Narrativa feminista uruguaya

De amores y fantasmas

Más allá de agosto, de Lourdes Rodríguez Becerra. Criatura Editora. Montevideo, 2021. 122 págs.

Literatura en primera persona. La narradora es mujer. Es madre de una hija. Está llena de tareas, algunas imprescindibles y otras muy sencillas. Sabe que tiene que hacerlas, que ese es, de algún modo, su destino. Sin embargo, lo que quiere es escribir. Y es alrededor de la literatura como un imperativo interno, como un deseo vinculado a la supervivencia, pero al que no es nada fácil entregarse, que se vertebra Más allá de agosto, primera novela de Lourdes Rodríguez Becerra. «Sé qué quise hacer y no pude: escribir», confiesa la narradora, ya en el primer párrafo.

Para relatar las reflexiones, los devaneos y las dificultades de una subjetividad sumergida en medio del vértigo de cada día, la elección del subgénero del diario íntimo resulta muy acertada. Atravesadas por un tono directo y confesional, las entradas nos presentan el transcurrir de agosto, mes de transición del invierno a la primavera que funciona como metonimia de un tiempo universal, que abarca la vida de la narradora, pero también las de otras mujeres de su árbol genealógico: la abuela, la madre, ella misma, su hija. Aunque no llega a perfilarse como una novela fantástica –siempre somos capaces de encontrar interpretaciones racionales para los sucesos sobrenaturales–, la atmósfera de Más allá de agosto tiene mucho de fantasmático y misterioso; en un estilo que recuerda, en ciertos momentos, al de Sylvia Plath en La campana de cristal o al de Clarice Lispector en La pasión según G. H., lo interesante es que el terror más profundo se esconde en los detalles cotidianos, verdaderas amenazas a la estabilidad emocional de la narradora, a su capacidad de tolerar las coordenadas de su existencia.

Los olores de la comida, los juguetes de la hija, los palillos para colgar la ropa, los árboles de la plaza vacía, las tazas de café no funcionan como telón de fondo o como utilería posible de una historia: son, de algún modo, sus protagonistas. Como si reflejara la realidad en un espejo deformante, capaz de transmutar la escena más pueril en un escenario monstruoso, en esta novela las cosas, por más que sean muy simples –dos personas en un asiento de ómnibus, la salida de la escuela, el dibujo de una niña–, nunca son lo que aparentan. Y por eso, para la narradora, el trabajo con el lenguaje se vuelve esencial, tan fundamental como respirar, porque en el ejercicio de la literatura radica su única esperanza de hacer aparecer –y, de ese modo, comprender– aquello que subyace, que la condiciona y ahoga.

Hay algo muy característico en Más allá de agosto, muy difícil de encontrar en otros textos, y es que su lectura supone una continua identificación de clase para lectores y lectoras de clase media baja, trabajadores jóvenes que crían a sus hijos sin una verdadera noción de futuro, sin más objetivo posible que el de terminar cada día y levantarse al siguiente. Rodríguez Becerra construye una voz que no solemos oír, esa voz de mujer que lidia cada día y cada noche con los problemas del funcionamiento urbano, que convive con las personas en situación de calle, que está cansada de cuidar y cuidar, que camina con su hija por veredas hostiles, heladas y rotas, y que, aun así, se alegra por la súbita aparición de un murito lo suficientemente amable como para que la niña haga equilibrio.

Y es que, más allá de agosto y de las dificultades de la vida, encontramos en estas páginas una genuina historia de amor: la de una madre con su hija. Relación que se abisma en medio de una comunidad particular y que hace que se mezclen el pasado y el presente, echando una luz ingenua pero persistente en aquellos rincones más oscuros. Tal vez lo que podríamos pedirle a la novela es que avanzara un paso más en la resolución de algunos conflictos y perdiera el carácter esencialmente tautológico de su estructura. Pero quizás, si fuera así, perdería su condición de espiral, uno que nos envuelve y nos hunde, sin complacencias, en nuestros propios miedos.

Rodríguez Becerra viene a sumarse a la nueva generación de escritoras jóvenes uruguayas –entre las que se encuentran Leonor Courtoisie, Rafaela Lahore y Rosario Lázaro Igoa– que están publicando sus trabajos en Criatura Editora y que enriquecen, de manera continua, el mercado editorial. Bienvenida su voz enmarcada en las otras, su voz que es la de muchas, su voz nuestra.

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