De la cancha al líving

Lo excepcional de “El 5 de Talleres” es que es de barrio, del conurbano, con un jugador de fútbol como protagonista, pero es ante todo una comedia romántica.

“El 5 de Talleres”

Hay una noción, comprobada en el espectro audiovisual rioplatense, de que el universo barrial es sinónimo de relato costumbrista. Otra, más extendida al resto del mundo, marca que si hay una pelota en movimiento hablamos de una película de deportes. Una más, de cuño cinéfilo y con antecedentes comprobados, vincula al inmenso conurbano bonaerense (cuyos habitantes suelen desligarse del coterráneo de Capital Federal, el “porteño”) con el cine policial o de temática social (también de obras más personales, como las de Raúl Perrone y José Campusano). Lo excepcional de El 5 de Talleres es que es de barrio, del conurbano, con un jugador de fútbol como protagonista, pero es ante todo una comedia romántica. La película tranca fuerte de entrada. Un patadón de ese 5 ferretero que es el “Patón” Bonnasiole, capitán y emblema de su club de la divisional C argentina, lo deja ocho fechas sin jugar. De ahí en adelante Bonnasiole vestirá de particular pero seguirá siendo “el 5”, siempre. Sabe que con 35 años el retiro de las canchas está cerca. Lo quiere, pero lo evita: su ego no le permite dejar de ser el capitán. Sigue yendo al vestuario, sigue siendo el emblema, no se banca que lo quieran pasar y mete los tapones sin medir consecuencias. Su desafío es encontrar un nuevo modo de ganarse la vida, todo un cambio radical. Su aliada será su esposa, una joven que puede lucir frágil pero que tranca más fuerte que el mediocampista.

Es imposible no querer al Patón y a Alejandra, más allá de la impecable composición de Esteban Lamothe y Julieta Zylberberg, armónicos en sus roles, tanto como no querer a Cary Grant y Rosalind Russell en Ayuno de amor (Howard Hawks, 1940). El timing de los diálogos, la gracia con que están dichos, la tensión romántica y sexual entre ambos es comedia clásica en estado puro, sólo que en Remedios de Escalada en vez de Nueva York. Además el guión busca reforzar esa idea de que estamos ante buena gente. El Patón es bagual, bruto, para él todo pasa por reafirmar su virilidad, un poco por folclore y otro poco como defensa ante la crisis en la que está sumido (de paso, hay verdadera clase en la forma en que se lo muestra cuando es presa de un episodio de ansiedad). Pero esa batalla dialéctica no sería lo mismo si no fuera por las puteadas, y esta comedia es deliciosamente puteadora, no haciendo más que respetar a rajatabla el slang del habitante del conurbano. Hay momentos en los que Bonassiole pareciera rapear más que hablar en el vestuario o las oficinas de Talleres. Equipo de mitad de tabla, de dirigentes que trabajan de otra cosa, de sueldos adeudados y canchas sin césped (sí, la C de Argentina se parece mucho a la A de aquí). Ahí mide fuerzas con el director técnico Donato (Néstor Guzzini dando con el physique du rôle del peculiar entrenador argentino Ricardo Caruso Lombardi), con los jugadores recién ascendidos que lo bardean por viejo, con los hinchas que le reclaman que hay que meter. El partido se seguirá jugando fuera de la cancha, con los dos enamorados en el mismo equipo. El segundo largometraje de Adrián Biniez se planta fuerte y conmovedor, aunque con elegancia. Hay refinamiento y, nada menor, afirmación de un estilo, aunque curiosamente su anterior largo, Gigante, era bastante menos dialogado. En aquella ocasión lograba encontrar poesía con aquel guardia de seguridad grandote que jugaba con el switch de su monitor para ver a su codiciada limpiadora del supermercado. Aquí también hay un par de secuencias realmente bellas. Una da cuenta de una epifanía de Alejandra contada a través de un travelling entre facturas secas y hormas de queso. Otra, con más tensión que poesía, separa por unos minutos un penal mal tirado por el Patón (pero con chance de gol en el rebote) y al mismo entregando un examen de matemáticas, cambiando el resultado en el último minuto. Suele decirse que el ejecutante de un tiro penal está solo aunque los cánticos de la tribuna digan lo contrario. Frente al tribunal el Patón está solo de verdad, sin la 5, sin hinchada, sin Alejandra, sabiendo que en el último número se juega más que la tabla de posiciones. A suerte y verdad.

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