Cruces de poesía 47 - Brecha digital

Cruces de poesía 47

De alguna manera, traducir poesía es experimentar la singladura del barco ebrio de Rimbaud. No hay navegación sin pérdida, ni poesía sin traducción. Desde afuera, una revista electrónica sobre artes y letras que ahora, en su número de agosto, incluye una muestra de poetas uruguayos presentada por Jesse Lee Kercheval.

DE ADENTRO

EL BARCO EBRIO. De alguna manera, traducir poesía es experimentar la singladura del barco ebrio de Rimbaud. Traer a la lengua propia, entre tempestades, algodón inglés y trigo de Flandes. Verlo todo en el camino. Arco iris bajo el confín marino y vastas marismas que son el pudridero del Leviatán. Sobreponerse a todo eso y al final del camino desear, como una Ítaca aceptada, “la charca/ Helada y negra donde en tardes perfumadas/ Un niño encuclillado, hondo en tristezas, suelta/ Un barquito muy frágil, mariposa de mayo…”. Es que, como dijo Eduardo Milán, “la poesía es una cantidad considerable de pérdida”.

Dar cuenta de algunas navegaciones en ese océano, tantas veces frustrante, a propósito de recientes traducciones de poesía uruguaya que han aparecido en Estados Unidos, y cruzarlas con poesía estadounidense traducida por uruguayos, plantea una primera duda. ¿Dónde se ubica el compás? ¿Cuál de los términos de la ecuación es el adentro? El traductor, cuando es poeta, como debe ser quien traduzca poesía, no sólo trabaja con aquella pérdida que mencionaba Milán, sino que llega a un territorio nuevo. “Versiones”, le llama Alberto Girri, “transcreaciones”, le nombra Haroldo de Campos.

Si el centro geográfico se coloca, entonces, en quien traduce, y se comienza por la traducción de poetas estadounidenses en el Uruguay de hoy, el sextante debe apuntar hacia Roberto Echavarren y sus versiones de Wallace Stevens y John Ashbery. No sólo para su editorial La Flauta Mágica, en la que publicó Los poemas de nuestro clima, de Stevens, y Como un proyecto del que nadie habla, de Ashbery, sino también para editoriales argentinas como Huesos de Jibia, para la que tradujo Las auroras de otoño, de Stevens.

No son poetas elegidos al azar. Dice Echavarren de Stevens, en su prólogo a Las auroras…, que se trata del mayor poeta estadounidense del siglo XX. Un título, acepta, que tal vez podría disputarle Ezra Pound. Pero si Pound es un “cultivador de excelencias” (a veces ajenas) que se reafirma siguiendo “hilos de traducción”, Stevens, en cambio, oculta lo que tiene de erudito y –asegura Echavarren– disuelve su ego en la naturaleza para buscar “el poema esencial en el centro de las cosas”, como dice el comienzo de “Un primitivo como un oboe”. Es en esa búsqueda –que trasciende un libro puntual– que el Echavarren traductor propone que le acompañemos. Sabedores todos de la paradoja esencial que iluminará ese viaje: que no hay navegación sin pérdida, ni poesía sin traducción.

DE AFUERA

The Drunken Boat. Tomando el nombre del poema de Rimbaud, Ravi Shankar fundó en 1999 una revista electrónica sobre artes y letras que ahora, en su número 23, correspondiente al presente agosto, incluye una muestra de poetas uruguayos presentada por Jesse Lee Kercheval.

En su introducción para el público estadounidense se debe presentar, antes que a los poetas, el exótico país. Para eso se nombra el karma de la geografía entre gigantes, la paradoja de las cuatro vacas por habitante, y las tasas de educación y derechos sociales que parecen de zonas económicamente más privilegiadas. Lee Kercheval también da un panorama de la poesía del país, breve, como breve es el espacio del que dispone. Suficiente para dar cuenta de la cuna de Lautréamont, del poderoso linaje de mujeres poetas, de la persistencia de sus diferentes generaciones en escribir poesía.

El dossier de The Drunken Boat se reconoce como parte de un interés creciente de los traductores de habla inglesa en la poesía uruguaya. Se nombran, y vale la letanía de citarlas, porque documentan un estado de las cosas, Witness: The Selected Poems of Mario Benedetti (traducido por Louise B Popkin); Diadem, de Marosa di Giorgio (por Adam Giannelli); The History of Violets, también de Marosa (por Jeannine Marie Pitas), The Invisible Bridge, de Circe Maia (por Jesse Lee Kercheval) y las antologías Contemporary Uruguayan Poetry, Hotel Lautréamont, Touching the Light of Day: Six Uruguayan Poets (por Laura Chalar) y América invertida: Anthology of Emerging Uruguayan Poets (por Lee Kercheval).

Este número 23 The Drunken Boat se instala en ese fluir. Ahí está, por ejemplo, la tarea a cuatro manos de Katherine Hedeen y Victor Rodríguez Núñez, con sus versiones de Alfredo Fressia e Ida Vitale. También el trabajo de la propia Lee Kercheval con los textos de Circe Maia, Tatiana Oroño y Javier Etchevarren, o el que hizo en aparcería con Catherine Jagoe llevando al inglés la voz de Laura Cesarco Eglin (quien a su vez traduce a Fabián Severo). Otros traductores presentes (con sus poetas traducidos entre paréntesis) son Alec Schumacher (Jorge Arbeleche), Ron Paul Salutsky (Karen Wild Díaz), Catherine Jagoe (Luis Bravo), Mark Statman (Martín Barea Mattos), Seth Michelson (Melisa Machado), Jeannine Pitas (Selva Casal), Adam Giannelli (Silvia Guerra) y Jen Hofer (Virginia Lucas). Para los curiosos, las versiones son bilingües.

 

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