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Contigo en la distancia

El escritor George Bernard Shaw y la actriz Stella Campbell mantuvieron una larga relación amorosa y tal vínculo floreció en particular a través de las cartas que se escribieron por espacio de varias décadas. La lectura de dichas cartas atrajo la atención del autor estadounidense Jerome Kilty.

Aunque resulte innegable que el escritor George Bernard Shaw y la actriz Stella Campbell mantuvieron una larga relación amorosa, más allá de los espaciados encuentros de sus muy ingleses protagonistas, tal vínculo floreció en particular a través de las cartas que se escribieron por espacio de varias décadas. Dicha correspondencia, aparte de reflejar las profundidades del pensamiento, la amplitud de miras y la permanente ironía del primero, pone asimismo al descubierto la atrayente personalidad de una diva de la escena sajona de las primeras décadas del siglo pasado, una mujer de temple que, además de brillar en grandes papeles –como la Eliza Doolittle de Pygmalion, del propio Shaw–, supo alternar con los nombres más selectos del mundo del espectáculo, al tiempo que sus movimientos y declaraciones ponían en evidencia la voluntad de alguien que sabía abrirse camino con astuta femineidad.

La lectura de dichas cartas atrajo tanto al autor estadounidense Jerome Kilty –cuya previa experiencia actoral contribuyó a que apreciara a la Campbell aun mejor–, que se sintió empujado a armar una especie de comedia epistolar para una pareja de intérpretes encargados de trasmitirle a la platea no sólo ciertos entretelones de la vida de la gente famosa sino también provechosas ojeadas al ambiente literario y teatral, al compás de un mundo que iba cambiando, habida cuenta de las dos guerras que, de alguna manera, pondrían puntos finales a ciertos estilos de vida. La dramatización de esas cartas –leídas o no frente al espectador– consiguió desde el principio concitar la atención de actores y actrices deseosos de meterse bajo la piel de Shaw y Campbell, para así pronunciar sus sentencias y comentarios. Los queridos fantasmas de China Zorrilla y Taco Larreta, por ejemplo, deben andar siempre por allí dispuestos a estimular a quienes deciden seguirles los pasos en las sabrosas caracterizaciones que ellos supieron disfrutar, como en este caso Elisa Contreras y Augusto Mazzarelli, quienes, bajo la dirección de Sergio Dotta, emprenden ahora tan jugosa tarea.

Con un adecuado uso del espacio, Dotta ubica a los nombrados de manera que ambos se acerquen lo suficiente como para luego alejarse, según lo disponga el espíritu de las misivas evocadas. Un innecesario intervalo enfría en parte el clima entre chispeante y conmovedor que este tête-à-tête tan especial establece desde el propio comienzo. Bien apoyado, sin embargo, por los aportes de Ana Arrospide en escenografía y vestuario, Fernando Ulivi desde la banda sonora y Juan José Ferragut en las luces, Dotta sabe extraer de Mazzarelli un Shaw tan contundente y discutidor como humano y juguetón, alternativas que el actor maneja con bienvenida naturalidad. Contreras, a su vez, da entrada a una Campbell-mujer que la Campbell-actriz parecía dominar con el desconcertante encanto de quien siempre sabe llevar las riendas de la situación, una combinación que, en los tramos finales, deja empero al descubierto la fragilidad que, pese a quien pese, todos llevamos dentro. Por cierto que el ir y venir de esta correspondencia entre dos celebridades trae consigo, por otra parte, un oportuno repaso a ciertos años que ya no volverán.

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