CyberAllende – Brecha digital

CyberAllende

Stafford Beer le explica el asunto con la sencillez suficiente como para que hasta un médico pueda entenderlo. Echa mano a la imagen de un sistema nervioso. El proyecto se llamará Sistema de Información y Control (Synco), con la y griega para dotarlo de un matiz futurista. Allende le da luz verde.

Cuando Stafford Beer llegó a Chile, las mentes más brillantes del mundo aceptaban que manejar la economía de un país era como intentar tomar un tren con los horarios del año anterior. Estados Unidos había logrado reducir ese tiempo de retraso a ocho meses. “Vaya logro”, ironiza el padre de la cibernética en una filmación de 1973 en la que luce como un Demis Roussos que ha pasado por un tratamiento de shock para perder quilos. Su nuevo aspecto le ha permitido dejar la amplia y cómoda túnica de cantante melódico, y vestir para la ocasión –un ciclo de conferencias en la Universidad de Manchester– un peculiar conjunto de chaqueta vietnamita en tela escocesa.
“Yo siempre he pensado que es mejor disolver un problema que resolverlo”, asegura. Es decir, identificar los puntos en los que se genera la información sensible, enviarla a un centro de comando computarizado y analizarla para tomar las decisiones con base en datos producidos en tiempo real. El problema estaba en que la tecnología para hacerlo sólo existía en términos teóricos.

Entonces Stafford Beer une fuerzas con Salvador Allende. Le explica el asunto con la sencillez suficiente como para que hasta un médico pueda entenderlo. Echa mano a la imagen de un sistema nervioso, las sinapsis y todas esas maravillas que realizan las que Hércules Poirot llama “las pequeñas células grises”. Allende le responde con la sencillez suficiente como para que hasta un genio de la cibernética pueda entenderlo: no hay dinero.

Pero Stafford Beer sabe que existen 500 teletipos que vegetan sin uso en alguna bodega estatal. El proyecto de Beer, que se llamará Sistema de Información y Control (Synco), con la y griega para dotarlo de un matiz futurista, las reciclará y colocará en centros de producción estratégicos. Allende le da luz verde.

En menos de un año tienen lista una red que pudo haber cambiado el lugar de América Latina en la cadena alimenticia de la tecnología. Los datos se trasmitían a un cerebro cuyo cráneo estaba amueblado con 79 butacas. Tapizadas, como era natural, en rojo, tenían en sus brazos un comando de múltiples botones que al ser pulsados –cuenta Beer en su libro Diseñando la libertad– hacían aparecer los datos y gráficos en las pantallas principales. En las butacas no se sentarían sólo los próceres, sino también trabajadores que serían llamados por el gobierno a discutir el rumbo de la economía. No los recibiría la voz impersonal de ninguna “computadora algorítmica heurísticamente programada”, aquella Hal 9000 de 2001 Odisea del espacio, sino una breve bienvenida grabada por el propio Salvador Allende referida a la tecnología al servicio del pueblo. Las reconstrucciones de aquella sala central que se han hecho cuatro décadas más tarde, por ejemplo para el documental interactivo de Enrique Rivera o para las imágenes que acompañan el libro Revolucionarios cibernéticos, de Eden Medina, tienen el aspecto del puente de mando de una nave espacial al estilo Viaje a las estrellas.

No fue el único viaje de Stafford Beer en Santiago de Chile. El músico Ángel Parra recuerda que el británico visitaba su peña y ambos se quedaban en entretenida charla hasta las tres o cuatro de la madrugada. Caldo de cultivo para una amistad que dio por resultado, en junio de 1972, una canción que compusieron juntos: “Letanía para una computadora y para un niño que va a nacer”.
La anécdota de esa canción, incluyendo el recitado de parte de su letra, la utilizó la semana pasada el director de la División de Estadísticas de la Cepal, el uruguayo Pascual Gerstenfeld, para inaugurar una conferencia internacional sobre el uso, de manera descentralizada y colaborativa, de los datos que produce el gobierno, Condatos III.

El evento ocurrió en el Centro Cultural Gabriela Mistral, un edificio que comparte con el proyecto Synco –también conocido como Cyber-syn– el denominador común de haber sido truncado el 11 de setiembre de 1973 por el golpe de Estado de Augusto Pinochet. Hecho construir por Allende en menos de 300 días, con activa participación de las brigadas de trabajadores voluntarios, sufrió la paradoja de ser usado por Pinochet como sede presidencial mientras reparaba los daños que él mismo había ocasionado a La Moneda. Retornada la democracia, y con un incendio de por medio, el Centro Gabriela Mistral fue reinaugurado en 2010 y retomó algo parecido a su cometido original.

En su interior no sólo hay salas de conferencias sino también una librería. Ahí se comprueba que para conseguir un Raúl Zurita se necesitan dos Mistral. Tres para un Diego Maquieira. Así cotizan los poetas en un país que hace de la poesía uno de los ejes de su identidad cultural. Como en todas partes, sin embargo, hay que tener cuidado con las falsificaciones.

Las mafias aprovechan que en Chile es época de fiestas patrias y hay más dinero en la calle. Por eso hay que mirarlo a trasluz y ver la marca de agua en el fondo rosado, o el rostro de la poeta sobreimpreso en el detalle transparente, porque también eso falsifican. Un caballero que aparece en el informativo dice que lleva consigo un papel para frotar los billetes y comprobar si se les sale la tinta. No va a dejarse engañar justo ese día en que ha ido a recorrer los cuatro pisos de una tienda por departamentos y pujar en los remates de fragancias con descuento que anuncian por los altoparlantes. Hay que aprovechar lo que queda del jueves. Al otro día será un nuevo aniversario del golpe de Estado y el caballero que desconfía de los billetes de 5 mil pesos dice que en esos días nunca se sabe con qué va a encontrarse.

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