Cuando falla la justicia

Foto: Lavaca, Martina Perosa

La foto es demoledora. Porque tiene una sonrisa enorme, la mirada plácida y la cara como una luna. Es la imagen de la vida, sólo que Lucía Pérez está muerta. El retrato es gigante, está coronado de flores de colores, y su madre, Marta Montero, lo lleva como una cruz, como un cajón, como una estampa. Llega a Tribunales, en Buenos Aires, escoltada por su hijo y unas pocas mujeres. Cuando ven las cámaras, además de la imagen de Lucía levantan otras fotos en blanco y negro. Son las de los jueces de Mar del Plata que absolvieron a los varones acusados de violar y asesinar a la adolescente de 16 años en octubre de 2016. Fue en nombre de Lucía Pérez que se hizo el primer paro de mujeres en Argentina contra la violencia machista. En Buenos Aires llovía a cántaros y las fotos de esa tarde histórica son miles de paraguas. Un manto de colores cubre a mujeres vestidas de negro que se mojaban llorando. Dos años después, este miércoles de diciembre el sol pega fuerte y Marta avanza a contraluz con su hija enmarcada. Las mujeres que la acompañan se van multiplicando. Seremos, otra vez, decenas de miles en las calles marchando hasta Plaza de Mayo, cantando y gritando. Haciendo el duelo nuevamente, porque para la justicia a Lucía no la mató nadie. Sólo se murió.

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“A mi hija la mataron dos veces. Primero estos tipos y ahora los jueces con este fallo”, dijo Marta una, dos, cien veces en la última semana a los medios después de conocer la sentencia. Habló de justicia patriarcal y de mafias marplatenses. De la pobreza que se multiplica y de los territorios liberados a las máquinas de muerte. Los jueces no sólo negaron el femicidio y el abuso sexual, sino que transformaron a la víctima en acusada. El juicio fue contra Lucía, porque la leyeron empoderada. O al menos eso justificaron cuando revelaron sus mensajes de Whatsapp. Según el tribunal, Lucía era una chica libre porque tenía relaciones sexuales y se drogaba. Así se saldó la discusión sobre el consentimiento. Y no sólo eso: Matías Farías, el acusado más joven, siete años mayor que Lucía, no pudo haberla violado y matado porque antes de llevarla a una casa le compró unas medialunas y una chocolatada. Ahora, junto a Juan Pablo Offidani, de 43 años, por la noche del 8 de octubre de 2016 tienen que pagar una multa y cumplir una pena por venta de drogas. El juicio, entonces, fue a Lucía, que está muerta. Y el fallo, una forma de disciplinarnos a todas nosotras, que seguimos vivas.

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El día antes del paro, y como si necesitáramos un impulso extra para salir a las calles, se viralizó el video de un acusado de violación. Rodrigo Eguillor tiene 24 años, es hijo de una fiscal y grabó un “vivo” en su cuenta de Facebook contando su versión de los hechos. Su discurso tiene una violencia tan impune que parece una parodia. En él se tira contra la chica y la acusa de puta, de negra del conurbano, de aprovechadora y depresiva. Después remata diciendo que él no necesita violar, porque es lindo.

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¿Sabemos lo que es morir por asfixia? Marta lo sabe, porque es enfermera y nos cuenta: “Es la peor muerte, porque el cuerpo de la persona lucha por seguir vivo, por encontrar un poco de aire mientras el corazón deja de latir”. ¿Sabemos lo que es vestir un cadáver? Marta lo sabe. “Yo antes de Lucía vestí a muchos.” ¿Sabemos lo que es tener una hija? Muchas lo saben. ¿Sabemos lo que es perder a una hija? “Dos años intentando no volverme loca de dolor, porque no nos podemos derrumbar. No nos van a derrumbar.”

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En Argentina hay un femicidio cada 30 horas. También hay travesticidios y transfemicidios, pero de esos casi ni nos enteramos por los medios. Ni siquiera hay cifras. Difícilmente llegan a judicializarse. Este año desembarcó en el país el movimiento mundial Con Mis Hijos No te Metas, que lucha contra “la ideología de género”. Los jueces del tribunal de Mar del Plata recurrieron a lo ideológico del género cuando argumentaron que en la relación de Lucía con esos hombres no había ninguna situación de desigualdad de poder preexistente.

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En 2015 la mamá de Lucía viajó a La Plata para sacar su licencia de enfermera. No conocía la ciudad. No conocía ninguna otra ciudad que no fuera Mar del Plata, porque nunca se habían ido de vacaciones. Entonces Marta, que volvió contenta con el viaje, le dijo a su hija que al año siguiente la llevaría a conocer Buenos Aires. Era un plan para ellas dos solas, que nunca sucedió, porque a los meses: “A mi hija se la cogieron hasta matarla”.
Esta semana Marta hizo el viaje a Buenos Aires. “Al final vinimos. Estamos acá. Las miro a todas y veo a Lucía”, dice desde el escenario de Plaza de Mayo, rodeada de miles de mujeres que sostienen la foto de su hija y la escuchan llorando. Allí subió también otra madre, Nora Cortiñas, de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora. Desde sus casi 90 años y una lucha permanente, con los brazos entrecruzados con los de Marta, gritó por los 30 mil detenidos desaparecidos. Presentes. Y después por Lucía. Presente.

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