Crónica con arena

No es el de La Pedrera, con su paranoia frente al desbunde y su mar de policías. Mucho menos el montevideano, de tablados y concursos. Es el carnaval de Aguas Dulces y su biblioteca.

El domingo a la noche una veintena de manos apuran costuras de faldas que imitan las escamas plateadas de un pez, otras pintan el polifón que se convertirá en el caparazón de una mulita multicolor. Las medias lunas y estrellas se afirman sobre sus mástiles desde hace un par de días.

El Carnaval presta la excusa perfecta para llegar a la biblioteca, un espacio cultural parido hace tres años luego de un proceso colectivo. Por la calle de entrada al balneario, doblando a la izquierda si se está mirando hacia la playa, luego por la calle de la comisaría, dos cuadras, y ahí está.

Anabella, flaca y doradísima por el sol esteño, abre sonriente la puerta del rancho. La pared que enfrenta al visitante lo impacta con buena parte de los 2 mil libros de la colección. Ejerce el mismo efecto que la luz sobre los insectos: una atracción inmediata y visceral, como si fuese magnética. La base fue armada por Javier, otro vecino que también proyectaba una biblioteca en el pueblo. “Pero más parecida a una biblioteca típica”, explica Titi, bibliotecaria, cordobesa, que formó parte de ese proceso mientras Aguas Dulces la elegía como el lugar en donde armaría su familia. Explica que lo particular de esta biblioteca es que no tiene membresías: el usuario se anota, deja un contacto y se va orondo con su libro elegido. El plazo lo marca el ritmo de lectura. ¿Y no se roban los libros? La que responde es Valentina, y los 16 años le aparecen recién en la voz: “La gente se conoce y por lo general no hay problemas”. Ella era una de las asiduas concurrentes a la biblioteca en sus venidas de veraneo desde su Castillos natal. Un día le preguntaron si no se animaba a atenderla durante un par de horas en la tarde. Cuenta que su alegría fue inmediata, que dijo que sí, que el lugar la abrazó y le dio el espacio que en el pueblo vecino se le resistía.

Mucho antes de todo eso, el vecino que arrancó a juntar el acervo falleció, y el millar que había recolectado se detuvo durante un año, empaquetado en cajas distribuidas por distintas casas. Entonces fue cuando surgió la idea. Estaba el predio del ex camping de Aguas Dulces, amplio espacio comunal en desuso, con sus instalaciones abandonadas pero firmes. Un pequeño grupo empezó la gestión para acceder al predio, y lo consiguieron. Lograron un financiamiento que les dio el puntapié inicial para requinchar el edificio. Hicieron festivales, ferias, fueron juntando minuciosamente el dinero que se necesitaba. Trabajaron hasta que se convirtió en el lugar que es hoy.

“Si fuera por mí, repito jardinera mil veces”, dice la flaca, mate bajo el brazo, en la tarde soleada del sábado. Viene hablando de la importancia insustituible de la experiencia, de cómo fueron los niños los primeros que se acercaron, los que rompieron el hielo, “los facilitadores” del contacto comunitario. Contra la pared de la derecha, un montón de máscaras caseras son iluminadas por el sol, mientras un gurisito busca la suya para mostrársela a la madre. Afuera, una decena de personas hacen un taller de encuadernación y serigrafía, parte de la jornada itinerante de publicaciones autónomas. En esa semana también hubo teatro (La niña de madera de aquel Polonio), cine (“A la carta, porque era difícil ponerse de acuerdo en qué película pasar”), hasta una caminata a la Laguna de Briozzo. La biblioteca es un centro cultural, y se pensó también como un lugar femenino. “Hicimos unas 40 encuestas a las mujeres de la zona, en el arranque, para ver cuáles eran sus intereses. De ahí surgieron talleres, aparecieron los talleristas que colaboraron, y hoy formaron un pequeño taller de costura en el que varias trabajan en conjunto.” En conjunto la tarea, en conjunto la gestión. Ese es el punto que también se destaca: el grupo de la biblioteca definió declararse asociación libre y dejar de lado la etiqueta jurídica. La tarea es ardua y compleja, ya que debe pensarse en cada eslabón de la cadena para que ande, para que conecte. La solidaridad es una de sus bases de funcionamiento, pero también se requieren estrategias para que el dinero que se necesita aparezca. Y ahí la creatividad es lo que salva.

Cuando en la noche del lunes los ecos de los tambores de La Kachimba, la cuerda estrella del Carnaval de Aguas Dulces, arrastre a todos en su paso hacia la biblioteca, el lugar entero se volverá magnético, como si fuese la pared de libros.

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