Cruces de poesía – Brecha digital

Cruces de poesía

La huella de Nancy Bacelo, la poesía kurda y el cordobés Silvio Mattoni aparecen en este cruce.

De adentro

NANCY BACELO. Siete años se cumplieron el lunes de la muerte de Nancy Bacelo. Impulsora junto con Circe Maia y Washington Benavides de la revista de poesía –y luego editorial– Siete Poetas Hispanoamericanos, había elegido el mes siete para nacer en el siglo pasado, en 1931, y eligió el año siete de este siglo para completar las “dos fechas abstractas” de las que hablaba Jorge Luis Borges. Pero no el olvido.

Más allá del recuerdo que haya quedado en sus contemporáneos, la huella de Nancy Bacelo puede rastrearse en un voluminoso libro (El velo magistral que esconde todo, Fundación Nancy Bacelo, 2011) con edición de Silvia Guerra. Ahí se rescata la obra completa de la Nancy Bacelo poeta, que al decir de Rosario Peyrou en uno de los muchos estudios críticos y artículos periodísticos que incluye el volumen, siempre había quedado opacada por su rol de gestora cultural asociada, principalmente, a las 49 ediciones de la Feria del Libro y el Grabado. Ante tan nutrida producción que se recopila en 545 páginas de versos y se analiza críticamente en otras 230 que completan un libro que con índices y cronología llega a las 800, cabe preguntarse acerca del verdadero espesor de su poesía. No hay unanimidad. En páginas de El velo… Rafael Courtoisie la llama “una poeta mayor” que “se mueve con mayor maestría cuando más breve es el texto”. En contrapunto, Roberto Echavarren reconoce que “dentro del panorama poético oriental es percibida como una poeta menor”, aunque alcanza “picos de calidad”.

Esos picos y esos valles están en los 11 libros que recoge esta obra reunida, desde el inicial Tránsito de fuego (1956) hasta el muy bien recibido De sortilegios (2002), incorporando luego poemas dispersos y los Poemas a Manu Kamal (2003).

En un artículo publicado en Brecha poco después de la muerte de Bacelo, y reproducido en El velo…, Luis Bravo dice de la poeta: “Con un lenguaje que conjugó intensidad y ceñido verbal, su poesía barajó razón y misterio. Prefirió lo asordinado a lo altisonante y, destino asumido a cabalidad, Nancy Bacelo cifró en cantos su día a día, con la íntima certeza de que la poesía permite andar de otra manera por este mundo”.

En el mismo número donde apareció el texto de Bravo, Ana Inés Larre Borges cuenta que el hotel donde Bacelo solía quedarse en sus viajes a Buenos Aires, era el mismo al que Borges iba a tomar el té. Ahí, se dice, no hablaban de poesía, sino de kabala, asunto en el que Bacelo era inusitadamente versada. Como decía la autora en uno de sus poemas, una persona es “un instrumento con varias cuerdas”.

De afuera

POESÍA KURDA. La niebla es espesa este domingo en Montevideo. Tanto que al otro lado del vidrio puede ser cualquier lugar. Puede ser, por ejemplo, las montañas de Qandil. Sobre esas montañas estoy leyendo esta mañana. Ahí está el cuartel general de la guerrilla del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (pkk). Considerados “terroristas” por Estados Unidos, ahora son una de las pocas barreras contra el avance de los yihadistas del Estado Islámico de Irak y Siria.

En otra pestaña del navegador veo unas fotos que comparte el poeta Juan de Marsilio. Son mujeres del pkk. Llevan un AK-47 en los brazos y en la solapa una estrella roja sobre fondo amarillo. Comparto a mi vez esas imágenes y casi al instante me llega un mensaje desde San Pablo, de Alfredo Fressia. Dice que los kurdos no sólo tienen mujeres valientes, sino también buenos poetas.

Los nombres que saca Fressia de su antología personal de la poesía kurda tienen la sonoridad de los límites. Suenan como lo que tal vez nunca ha de conocerse. Fre-ssia escribe Sherko Bekas. Y Sherko Bekas murió en Estocolmo el año pasado. O Abdulla Pashew, que nació en el 46, estudió en la Unión Soviética, habita en Finlandia y publica en Suecia. Todos mundos hoy inexistentes: aquel Kurdistán, aquella urss, aquella socialdemocracia nórdica. ¿Podrá acercarlos a nosotros Serdar Celik, ese traductor turco que vivió en España y con el que cenamos una noche en Estambul? Le pregunto. No, Serdar no ha traducido a poetas kurdos. Pero suma otros nombres, igual de sonoros, igual de imposibles: Ali Hariri, Azad Ziya Eren, Azad Zal, Bulent Tekin, Seyhmus Dagtekin.

Otro nombre de Fressia: Hussein Habasch. En pocos minutos nos conecta y Habasch me contesta desde Alemania, donde vive desde fines de los setenta. Hay varios de sus textos traducidos al español (www.husseinhabasch.com) pero no es seguro el puente, ya que esas traducciones en particular no son demasiado buenas. Me sirven, sin embargo, para saber que “prohibido” fue la primera palabra que Habasch aprendió en su infancia.
Prohibido hablar su lengua, prohibido pensar su patria.

IMPORTOSE. “¿A quién le importan los árboles sino a los perros?” se pregunta el cordobés Silvio Mattoni en su poemario número 17: El descuido, volumen 2 de la colección Payeseros de Trópico Sur. Se lo encuentra en librería La Nacional, en el hall de la biblioteca homónima.

Artículos relacionados