Cuando la distracción es el negocio - Semanario Brecha
Una reflexión sobre nuestra capacidad de reflexión

Cuando la distracción es el negocio

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Generalmente al tema de la atención se lo ubica como una de las consecuencias educativas del uso abusivo del celular y del fácil acceso a la inteligencia artificial (IA), como mecanismos compensadores que terminan generando dependencia cognitiva. Sobre eso se discute qué hacer a nivel educativo, no solo en Uruguay. Por ejemplo, en La Jornada de México del pasado 19 de setiembre se anunciaba la regulación del uso de celulares en las aulas a partir del próximo mes, indicándose que en primaria y secundaria habrá una restricción total durante toda la jornada escolar. Al día siguiente, el mismo periódico informaba que docentes de educación básica manifestaban sus reservas sobre el acuerdo aprobado por el Consejo Nacional de Autoridades Educativas de ese país para prohibir el uso de celulares en las aulas de primaria y secundaria.

Como se ve, las respuestas son tanteantes, inseguras, no generan consensos fáciles y más bien se parecen a parches para problemas complejos que significan una transformación profunda y global. De hecho, una primera premisa a considerar es que el problema es de las sociedades como un todo y excede el nivel educativo formal. El número de setiembre de la revista francesa de divulgación Sciences Humaines se pregunta desde su tapa «¿Dónde tengo la cabeza? Trastornos de la atención», para dedicar parte de la publicación a un dossier sobre el problema de la atención en la actualidad a nivel general.

Es necesario colocar también la discusión en ese plano de análisis: la dificultad creciente en la capacidad de concentración que sufren las sociedades no puede ser abordada meramente como un problema neurológico y psicológico. Es también un problema profundamente social y económico. Pero como estamos en una época que podríamos denominar de reduccionismo neuroalgo, la búsqueda de respuestas se ve acotada muchas veces al cerebro, como si este no estuviese siendo moldeado socialmente todo el tiempo.

El problema básico hay que ubicarlo en que la atención está en el centro del modelo de negocios de las grandes empresas tecnológicas, pero también es importante considerar cómo la pérdida de capacidad de concentración afecta a la reflexión colectiva sobre lo social. Es decir, a la capacidad de la sociedad de reflexionar sobre sí misma.

El problema de la atención no es un fenómeno estrictamente nuevo. La publicidad, sin ir más lejos, es una industria que desde sus inicios ha competido por captarla. Es más o menos conocido que fue Edward Bernays, sobrino de Sigmund Freud, en Estados Unidos, quien se interesó en los aportes de su tío para promover la manipulación con fines comerciales. Convengamos que, por ejemplo, no faltó creatividad cuando, captando el espíritu de la liberación femenina de la década del 20 del siglo pasado, se construyó su asociación con la venta de cigarrillos. De este modo, la imagen de las mujeres fumando públicamente se trató de convertir en un símbolo de su emancipación. Al mismo tiempo se vendían cigarrillos.

El tema es que, a algo más de un siglo de aquellos eventos, el cambio cualitativo con la atención es rotundo. Porque estamos en un capitalismo distinto al industrial, que podríamos denominar cognitivo o informacional y que abre un conjunto de nuevos modelos de negocios en el que la información (no meramente lo informático) es clave, a partir del extractivismo de tipo cognitivo, epistémico, de huellas digitales que dejamos aquí y allá en forma permanente. No es visible o tangible como el extractivismo minero –que igualmente sustenta al capitalismo cognitivo–, pero su uso comercial y bélico, su segmentación de públicos para generar percepciones específicas, son igualmente brutales. Naturalmente que en esto entran los grandes medios masivos de comunicación de siempre, pero la dinámica que se ha venido profundizando es la del fácil acceso a información por el celular. El problema es que este aparatito nos estimula permanentemente hasta convertir su uso en una necesidad para casi cualquier cosa, desde informarse hasta hacer una transacción bancaria o viajar, al punto de funcionar como una especie de prótesis corporal.

La compulsión a mirar el celular es de casi todo el mundo, no solo de los estudiantes. Pero una diferencia está en que mi generación –que es de cuando tener un teléfono fijo era un lujo (de hecho, todavía recuerdo los problemas cuando había que colocar un número para ser llamado en la búsqueda de trabajo)– tiene más potencialidad para neutralizar esa disposición (hábitus, diría el sociólogo Pierre Bourdieu y los continuadores de su trabajo) a la dependencia cognitiva del celular. La llamada generación Z –esto es la cohorte demográfica de las personas nacidas desde mediados o finales de la década del 90 hasta finales de la década de los 2000 o principios de la siguiente– tiene menos posibilidades de autorregulación porque su socialización fue distinta.

Pero, como tantas cosas, esa potencialidad depende del capital cultural, que, como el capital económico, está muy desigualmente distribuido en nuestras sociedades. De este modo la capacidad de concentración se vuelve también un problema de desigualdad social. Por ejemplo, existe más predisposición al uso del celular en la infancia en contextos de clase baja, porque para el entorno inmediato se ha vuelto una importante vía de escape y muchas veces se transforma en un aliado del adulto a cargo (si es que hay alguno). En la clase media y alta existen más posibilidades de control ante potenciales riesgos o abusos y más potencial para abrir otros campos de realidad. Como es obvio, también hay más predisposición a concentrarse en una lectura si hay un entorno que la estimule.

Si las sociedades se vuelven un conjunto de acumulación de experiencias superficiales, de memorias de corto plazo en las que no se recuerda lo que se leyó, lo que se escuchó o se vio, de problemas de concentración para leer un texto y entenderlo –el analfabetismo funcional puede implicar una tercera parte de la población (al menos eso se ha cuantificado en Brasil)–, la conexión de ideas que podría desencadenar lo experimentado, visto o leído se vuelve cada vez más limitada. El sociólogo Gérald Bronner llega a colocar el problema en términos de «apocalipsis cognitivo», título de un libro que, paradójicamente, en la competencia por la atención, le permitió vender bastantes ejemplares.

Por ello, la idea generalizada de que se puede tener acceso a la información y al conocimiento con solo un clic aun siendo un perfecto inepto desinformado que se solaza alegremente en la caracterización política de que «tanto da, total, son todos iguales» no es solo una ilusión cognitiva, sino un problema político serio. Se tiene que saber qué se busca para encontrarlo y se tiene que tener capacidad de réplica más allá de la invitación que nos hace la IA para seguir un aspecto del tema planteado.

DISTRACCIÓN Y ORGANIZACIÓN POPULAR

Ante este panorama, ¿qué sucede con el campo popular, con el conjunto de movimientos y organizaciones sociales, una de cuyas bases siempre fue la capacidad de reflexión para buscar salidas alternativas? ¿Acaso puede evitar caer en la misma ilusión (ahora acrecentada) de que sabe lo que en verdad no sabe? ¿Puede evitar confundir la simplificación excesiva de un tema social con su comprensión? Porque cuando ello ocurre gana políticamente la consigna facilonga.

Por otra parte, hay que recordar que una de las bases de la izquierda política fue contar con gente con capacidad de leer, pensar y debatir colectivamente. Un ejemplo: El capital fue una obra del Karl Marx investigador en su más profundo sentido. Es un texto complejo que hoy cualquier sociólogo debería conocer y tener capacidad de discutir, pero que en otros contextos trascendió ámbitos académicos. En cambio, el Manifiesto comunista, pensado por Marx y Friedrich Engels en términos de divulgación (fue encargado por la Liga de los Comunistas), hoy puede parecer tan inaccesible para un enorme conjunto de personas como El capital. Y la pregunta es, entonces, ¿qué capacidad tiene la sociedad de ser creativa en términos de trascender lo dado, lo establecido, si la tendencia es a generar un conjunto de distraídos crónicos incapaces de leer un texto, reflexionar y criticarlo con argumentos?

El punto es, entonces, colocar a los movimientos y las organizaciones sociales frente a un nuevo desafío, al que podría denominarse pedagogía de la atención y que comenzaría (depende de los sectores sociales implicados, claro) por fomentar habilidades de lectoescritura. Porque si es que se quieren llevar adelante demandas populares y cambios, es preciso desafiar la tendencia social a la pereza mental y generar estímulos para la lectura, la escritura, la reflexión colectiva y hasta las habilidades de comunicación presenciales, que también se están perdiendo en el entorno digital.


(Alfredo Falero. Doctor en Sociología y Profesor Colaborador en la Universidad Federal de Pelotas)

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