De músculos y de autos - Brecha digital

De músculos y de autos

Clever es un instructor de artes marciales, de mirada fija, desarrollada musculatura, afín a la cocaína, parco en palabras, que maneja su Chevette como un superhéroe de animación. Es decir, Clever es un paradigma de virilidad más bien freak, un hombre grande con manías adolescentes. Qué mujer aguantaría a un tipo así.

No es muy difícil entender por qué la esposa del protagonista, a cuyo nombre responde el título de la película, además de divorciarse de él, lo sustituye rápidamente por el dueño de un Fiat Uno azul. Al nuevo novio nunca se lo ve, está representado por su auto, algo acorde al espíritu de la película en la que el auto tiene una decisiva importancia, ya que Clever (Hugo Piccinini) se obsesiona en pintar el suyo con unos fuegos muy vistosos, y por encontrar al artista capaz de tal hazaña se lanza a la carretera. Clever es un instructor de artes marciales, pelado como un huevo, de mirada fija, desarrollada musculatura –para que ésta sea bien apreciada Clever no se viste con otra cosa que su musculosa–, afín –decir adicto quizá sería excesivo– a la cocaína, parco en palabras, que maneja su Chevette como un superhéroe de animación, arrancando a lo bestia y haciendo ruidos espantosos. Es decir, Clever es un paradigma de virilidad más bien freak, un hombre grande con manías adolescentes. Volvemos al principio: qué mujer aguantaría a un tipo así.

Como la película a su vez no echa casi mano de las mujeres –sólo la ex esposa en tres breves ocasiones, la madre (Marta Grané) del artista capaz de pintar los fuegos en el auto de Clever, Sebastián (Antonio Osta, un campeón real del fisicoculturismo), y una embarazada de muy breve aparición–, se impone una sensación de mundo masculino afuera de lo colectivo en un sentido amplio, y aunque Clever no tiene esa apariencia que llamaríamos juvenil, de la adultez en general. Todo es como un juego con personajes de broma pergeñados entre amigos; el pueblito Las Palmas, donde Clever encuentra a Sebastián, parece dormido entre casas polvorientas y fantasmales, y sus habitantes también parecen un poco adormecidos; unos chupan parsimoniosamente helados de vino tinto en el único bar, otros se sientan al fresco mirando la nada, los policías juegan en la comisaría: es como una versión criolla y en broma de esas películas donde un forastero aterriza sin saberlo en un pueblo de zombis o de fantasmas. Entre esos personajes está Horacio Camandulle, con una ridícula peluca chupando su heladito morado, y Néstor Guzzini como mecánico de pocas pulgas en un ambiente lleno de mugre y chatarra. En contraste total con el pueblo y sus personajes, la casa donde viven Sebastián y su madre tiene apariencia más o menos burguesa, acorde con la segunda, una señora rubia veterana que fuma sin cesar y ha poblado sus paredes con pinturas de hombres desnudos, ambientando así y como de paso una sugerencia de homosexualidad que no se cumple, pero le da su palito a ese mundo de músculos bien expuestos.

Es una película bien ejecutada en los rubros técnicos, divertida en un tono contenido que en sus mejores momentos nace del absurdo y del nonsense, pero en tanto historia de la persecución de un sueño bastante bobo por un protagonista bastante hermético, con muy escasos lazos más allá de lo contenido en un mundo de autos y de músculos, su gracia resulta acotada a determinadas sensibilidades, capaces de sentirse cómodas en un universo de guiños y de elaborado destaque de lo feo y chocante, mientras a la vez se les brinda la posibilidad de reírse de todo eso. Da la sensación de que los codirectores Federico Borgia y Guillermo Madeiro –ambos en sus primeros treinta– hubieran ido encontrando en un camino de exploración propia, a partir de un personaje y un tono, los elementos visuales y narrativos capaces de trasladar a ambos a una historia. Una historia de adolescentes cómplices y burlones.

https://www.youtube.com/watch?v=Ia_VrlYoKo8

 

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