Cuando el humor y el amor son la misma cosa - Brecha digital

Cuando el humor y el amor son la misma cosa

Falleció Marcos Mundstock, el “presentador formal” de Les Luthiers.

Marcos Mundstock / Foto: Les Luthiers online

En épocas de encierro, nuestras caras cansadas por el aburrimiento (a veces mejoradas por el uso de tapabocas) miran cómo la vida sigue y, con ella, la muerte. Pero cuando el que muere es alguien que nos hizo reír tanto –y con la mejor de las risas– sólo queda agradecer la oportunidad de haberlo disfrutado hasta las lágrimas.

La muerte de Marcos Mundstock remueve cosas. Ya pasaron cinco años desde la de Daniel Rabinovich. Si bien Les Luthiers siempre fue un grupo cohesionado en el que todos tenían su importancia, donde cada cual hacía reír con sus recursos y en el que todos se destacaban cantando, actuando o tocando instrumentos, los dos que mencioné tenían características especiales: “el presentador” y “el cómico”. Sí, Rabinovich era el cómico por naturaleza, el que improvisaba, el que hacía reír a sus propios compañeros en la función número 100. Y Mundstock era mucho más que un presentador, claro: era un actorazo, un gran manejador de tiempos e inflexiones de voz, capaz de salirse de su personaje rígido, volar a gran distancia y volver, todo en un instante, como si nada hubiera pasado.

Qué importante es el humor. Qué importante en nuestra vida personal, digo. Más de una vez escuché comentar cosas del tipo “si esos tipos se hubieran dedicado a hacer música en serio, habrían sido de los mejores”. Pero ¿es que acaso no lo hicieron? ¿Deja la buena música de serlo porque haga reír? Dejemos de lado el humor; no creo que exista un grupo musical con la capacidad de recorrer tantos géneros con la solvencia de Les Luthiers. Sí, lo hacían en tono de parodia, pero muchas de sus composiciones e interpretaciones eran, a su vez, excelentes ejemplos del género parodiado, más allá de estar tocadas con instrumentos raros o tener una letra y una escenificación jocosas.

Y está lo afectivo. Si bien hacía años que el grupo era un poco un remedo de sí mismo (lo que se acrecentó notoriamente con la muerte de Rabinovich), la desaparición de Mundstock es como la puñalada final a la ilusión de que todavía estaban ahí. Podrán seguir existiendo, incluso renovar su integración totalmente y hasta (poco probable) alcanzar el nivel de los originales, pero siempre será otra cosa, algo con el mismo nombre y nada más. Y uno siente que murió algo que lo acompañó desde siempre y que hizo que su vida fuera mejor, más inteligente, más divertida, más vivible. El humor es un arte que, cuando es bueno, emociona y hace “sentir cosas”, como puede pasar con el cine, la música o lo que sea. Lo distinto del humor es que no es necesariamente algo aparte, sino que puede impregnar todo, desde una escena teatral a un dibujo, pero también la vida cotidiana. Puede pararse en medio del escenario, como en el caso de Les Luthiers, o ser simplemente un foco tenue que rasga un momento de oscuridad y cambia totalmente la percepción de una escena. Tal vez lo emocionante, lo que uno agradece con la mayor de las intensidades, es que unos monstruos como ellos se hayan tomado tan en serio la tarea de hacer humor como para dedicarle su vida entera, poniendo a su servicio sus increíbles talentos en otras disciplinas.

Por todo ello pienso que la muerte de Mundstock marca el fin de un pedazo de historia, centrado en el siglo XX, y duele más porque, por comparación, últimamente estamos revalorizando algunos detalles propios de aquel cambalache problemático y febril. Y los que tenemos suficiente edad como para considerarnos típicos bichos de aquel siglo (aunque en teoría podamos llegar a vivir más años en el actual) sentimos que el mundo se va estrechando con cada una de estas desapariciones, que tienen tanto de simbólico. Tal vez eso sea la vejez: ver el mundo achicarse. Pero más allá de eso, a nadie le gusta perder cosas importantes.

La humanidad genera, cada tanto, grandiosidades. Sintámonos afortunados de haber estado tan cerca, temporal y geográficamente, de una maravilla tal. Salud, Marcos, Daniel, salud todos los demás. Salud, amigos, que no saben ni quién soy, pero no importa, fueron amigos en mis soledades, levantadores de mis ánimos más reptantes, elevadores de magros pensamientos, mis íntimos y queridos compañeros de vida. Salud, Les Luthiers.

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