Cuestión de gustos

 

Un puñado de personajes –casados unos, otros en pareja, o casi– andan sueltos por Madrid e inmediaciones, cada uno tratando de encontrarse y entenderse para así poder llevarse mejor con quienes lo rodean. Gran parte de la tarea que tienen por delante se relaciona con la comprensión de sus instintos sexuales y la canalización de éstos dentro de una sociedad que, a pesar de querer catalogar casi todo lo que se agita en derredor, no tiene todavía claro cómo hacer para que todo el mundo conviva a su gusto y sin agredir a los demás. No falta así casi nada en la lista de asuntos que afloran en las idas y venidas de estas siluetas que protagonizan una comedia de costumbres del siglo XXI: masoquismo, fetichismo, lesbianismo, ménage à trois y disfraces de lo que se pida, habida cuenta de la constancia de aquellos que se excitan cuando ven a alguien dormir o sufrir un dolor profundo, sin olvidar a quien pierde la cabeza ante la proximidad de una tela o textura que lleva encima la persona que se le acerca.

El punto de unión de todo lo que antecede, según el guión que firman Paco León y Fernando Pérez, es ser consciente de una vez por todas de que lo mejor es aceptar a cada uno del resto de los mortales y vivir en paz, ajenos a cualquier tipo de agresión. Como es de suponer, resulta más fácil expresar todo esto que llevarlo a cabo. Acerca de tamaña dificultad se explaya la comedia que el propio León dirige, poniendo en movimiento a un nutrido elenco que él mismo integra. No mucha gente es capaz de dar con el tono de una comedia referida a temas que, aún hoy, se tratan de soslayo y con evasivas. Por ahí anda, claro, un Woody Allen que, desde Estados Unidos, cada poco sabe acudir al humor para poder hincarle el diente a traumas propios y ajenos. En otras cinematografías, se sabe, tales temáticas se expresan con cierta incomodidad. No es el caso de los españoles, tan duchos ellos en hablar de una manera realmente extrovertida, que a veces encubre la ingenuidad de quien hace gala de dominar con naturalidad los asuntos y el vocabulario hasta no hace mucho combatidos en su propio hábitat por años de oscurantismo. La frescura, el desparpajo y la diversión dominan entonces una historia que León desgrana sin caer en la grosería ni en las facilidades de la caricatura. La agilidad con que salta de una secuencia a la siguiente donde varias figuras complicadas se dan cita confirma la mano del realizador, si bien incurre en ciertas desprolijidades –no siempre sabe arreglárselas para identificar a quien asoma en una escena– y quizás se exceda en un par de tramos de corte más comprometido, como es el caso de la ceremonia que se desarrolla en una iglesia. El mismo León, Belén Rueda, Candela Peña y nuestra conocida Ana Katz alternan en sus papeles con comodidad a lo largo de una propuesta que integra al espectador con una guiñada cómplice. La fotografía de Kiko de la Roca y la dirección artística de Vicent Díaz y Montse Sanz incorporan un toque de buen gusto a un producto que sabe abrirse camino con imprevisible originalidad.

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