Hace apenas unos días, la selección uruguaya quedó eliminada del Mundial. Bastaron 90 minutos para que muchos de quienes hasta entonces encarnaban el orgullo nacional pasaran a ser objeto de insultos, burlas y descalificaciones. En cuestión de horas, las redes sociales, muchos programas deportivos y gran parte de las conversaciones cotidianas se poblaron de diagnósticos lapidarios: «vergüenza», «desastre», «decepción», «fracaso».
La escena repite algo de lo que pasa en la política. Las lunas de miel duran cada vez menos y las condenas llegan rápido. Los desacuerdos se convierten fácilmente en agravios y las personas, en lugar de sus argumentos, pasan a ser el blanco de los ataques.
Estas formas de reaccionar frente a la derrota, el error o la decepción no son solo propias del fútbol o de la política (y habrá que preguntarse, entonces, qué tienen en común, más allá de que periodistas de unas tiendas lleven estilos, palabras y discursos a la otra). Y no son solo manijas de los «tribunales militares» que juzgan jugadores, técnicos o políticos. Expresan algo más profundo sobre la forma en que nuestras sociedades procesan la frustración, el agotamiento y la desesperanza.
En Uruguay, el fútbol nunca fue solo un deporte y la política nunca fue solo una competencia electoral. Se asimilan y reconocen como parte de la «identidad nacional», sea lo que sea que eso signifique. Buena parte de la imagen que tenemos de nosotros mismos sigue descansando sobre gestas deportivas ocurridas hace décadas, que nos volvieron «únicos»: el Maracanazo, las cuatro estrellas, las hazañas internacionales de Peñarol y Nacional. También se basa en la imagen de un país donde el sistema político funciona de maravillas, la política es dialogal y logramos ponernos de acuerdo sin grandes polarizaciones (relato que soslaya de manera deliberada los años siniestros de las dictaduras y glorifica un pasado democrático lleno de represión y conservadurismo).
El filósofo Baruch Spinoza distinguía entre las pasiones alegres, que aumentan nuestra potencia de actuar, y las pasiones tristes, que la disminuyen. El fútbol y la política conocen bien ambas. Son capaces de producir alegrías colectivas, pero también pueden convertirse en espacios donde afloran la frustración, la ira, el resentimiento o el deseo de humillar al otro.
Hay algo del clima de época que parece haber cambiado la manera en que esas emociones circulan. Estamos perdiendo la capacidad de convivir con la frustración sin convertir a alguien en culpable absoluto. Las pasiones tristes depositan en otro la responsabilidad por acciones que, en una visión de la política como vida activa, serían mínimamente compartidas.
Tanto los políticos como los futbolistas conocen bien esa lógica. Después de una derrota, los futbolistas dejan de ser personas para convertirse en depositarios de frustraciones que exceden largamente el resultado de un partido. Algo parecido ocurre cuando un gobierno decepciona o un dirigente comete un error. Sobre ambos recaen expectativas y demandas contradictorias y una violencia verbal que pocas veces aceptaríamos en otros ámbitos de la vida pública.
Vivimos en un mundo de jueces y querríamos vivir en un mundo de animales políticos (igualitarios, de ser posible). Pero nos rodean los altos tribunales de la censura y del desprecio, de la cancelación y del prejuicio. No son tribunales de los que salen sentencias enjundiosas. Se parecen más a las bajadas de pulgar que se atribuyen a la antigua Roma y que determinan la suerte de personas, políticas, gobiernos, técnicos y jugadores.
La idea de una polis que renuncia a la construcción política permanente entre adversarios y diferentes para refugiarse en los tribunales de un pueblo erigido en juez no resulta ajena a la teoría política. Pierre Rosanvallon catalogó como contrademocracia a la construcción de un sistema que institucionaliza la sospecha y la desconfianza ciudadanas. Las encuestas de opinión pública presentan la ilusión de «lo que piensa la gente», los periodistas y analistas auscultan los humores del pueblo y los interpretan. «Lo que la gente quiere» se transforma en un mantra: la gente quiere seguridad, cosas concretas, un giro un poco más a la izquierda o un poco más a la derecha (hay interpretaciones muy disímiles, y hasta contradictorias, sobre esto); los políticos dejan de hacer política y atienden a una opinión pública que puede –o no– parecerse a lo que la gente en efecto votó. Porque ese es el único dato real: lo que la gente votó.
Como dice Rosanvallon, quizá se pueda controlar todo, pero no se puede hacer todo. Es más fácil erigir una soberanía negativa (de veto) que una positiva (de propósito, de aliento a una política, a un programa o a una idea). Decir «no» puede juntar opiniones e intereses muy distintos. Si el castigo recompensa más que la deliberación, tenemos un gran problema. Lo tiene toda América Latina. La tan ansiada alternancia política hoy es interpretada como el castigo de una ciudadanía disconforme con cada gobierno que le toca. De las últimas 21 elecciones presidenciales ocurridas en Sudamérica, solo en tres ganó el oficialismo.
Esta síntesis de Spinoza y Rosanvallon funciona bien para describir la encrucijada histórica en la que nos encontramos. Si triunfan las pasiones tristes sobre las alegres, y el pueblo juez sobre el pueblo gobierno, lo que sigue es el rechazo a todo. Es la tormenta perfecta. En el fútbol sucede con los jugadores; en la política, con quienes gobiernan o aspiran a hacerlo.
Cuando la política queda reducida a un juicio moral permanente, pierde capacidad para pensarse como espacio de conflicto, negociación y construcción colectiva. La desconfianza deja de dirigirse hacia determinados gobernantes y alcanza a la política misma. La democracia es socavada por la contrademocracia. Y perdemos la posibilidad de vivir todos en el mismo mundo, que no es ni el del Maracaná ni el de la sociedad de un gran sistema político de consensos, pero que todavía es nuestro.
La eliminación de la selección fue apenas un episodio. Lo relevante fue la facilidad con la que una derrota deportiva activó un mecanismo que ya conocíamos en la política: la necesidad de encontrar culpables sobre quienes descargar una frustración que, en realidad, tiene causas mucho más profundas y nos interpela de un modo más doloroso.
El problema no es, ni nunca puede ser, el enojo ciudadano. La política necesita enojo, indignación, pero irremediablemente se pierde cuando ya no «nos sentimos parte»: ni del equipo que alentamos ni del gobierno que votamos. Las democracias necesitan ciudadanos exigentes, desconfiados y dispuestos a controlar el poder. Pero también necesitan gente dispuesta a remangarse y a hacer política todos los días: no la formal, pero sí la cotidiana que, en el lugar de trabajo, en el barrio, en la clase, construye solidaridad, sentido y pertenencia. Una democracia en la que todos juzgan, pero cada vez menos personas participan, corre el riesgo de quedarse sin política.


