Cosas sencillas para gente complicada – Brecha digital
Buenos Muchachos y su nuevo disco.

Cosas sencillas para gente complicada

Buenos Muchachos y su nuevo disco.

Foto: Manuela Aldabe

El nuevo álbum de Buenos Muchachos, que será presentado el próximo 28 de abril en el Teatro de Verano, es una obra contundente que crece con cada nueva escucha. La banda mantiene su sello distintivo a la vez que explora nuevas dinámicas de sonido. Brecha conversó con el vocalista Pedro Dalton y el baterista José Nozar sobre este nuevo trabajo, los avatares de la banda a lo largo de 26 años, y el momento actual, que definen como el mejor de su carrera.

El nuevo disco de Buenos Muchachos no tiene nombre. Es el octavo de una discografía que hoy los ubica en un lugar a mitad de camino entre el under y la masividad. A lo largo de 26 años de carrera, entre otras cosas, Buenos Muchachos se ha ganado ese lugar –posiblemente también lo haya creado– en el que ya no hace falta ponerle palabras a la música. Incluso si este disco llegase como algo puramente etéreo y sin previo aviso podríamos reconocer a los pocos segundos de escucharlo que se trata de lo nuevo de Buenos Muchachos. El desafío casi imposible de lograr continuidad sin repetición. Ese es uno de los muchos títulos (im)posibles del nuevo álbum de la banda integrada por Pedro Dalton (voz), Gustavo Antuña (guitarra), Marcelo Fernández (guitarra), José Nozar (batería), Ignacio Etcheverría (bajo), Ignacio Gutiérrez (teclados) y Francisco Coelho (guitarra). Aunque es mejor dejarlo todo en la sutileza de los sonidos y ahorrarse las palabras y los titulares. De eso se trata el octavo disco de la banda, musicalmente compuesto por sugerentes capas instrumentales y líricamente elíptico. Hay continuidad, porque el álbum se abre con una pieza sostenida y climática titulada “Veo como topo” que sigue la estela de “Venteveo”, “Ahí voy” y “En la nada”, comienzos de Aire rico (1999), Amanecer búho (2004) y Uno con uno y así sucesivamente (2006), respectivamente. También hay continuidad porque no faltan los temas con destino de clásico de la banda, como “Antenas rubias”, y los finos juegos de significado, como “Todo aquel infierno”. Al mismo tiempo, no hay rastros de las reverberaciones de Nidal (2015), el disco anterior.

 —Ustedes son los mismos pero el nuevo disco suena distinto al anterior. Es menos directo, más sutil, tiene varias capas.

José Nozar —Pero las capas no están a la vista, están allá abajo. Ese es un gran trabajo del productor, Gastón Ackerman. Muchas veces las capas están todas a la vista. Cada disco es un estado de ánimo, y nuestra idea es que cada uno no tenga nada que ver con el anterior, nunca repetirnos. Este es un disco de pequeños detalles.

—La potencia va por otro lado, no necesariamente por el de la distorsión.

J N —Exacto, la potencia va por el lado de las emociones que te genere. Metallica es una banda potente, por ejemplo, pero a mí no me genera nada.

—Son decibeles.

J N —Bueno, en este disco bajamos los decibeles. Queríamos que la dinámica fuera alta y para eso tuvimos que bajarle el volumen.

—¿Qué lugar tiene para ustedes, a la hora de componer, el hecho de establecer cierta comunicación con el público?

Pedro Dalton —Eso sucede, por suerte, pero no está pensado. No hay una intención de comunicar algo importante y urgente, sino más bien la necesidad que tiene uno de expresar emociones o sentimientos. A veces eso llega a otro que siente algo similar. Eso es lo genial de este juego, porque es como un juego: a mí me gusta esta canción, la toco en vivo; a vos te gustó también, genial. Lo único que tomamos como referente para hacer música es si nos gusta o no. Cuando nos gusta sale y cuando no nos gusta preferimos dejarlo de lado.

—Esa postura les ha valido la denominación de “banda de culto”. ¿Cómo se llevan con eso?

J N —No nos gusta. Hacemos música para que le guste a mucha gente, pero hacemos la música que queremos hacer. Habrá gente a la que le guste y gente a la que no. La verdad es que a cualquier artista le gusta llegar a la mayor cantidad de gente posible. Pero no vamos a cambiar nada de nuestra música por la masividad.

—Supongo que hay otras cosas que sí fueron cambiando con el tiempo. Me refiero, sobre todo, a que Buenos Muchachos se ha ido masificando y profesionalizando con los años.

P D —Lo bueno de ir creciendo es que vas madurando un montón de cosas que antes no te importaban y ahora te importan pila. Se trata de llegar a darte cuenta, y lo digo hasta con vergüenza, de que la gente está pagando una entrada para ver un espectáculo. Vos tenés que darles eso. En una época estaba eso del rocanrol, algunos salíamos borrachos a tocar y se generaba todo ese personaje. Yo laburaba pintando casas ocho horas por día, y cuando llegaba el fin de semana quería salir a tomarme una y a tocar rocanrol. Estaba buenísimo, había que pasar por ahí. Éramos una banda súper emocional. No era tan importante escuchar lo que estabas tocando sino más bien gestualizarlo y sentirlo de manera emocional. Está todo bien con eso, pero te perdés un montón de cosas de la música. Con el tiempo dejás eso y empezás a tocar. Es otro viaje. La gente lo que hace es pagar una entrada para escuchar música.

J N —Nosotros siempre nos tomamos en serio los toques en vivo. A veces, por más que lo tomáramos en serio, no estábamos en el foco ideal, por más que a la gente le encantara. En otra época teníamos otros tiempos. Nos juntábamos a ensayar y capaz que estábamos tres horas en la sala y tocábamos dos canciones. Y no importaba. Alguno llegaba no en las mejores condiciones y otro venía sin haber dormido y otro venía sin ganas de tocar. Ahora no, ahora todos tenemos responsabilidades. Nos tomamos la música con otra seriedad. Eso significa tocar lo mejor posible, brindar lo que las canciones tienen que tener, convertirte en un artista serio. Se trata de respetarte a vos mismo y al público.

—Así como ustedes crecieron, creció también el público. Hay nuevas generaciones que los van a ver y se conectan de manera distinta con la música. ¿Notan eso en la gente?

P D —La otra vez vi una secuencia de fotos del público. Nunca había visto fotos de nuestro público. Y en el escenario estoy en otra cosa y no lo veo mucho. Me sorprendió mucho. Me sorprendió la cantidad de pendejos mirando con la boca cerrada. Hay una parte del show que está hecha para que te calles la boca. Te perdés el clima si las cantás. Después hay otra en la que tocamos canciones que canta todo el mundo. “Temperamento” es una de esas.

J N —La banda quiere que todos se diviertan como quieran, pero siempre respetando al otro. Las generaciones jóvenes, por lo menos las que van a nuestros shows, prestan mucha atención a todo lo que hacemos, es impactante.

PALABRAS FUERTES. Cualquiera que repase la sólida carrera de Buenos Muchachos –una de esas pocas bandas uruguayas capaces de frecuentar al mismo tiempo escenarios tan distintos como Bluzz Live, La Trastienda y el Teatro de Verano, y alternar eventos masivos como el Pilsen Rock, el Montevideo Rock o la Fiesta de la X– se preguntará por qué no tuvo en Buenos Aires el impacto de otras. La respuesta es porque hubo una combinación de timing desafortunado y algo más. Mientras Buenos Muchachos sacudía el tablero del rock nacional con el demoledor Amanecer búho, Buenos Aires sufría el desastre de Cromañón y los lugares para tocar rock de-saparecían por un buen tiempo. Lo demás, según Dalton, fue una cuestión de dinámicas diversas entre ambas ciudades.

 P D —Había cosas que nosotros no sabíamos. Para empezar, te conviene tener 20 años para poder seguir el ritmo de una ciudad monstruosa. Acá todo es lento, allá todo es rápido. Hay que vivir ahí. En Argentina no te regalan nada. Sería ridículo pretender estar allá estando acá. Hay que cruzar el charco. Ahora todos tenemos familia. No es tan fácil la historia de movernos como hizo La Vela, que se quedaban meses a vivir allá tirados en colchones para tocar todos los fines de semana. La Vela se lo ganó, claramente, no fue de casualidad.

J N —Nosotros no pertenecemos a ninguna movida. No hacemos música de género, y Argentina se mueve mucho con los géneros. Es más difícil entrar en ciertos nichos.

—¿Qué aprendieron de aquella experiencia?

P D —En general, cuando nos proponíamos llegar a tal lado, pensábamos que era una línea directa y que con el solo hecho de proponérnoslo podíamos hacerlo, sin contemplar un montón de impedimentos que aparecen en el camino. Ahí surgieron cosas como el fracaso o la frustración, que son palabras fuertes, más para locos sensibles como nosotros. ¿Por qué no llegamos a Buenos Aires? ¡Basta! ¿Sabés por qué no llegaste a Buenos Aires? Porque no estás en Buenos Aires. ¿Querés ir a Buenos Aires? Conseguite un productor que meta dinero y empapele toda la 9 de Julio. Nos dimos cuenta de que si te concentrás en el deseo de la canción por la canción misma, del disco por el disco mismo, del show por el show mismo, en la cortita, en la cotidiana, sale todo.

— ¿Les costó llegar a ese punto de aceptación?

P D —Sí, llevó años. Buenos Aires fue una patada en los huevos en aquel momento. Cuando te proponés esas cosas de triunfo, en general, tenés la expectativa puesta en el lugar al que querés llegar y te olvidás de cómo es el medio para llegar. Lo importante es el medio, no el fin.

J N —Es lo coherente. Todos los que llegan a cierto lugar hicieron algo para llegar hasta ahí. Cuando vos empezás a desmerecer eso y decís “ahí podría estar yo” hay un problema. No, no podrías estar porque no estás. Cuando asumís eso empezás a hacer las cosas mejor y empezás a darle más importancia al lugar que tenés. No hay que tener más ansia que trabajo.

P D —Nosotros arrancamos a tocar en el líving de una casa para treinta, cuarenta, cincuenta personas. Eso era Juntacadáveres en ese momento. Lo hacíamos con la misma intensidad que hoy en un Teatro de Verano. Nuestro cope era tocar y punto. Queríamos tocar. Fijarte ciertas metas o planes a largo plazo te quita el disfrute de lo que realmente querés hacer. En 2004, cuando aparecieron todos esos concursos para bandas, había una zanahoria y las bandas se formaban y tocaban para tal o cual festival. “Quiero tocar en el Pilsen rock y para eso tengo que aparecer acá o allá.” Lo importante es la música. La música empieza como amistad y conexión musical. Es como si cuando nos juntamos por primera vez el Topo (Gustavo Antuña) en lugar de haber tenido una criolla toda podrida hubiese tenido una Gibson, y el Rafa en vez de unos palos para pegarle a unos frascos hubiese tenido una Ludwing. Sí, hubiésemos hecho música igual, pero no era necesario. El cuerpo pide. No es al revés.

—¿Cómo se sintieron cuando llegó aquella ola de 2004 y la época dorada del Pilsen Rock?

P D —No nos pasa nada con esas cosas. Tocamos porque queremos tocar. Obviamente que es mejor tocar para mucha gente. Cuando empezamos no había nada. Aprovechamos esa ola para profesionalizarnos y vivir un poco mejor. Nada más. Esa ola se fue y seguimos tocando. La gente a veces piensa que la bajada de la ola es algo negativo. Es negativo si te quedás pensando “¿y ahora qué hago?”. Vas a tocar a otro lado. Eso hacés.

J N —Buenos Muchachos, en ese momento, tuvo un timing perfecto. En el momento en que estaba creciendo el rock salió Amanecer búho, que fue, según la crítica, un disco de quiebre para el rock nacional. Nunca nos comimos la pastilla. Tocábamos en los festivales y sabíamos que eso en realidad estaba lleno de aire. No había otra cosa que aire, nos dábamos cuenta. Nada cambió. El entorno no modifica en absoluto lo que hacemos.

VIAJE LEJOS. La noche en que Buenos Muchachos presentó el disco Uno con uno y así sucesivamente (2006), uno de los puntos más altos de su carrera, Pedro Dalton se fue directamente a su casa al terminar el concierto con la sensación de que algo no andaba del todo bien. “Dije: ‘Esto tiene que parar de alguna manera’. La gente vio un show genial; nosotros vimos un show absolutamente mediocre.” Años después, Sebastián Teysera, el vocalista de La Vela Puerca, le dijo a Dalton que aquel concierto había sido espectacular. “Le dije: ‘Ojalá me lo hubieras dicho inmediatamente después de tocar, porque yo me fui a mi casa, no me fui a festejar a ningún lado’.” Había algo en la energía musical de la banda que ya no estaba funcionando. No era una cuestión de logística, popularidad, ni mucho menos plata.

—En la presentación de Amanecer búho habíamos perdido 20 palos, pero haber perdido esos 20 palos fue la alegría más grande del mundo. Salimos llenos de alma. Dimos todo y más. Sentíamos un placer emocional enorme.

—Después de Uno con uno…, cuando pararon, ¿sabían qué iban a volver o no?

P D —Había un descontento que tenía que solucionar. No tenía ganas de tocar más. Hablamos con Bizarro y les dijimos que queríamos parar. Ellos nos dijeron que lo único que querían era que nosotros estuviéramos bien. Dejamos la puerta abierta sin saber si íbamos a volver. Siempre hay que dejar una puerta abierta. Si la cerrás es porque hay algo que no querés ver de vos mismo. Era necesario parar.

—Cualquiera pensaría que ese era justamente el momento para seguir sacando discos y tocando para aprovechar el envión.

P D —¿Podríamos haber grabado otro disco? Sí, de la manera en que ensayábamos y componíamos en ese momento podíamos hacer discos todos los días. Pero había que parar.

J N —Y no fue autoboicot. Fue un sincericidio. En un momento era una relación constante de amor y odio entre algunos miembros de la banda a los que queremos mucho. Decidimos que no podíamos seguir porque iba a ser tóxico para la banda. Luego lo que pasó, cuando volvimos, fue lo mejor humanamente. Habrá gente que diga “son unos viejos” o “hacen música lenta”. Alguien nos dijo que este disco es tranquilo. Nosotros no percibimos eso. Yo lo escucho y para mí no tiene nada de tranquilidad. Para otros será que no está compuesto a 140 Bpm o que la guitarra no es estridente o que no tiene tanta distorsión. Cada cual toma la música como quiere. Nosotros no tenemos nada que representar. No nos interesa que alguien diga: “Estos son los más roqueros”. Eso nos parece aberrante. A nosotros nos gusta la música y eso es lo que hacemos.

—El disco no es lo que parece. Me refiero, por ejemplo, a “Todo aquel infierno”. Uno lee el título y piensa una cosa y después al escuchar la canción se sorprende.

P D —Es que ahí está la historia. No es todo lo que está escrito. La canción es melancólica, no triste. El título es oscuro. La letra es todo lo contrario a lo que parece. Ahí está la parte lúdica de todo esto, la razón por la que lo seguimos haciendo, para tener ese placer de jugar y seguir siendo un niño.

J N —A veces no tomarte tan en serio es tomarte muy en serio. A veces te ponés una carga y una necesidad encima de hacer o demostrar algo y en definitiva te tomás más en serio cuando hacés lo que te sale naturalmente.

P D —Pedro Juan Gutiérrez, el escritor cubano, dijo la otra vez en una entrevista que lo que no podés perder nunca es la capacidad de asombro, que si no tenés eso no podés escribir más. Lo definió perfecto. El arte es así. Son cosas sencillas para gente complicada.

—¿Qué momento representa este octavo disco?

J N —El mejor. Tenemos una felicidad que explotamos. Nunca estuvimos tan contentos como ahora.

—Pregunto porque en la época del Uno con uno… desde afuera todo parecía bien y terminaron parando por cinco años.

P D —Ahora estamos de fiesta. Y es justamente gracias a eso.

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