mismas elites dieron un volantazo en sus objetivos estratégicos y dinamitan las economías nacionales, imponiendo un terror injustificado y manteniéndonos aislados, en cuarentena. Esta asombrosa capacidad para sostener ideas contradictorias fue confirmada por un estudio de tres investigadores de la Universidad de Kent, Inglaterra, en 2012. Es más fuerte la creencia matriz, a saber, que las autoridades son las responsables de un complot y de su encubrimiento, que la creencia subsidiaria: para imponer el libre mercado o (por el contrario) para destruir las economías.6

En las últimas semanas tuvieron lugar en distintas partes del mundo manifestaciones contrarias a las restricciones y el confinamiento impuestos por los gobiernos para reducir la difusión de la covid-19. Lo novedoso de estas protestas fue ver cómo una causa común puede reunir a simpatizantes de Trump o de la ultraderechista Alternativa para Alemania, según el caso, codo a codo con manifestantes anticapitalistas y de las más variadas teorías conspirativas: desde los antivacunas o los contrarios a la tecnología 5G hasta simpatizantes del movimiento QAnon.7 Todo un abismo ideológico suturado milagrosamente por una convicción delirante: el virus habría sido creado en algún oscuro laboratorio para desatar la histeria colectiva. De este modo, manipulando a la Oms y a los grandes medios de comunicación, con Soros y Gates a la cabeza, claro, restringen nuestras libertades con la dictadura del “quedate en casa”, como un ensayo general de la gobernanza mundial o para aumentar el control sobre la población, o con la intención miserable de vender una vacuna o vaya uno a saber para qué.

Estas retorcidas maquinaciones no tienen nada de novedoso y suelen ser propagadas, cada vez, por los mismos personajes. Hace apenas cuatro años, cuando la Oms declaró la emergencia sanitaria global por la rápida propagación del virus del Zika y su correlación con el aumento de casos de microcefalia en Brasil, ya vimos la película. Mientras algunos colectivos de izquierda afirmaban que había que evitar el reduccionismo de culpar al virus, ya que la verdadera causa de la emergencia sanitaria eran las prácticas extractivistas del modelo de desarrollo capitalista, empezaron a correr los bolazos conspirativos: que todo era una maniobra de las grandes corporaciones; que el virus había sido patentado por Rockefeller; que se trataba de una ofensiva para bajar el índice de natalidad en los países subdesarrollados; que los responsables de las enfermedades neurológicas eran los mosquitos transgénicos utilizados para combatir al Aedes.8 Muchos de los promotores de estas teorías recaudan fortunas lucrando desde sitios web muy populares, como Alex Jones, propietario de InfoWars, que recibe unas diez millones de visitas al mes, o Jon Rappoport, conocido antivacunas y fabulador serial, que pasó de denunciar el “escándalo del siglo” (negando el vínculo entre el sida y el Vih) al “fraude del Zika”, y ahora nos ilumina contra “el fraude del covid-19”. Convengamos que la originalidad tampoco es lo suyo.

Michael Butter no duda en afirmar que la posibilidad de convencer con argumentos racionales a los creyentes es prácticamente nula. De acuerdo a estudios llevados a cabo en Estados Unidos “los convencidos de estas teorías se muestran aún más convencidos después de haberse confrontado con pruebas que rebaten su veracidad”.9 Si sumamos a esto la relativa marginalidad de sus ideas y su extravagancia, muchas veces al borde de lo ridículo, se entiende por qué tantos intelectuales y científicos de renombre se niegan a debatir en público con ellos y con promotores de pseudociencias. El biólogo evolutivo y reconocido polemista Richard Dawkins nunca aceptó debatir con creacionistas, y seguramente nunca veremos un debate entre al astrofísico y divulgador Neil deGrasse Tyson con un ufólogo, un terraplanista o un astrólogo. Lo cual parece razonable. Si lo hicieran, estarían regalando a las estúpidas ideas de sus oponentes un inmerecido barniz de respetabilidad.

Sin embargo, es cada vez más claro que las repercusiones sociales de estas ideas no son un asunto menor, cosa de cuatro loquitos sueltos. El estereotipo conspirativo contiene algunos gérmenes corrosivos para la democracia al fomentar la desconfianza en las instituciones y gobiernos, incrementar la sospecha generalizada de confabulaciones secretas y la predisposición a creer que todo pensamiento antisistema tiene mayor credibilidad que las versiones oficiales, y al propiciar una audiencia más deseosa de escuchar relatos histéricos que razones basadas en evidencias. Un cóctel de predisposiciones con pésimo pronóstico, caldo de cultivo ideal para el surgimiento de líderes populistas y protofascistas.

Pero la amenaza que la difusión de estas teorías supone para la convivencia y la salud pública no se limita, ni mucho menos, al plano de las ideas. En 2011, después de masacrar a más de noventa personas en Noruega, el ultraderechista Anders Breivik difundió un manifiesto inspirado en el de Unabomber de 1995, en el que justificaba el atentado como una guerra preventiva contra la confabulación de las elites del marxismo cultural europeo. A mediados del año pasado trascendió un informe interno del Fbi en el cual, alertados por el rebrote de sarampión en Estados Unidos y ante algunos tiroteos masivos en espacios públicos que tuvieron gran repercusión, reconocían las teorías conspirativas como un factor muy probablemente ligado al terrorismo doméstico. No existe un recuento fiable de muertes causadas por padres antivacunas, y sería todavía más difícil medir los daños directos e indirectos de muchas terapias alternativas que se promocionan denunciando un supuesto complot malicioso de las industrias farmacéuticas. Pero da toda la impresión de que la estrategia de hacerse los distraídos ante esta otra pandemia es cada vez más discutible.


1.   La crítica a la teoría conspirativa del Nom no debe confundirse con una visión naif que desconoce la existencia de conspiraciones reales, de alcances y localización mucho más limitados, complots para derrocar gobiernos y grupos de presión que ejercen influencia ilegítima en todos los niveles de la administración.

2.   Logradísimo neologismo formado como acrónimo entre “conspiración” y “paranoico”.

3.   Pascal Wagner-Egger, Sylvain Delouvée, Nicolás Gauvrit y Sebastián Diéguez: “Creationism and conspiracism share a common teleological bias”, Current Biology, agosto de 2018.

4.   Jan-Willem van Prooijen, André Krouwel y Thomas Pollet: “Political extremism predicts belief in conspiracy theories”, Social Psychological & Personality Science, julio de 2015.

5.   “Teorías de la conspiración: ‘No solo es cosa de locos paranoicos’”, Deutsche Welle, 19-VI-19, https://p.dw.com/p/3KkAL

6.   Michael Wood, Karen Douglas y Robbie Sutton: “Dead and alive: beliefs in contradictory conspiracy theories”, Social Psychological and Personality Science, enero de 2012.

7.   Grupo con base en Estados Unidos que denuncia la existencia de un Estado paralelo que actúa en las sombras contra la administración de Trump, vinculado con actividades de pedofilia.

8.   Una investigación reciente realizada en la Universidad Washington en San Luis (Estados Unidos) logró demostrar que la cepa del virus del Zika que circulaba en el estado de Paraíba en 2015 y 2016 es especialmente capaz de causar daños cerebrales severos en ratones (Kevin Noguchi y otros: “Zika virus infection in the developing mouse produces dramatically different neuropathology dependent on viral strain”, Journal of Neuroscience, enero de 2020).

9.  Este efecto contraproducente o backfire effect fue propuesto por primera vez por los investigadores Brendan Nyhan y Jason Reifler en 2010 y confirmado por otros estudios. Sin embargo, investigaciones más recientes pusieron en duda su validez (Leticia Bode y Emily K Vraga, 2017).

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